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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

Aparicio, donde una escuela hace soñar a todo el pueblo

Aparicio es una pequeña comunidad del Partido de Coronel Dorrego en la Provincia de Buenos Aires, tiene cien habitantes y cuando vieron que el pueblo estaba desapareciendo se unieron para hacer las gestiones y abrir una escuela rural que hoy es el eje de la vida social de este pueblo tranquilo de calles arboladas donde vive un legendario domador de caballos. Conocé la historia de Aparicio, un pueblo unido por una escuela.

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Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas

Para llegar a Aparicio hay que pasar el Arroyo Pescado Castigado, seguir unos kilómetros por la Ruta 3 y meterse por la derecha. Casillas de madera de antiguos trabajadores ferroviarios se hallan en la entrada del pueblo. Una calle principal nos muestra algunas casas ordenadas y lindas, todas tienen jardín delantero. Una fila de árboles, algunas acacias, aseguran sombras en las veredas solitarias, las tardes de verano deben ser frescas acá. Un perro y un policía nos detienen, ambos tienen cara de pocos amigos. Les decimos que queremos conocer el pueblo. Enseguida el uno y el otro cambian de postura. “Vayan a la escuela, los están esperando” Aparicio huela a confín.

La Escuela es un CEPT (Centro de educación para la producción total), un sistema de educación rural de alternancia, los alumnos pasan un tiempo en sus casas y otro en la escuela, siempre son seguidos de cerca por sus profesores. Para entrar tienen que rendir un coloquio, cada alumno debe presentar un proyecto de impacto local. Emanuel es uno de los profesores, hace poco pudo comprar una casa en Aparicio. Está muy contento porque tiene la familia cerca. Nos muestra la escuela. “La casa nos la donó una familia” Aparicio, que cuenta con 100 habitantes, tuvo mucho que ver con la creación del Cept. El pueblo se unió y gestaron la idea, hubo una investigación del medio, un plan de búsqueda. El pueblo, que moría, necesitaba un engranaje, el Cept vino a ocupar ese espacio. “Acá no entran alumnos, entran también las familias”, nos explica Hugo, secretario.

Mientras caminamos a la huerta, pisamos un colchón de ciruelas, hay frutales en el fondo de la escuela. Acelga, cebolla, puerro, menta, romero, albahaca, el aire está invadido de aromas profundos y sugerentes, la huerta es una enorme bouquet que tiene la consistencia de un sueño además de ejercer un efecto sedante. Todos los años se hace en la vecina Dorrego la Fiesta de la Llanura, allí venden la producción. También hay otro anhelo que han cumplido, luego de superar la burocracia, les han permitido tener un puesto en la ruta para vender sus pickles y los vinagres aromatizados. Todo lo hacen juntos, Emanuel nos cuenta que quieren agrandar la matricula, hoy sólo pueden contener a treinta niños, quieren trasladarse al antiguo almacén de ramos generales hoy vacío, pero les quieren quitar el techo, que está nuevo.

Fileno y Marta son los panaderos del pueblo, ocupan una cuadra de 120 años, pero hace dos décadas se cansaron y traen el pan de Dorrego. “Éramos chacareros y juntos aprendimos a amasar, ahora hacemos comidas, pero al pan lo hacíamos juntos” Cuando abrieron había 300 habitantes en el pueblo. Ahora el poco movimiento que hay se ve en la panadería y en el Cept. Se quejan porque no puede venir más gente al pueblo porque ya no hay más casas. El club, a pocos metros, está cerrado, abre cada muerte de obispo, tiene 95 años. El tren, nos cuentan con ilusión, pasa dos veces por día. “Pero el carguero”, se lamenta Marta. Caminamos por las calles arboladas, a los pocos metros se acaba el pueblo. Un enorme trigal es el telón de fondo de este pequeño sueño colectivo que es Aparicio. La plaza, bien cuidada está ubicada al fondo del pueblo. El sol la baña con tonos puros y delicados. Acá el festejo del aniversario es particular, el 2 de diciembre de 1893 se crean San Roman, Irene y Aparicio, tres pueblos en un solo día. La fiesta va rotando año a año. “Compartimos todo, hasta el aniversario”, aclara con orgullo Emanuel.

Juan Emilio y María Margarita son la pareja más vieja del pueblo. Su casa está en el borde del trigal, frente a la plaza. Rosas de todos los colores y tamaños florecen en la entrada, cada lugar es ocupado por una maceta y dentro de cada una de ellas hay una flor. La vida acá no se oculta. Juan tiene ochenta años, nació en el pueblo y junto con su compañera ya pasaron una eternidad en el mismo techo. Fue domador toda su vida. “Tenés que tener paciencia, el caballo se da cuenta de todo, pero con paciencia le ganas” Tienen siete hijos. Está cansado don Juan, pero nos muestra con orgullo la Sede de la Peña Nativista Amigos de Aparicio que funciona en la estación de tren. Todo es melancolía y sentimiento en este hombre que ha vivido con la solemnidad del trabajador rural. Son solitarios los domadores. Nos cuenta que antes el pueblo era tan grande que hasta había dos diarios. “Vinieron los políticos para hacer ese barrio nuevo –nos señala una serie de casas iguales. Demolieron el correo, yo les pedí que me lo dejaran, había recibido tantas cartas lindas…”

COMO LLEGAR A APARICIO: