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Revista el Federal - Viajes - nota

Antofalla, 45 habitantes que viven en la calle de la Soledad

Antofalla es un pueblito de Catamarca de 45 habitantes que recién tuvo luz en el 2012 y un camino en 1989, se trata de la región más desolada y deshabitada de nuestro país. Está a los pies del tercer volcán más alto del mundo, su calle principal se llama Soledad. Es un lugar único, conocelo.

Llegar a Antofalla no es fácil, se trata del lugar más remoto y deshabitado de nuestro país, hay que transitar caminos sinuosos que llegan a superar los cuatro mil metros de altura y cuando el silencio es total y el viento es la única compañía, aparece el pequeño pueblo de 45 habitantes, Antofalla, que en lengua indígena significa el lugar donde muere el sol. Pocos viven y se animan a llegar hasta aquí, pero la experiencia es inolvidable.

Partiendo desde Catamarca, hay que hacer parada en Antofagasta de la Sierra, allí comienza el camino de 90 kilómetros que recién se abrió en 1989, antes sólo era posible acceder a Antofalla por mula o caballo, en el trayecto no hay pueblos ni parajes, la presencia humana es nula. Atravesando desfiladeros de más de cuatro mil metros se llega al Abra de los Colorados, en el techo de nuestro país desde aquí la visión alucina, inmenso, surreal y maravilloso, el Salar de Antofalla, es la última prueba antes de llegar al pueblo más desolado de nuestro mapa.

El Salar de Antofalla es una alfombra salina, alargada y mineral que se extiende 150 kilómetros, en uno de sus extremos, como si fueran puntos que la naturaleza se encaprichó en colocar se halla un puñado de casas hechas con las mismas piedras de las montañas, el pueblo sólo se percibe por los pocos árboles que abrazan las viviendas y por la pequeña y bella capilla que contiene la fe de los habitantes de este pueblo único, donde el silencio es rey y las voces humanas son una rareza. Al sur del Antofalla, a 50 kilómetros está el Oasis de Vega Las Quinuas, un antiguo pueblo al que han abandonado las ánimas, y que sólo tiene dos habitantes, el matrimonio conformado por Antonio y Catalina.

La pequeña comunidad aún está asombrada por los visitantes que llegan, acostumbrados a estar completamente solos, hace muy poco que el pueblo recibe visitantes. Allí abunda la hospitalidad, no hay combustible ni servicios, es común que las familias inviten a comer a los que llegan y si la noche se apresura a tapar el cielo, siempre hay una manta para cobijar el sueño de aquellos que no pueden desprenderse del hechizo que significa caminar por Antofalla. La calle principal del pueblo se llama Soledad, es la única que tiene nombre y basta con ella, es la propietaria de estas tierras.

El aire, de una pureza extrema, rodea los imponentes cerros y traslada sonidos que nacen en las cimas de las montañas, a los pies de la aldea se halla el Volcán Antofalla, de 6437 metros de altura, se trata del tercer volcán activo más alto del mundo. El visitante está inmerso dentro de una experiencia que pocas veces puede vivirse, la caminata por el pueblo se hace corta, están las diez casas de las familias que se dedican al pastoreo de llamas, ovejas y cabras, la escuela y la capilla, una pequeña sala sanitaria, la policía y nada más y acaso esto sea lo más maravilloso, sólo se trata de disfrutar de la naturaleza.

Los niños en la escuela van de septiembre a mayo, las temperaturas en invierno suelen bajar a 20 grados bajo cero. A orillas de ese mar blanco de sal, el Salar ofrece los Ojos de Campo, tres lagunas con aguas de diferente colores, una azul, otra negra y la que sigue naranja. El tiempo y su ley sucesiva aquí no entra, Antofalla tiene leyes propias, una naturaleza que se expresa de antojadizas formas, si la Soledad es dueña de estas tierras, la belleza es su hermana inseparable, caminan juntas en el lugar en donde el sol muere, Antofalla, el pueblo de los silencios.