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Revista el Federal - Actualidad - nota

Aquellas piletas parecidas al mar

Antes de ser el famoso centro de compras económicas de hoy día, La Salada funcionaba como un complejo popular de piletas que, durante cuatro décadas, recibió multitudes que buscaban paliar el calor del verano.

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Buenos Aires siempre fue caluroso. No es una cuestión del cambio climático global, aunque este trajo aparejado veranos más largos. La gran cantidad de humedad ambiental, típica de la llanura pampeana cercana a los ríos, siempre facilitó la poca diferencia térmica, lo que, sumado a encontrarse a nivel del mar, contribuyó a temperaturas elevadas durante el solsticio estival. Además, la memoria sensitiva es engañosa. Quizá producto de la falta de aire acondicionado (aparato que sólo tenían algunas grandes empresas o gente muy adinerada), o de las muchas actividades que, de chicos, realizábamos al aire libre, o de la ropa sencilla que usábamos sin fijarnos en telas y colores, hace cuarenta o cincuenta años los veranos eran más cálidos y los inviernos, más fríos, en la Capital Federal y los alrededores. ¿Datos científicos que confirmen esta aseveración? Es sólo el comentario de los que orillan los cincuenta, pues hablo de lo que sentíamos y no de lo que realmente sucedía.
¿Quién no se acuerda de las bochornosas siestas, cuando no nos dejaban salir de la casa por el calor reinante y para no molestar a los vecinos que dormían?

Solución. ¿Cómo paliaban el calor los porteños y habitantes del Conurbano? La mayoría sólo con una ducha de agua fría. Los que tenían un poco más de tiempo, y cierta osadía para su época, se hacían, en principio, una escapada de unas horas en el día al natural refrigerio de la ciudad: el Río de la Plata. Desde 1918, la ciudad contó con el Balneario Municipal (actual Reserva Ecológica), que no hizo más que ordenar lo que se practicaba de antaño: darse un chapuzón en las aguas marrones, pero aún más o menos limpias, del estuario.
Con el tiempo, se sumaron otras playas al Norte (entre San Isidro y Vicente López, como El Ancla en esta última localidad) y hacia el Sur (como Quilmes y Punta Lara). En Quilmes, precisamente, la familia Fiorito fundó el primer balneario artificial que se conoce en nuestro país. Es decir, si bien en principio la gente se metía directamente al río, estos empresarios italianos, con partes del stand que representaba a su patria en la Exposición del Centenario, en Buenos Aires (1910), armaron un balneario con piscinas (“con aguas saladas, surgentes y minerales, como lo promocionaba Caras y Caretas en 1933”), gradas, vestuarios, confitería y hasta un tranvía que transportaba a la gente hasta el lugar. La zona oeste. La cuenca del río Matanza-Riachuelo, si bien ya tenía una notable contaminación en su curso inferior en la década de 1940, aún atesoraba aguas arriba algunos lugares limpios. La gente todavía pescaba pejerreyes cerca de puente La Noria, por entonces. Una laguna llamada La Salada se encontraba ya fuera del ejido porteño, que para los inicios de ese decenio quedó visiblemente limitado por la flamante avenida General Paz. Este bulevar facilitó el acceso a esta zona, donde el barroso espejo de agua había adquirido cierta fama, debido a que se creía que sus aguas salitrosas eran curativas. Enfermos de reuma y artritis, especialmente, la visitaban, incluso provenientes del interior del país. Todo método era válido cuando aún la medicina no había avanzado hasta las actuales fronteras. En 1914, el Instituto Químico del Departamento Nacional de Higiene había declarado que las aguas de La Salada pertenecían a la categoría hipotermal, con veintiún grados de temperatura y minerales que la hacían útil en prácticas terapéuticas.
Ernesto Castrillón, en uno de los fascículos “Diario íntimo del país”, que La Nación publicó en 1997, titulado en este caso “Veraneos en los que no se tomaba sol y la gente se bañaba vestida”, cuenta que “llegó a darse el caso de bañistas que se arrojaban vestidos, hasta con sombrero, a las aguas del lugar”.
Con el aval científico, a principios de la década de 1940 se construyó el Balneario y Parque La Salada. A partir de entonces miles de personas comenzaron a visitar el nuevo punto de atracción, señalado incluso con aquellos carteles blancos con letras negras que el Automóvil Club Argentino colocaba en ciertas encrucijadas. Además de la laguna salitrosa (de ubicación central), tenía tres enormes piletas con agua salada, tomada por bombas a 50 metros de profundidad, una de las cuales estaba destinada a los más chicos. El parque se completaba con una profusa arboleda, calles asfaltadas, lugares para acampar, quinchos, duchas, vestuarios, baños, confitería, quioscos, arena traída especialmente al lugar y hasta un pequeño zoológico. Las canchas de fútbol eran propiedad masculina mientras que las chicas lucían sus nuevos y revolucionarios trajes de baño. A la noche se encontraban en la confitería, donde para ciertas fechas del año se realizaban grandes bailes. Otra de las diversiones, especialmente para las horas o días donde la canícula se hacía más soportable, eran los juegos de kermese, como tiro al blanco o una bola que se arrojaba para desparramar latas inteligentemente apiladas.
Existían algunos botes de seguridad y paseo. Y no faltaban los fotógrafos minuteros o chasiretes. El primer adjetivo proviene de la velocidad con que lograban las tomas. El segundo, del primitivo cajón de madera donde se colocaban las placas y que se conocía como chasis. Mingo, de la porteña calle Cañada de Gómez, era uno de los más conocidos en las décadas de 1950 y 1960.
La gente llegaba hasta este linde sur del partido de La Matanza con su propio vehículo. Algunos recuerdan que se formaban grupos que alquilaban colectivos y hasta camiones, por lo que en los días pico el tránsito zonal se convertía en un problema. También llegaban hasta La Salada algunas líneas de colectivo. En el excelente sitio www.forotransportes.com, el alias “Geb” cuenta que arribaban en temporada de verano a La Salada: el 21, prolongando el recorrido desde Puente La Noria; el 236 (luego 36), desviando en Chilavert por Av. Gral. Paz; el 40, desviando en Av. del Trabajo por Av. Gral. Paz; el 226 (luego 56), prolongando desde la estación Lugano; el 220 (más tarde, 80) y el 291 (91), desviando en Av. Roca; el 188, desde su cabecera de Sadop por Ribera Sur. El estudioso del tema Alejandro Scartacini agrega la línea 144, desde Lugano. La línea 32, “El Puente”, mantuvo durante años un servicio distinguido por la letra ese mayúscula, que llegaba también a La Salada.
El Ferrocarril Midland, que desde 1948/49 fue nacionalizado como Ferrocarril Belgrano, tenía una parada de segunda categoría que durante muchos años tuvo como única oficina la caja adaptada de un vagón. El puente de esta línea que cruza el río de Matanza fue recolocado, cuando en 1958 se ensanchó y rectificó este cauce con la intención de evitar que los constantes meandros y la baja profundidad natural favorecieran las dañinas inundaciones causadas por las lluvias. La parada se encuentra metros después del cruce del puente, partiendo desde Puente Alsina.
En 1961, el Ministerio de Salud Pública clausuró el balneario por haber encontrado gran cantidad de microbios en las cañerías que proveían el agua. Se les echó la culpa a las lluvias que, debido a la colmatación del Riachuelo, habían inundado toda el área e, inclusive, a varios criaderos de chanchos de los alrededores.
El complejo, empero, fue reabierto. Miles de bañistas lo visitaron en la década de 1960 y parte de la siguiente, pero las costumbres de los ciudadanos fueron cambiando, quedó abandonado el predio y todo se transformó en una ruina. En 1991, un grupo de bolivianos abrió, enfrente, cruzando el río Matanza, ya en el partido de Lomas de Zamora, la primera feria llamada Urkupiña. Debido al barrio, todo el complejo de compras a precios baratos se conoce como La Salada. Pero esto es otra historia, no para los tórridos veranos.