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Revista el Federal - Especiales - nota

Arroyo Corto, pueblo de masones y aventureros

Con balcón a las sierras, es tierra de masones, de crímenes políticos y aventureros que recorrieron América en auto. Conocé las historias de este pueblo en donde en cada esquina hay una postal serrana única.

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Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas

“Las ridiculeces son regalos proverbiales. Hay lugares que buscan una historia. Arroyo Corto es uno”, así presenta este pueblo Fernando Millauro, escritor e ilustrador y teórico de la vida en las pequeñas comunidades, que lleva más de treinta títulos editados, alguno de los cuales está en el escritorio del Papa Francisco. Todo lo hace desde Arroyo Corto, que para un escritor es un pueblo mágico.

Junto con Analía, su esposa, decidieron dejar la gran ciudad. Su búsqueda los trajo un día a esta localidad. “Conocimos el pueblo y nos quedamos. Acá podés dormir con las puertas abiertas”. Este artista da clases en la escuela del pueblo y una vez al año debe hacer algo que lo incomoda. “Ir a Buenos Aires, para entregar mi novela anual”.

El contraste entre la metrópolis y la vida arroyocortense es abismal. Este pueblo vistoso, protegido por las sierras del Pigué y el cordón de Cura Malal, tiene todo lo que debe tener un lugar para denominarse pago chico. Uno podría vivir toda la vida en Arroyo Corto y no salir jamás de sus dominios. El hechizo es real.

Ana Merro Mc Lean y Fabián Rojas tenían una vida cómoda en Estados Unidos, hasta que el llamado de la Madre Tierra les hizo crecer la idea de volver al pueblo. Son voces que no pueden obviarse; Arroyo Corto desde la otra parte del mapa, los convocaba. Entonces ya no fue necesario estar soñando para saber que lo que había que hacer era volver. Con mucho esfuerzo, apostaron por el pueblo y se refundaron.

Ana y Fabián son pioneros en Arroyo Corto. Reformaron la casa en la que vivieron hasta hace muy poco: ahora es un hospedaje de criolla y delicada belleza, donde la premisa es gozar del silencio, la tranquilidad y la paz del pueblo. Había que ponerle un nombre a su emprendimiento: Madre Tierra, marca registrada de la pareja, que teniéndolo todo en Estados Unidos, decidieron volcar su experiencia de vida aquí hacia la comunidad que les da ahora una nueva oportunidad.

“Nos encanta lo que hacemos. Fue como volver a nacer”, dicen. La casa de campo Madre Tierra está abierta todo el año y recibe visitas de todas partes que eligen una alternativa para el relax y la introspección, y también para gozar por unos días de la sensación de ser un habitante más de este pueblo elegido.

“Nada está lejos”, dice Cristina Khin quien y trae libros de historia local y se une para caminar por las calles silenciosas y asfaltadas. “Los primeros habitantes vinieron de Turín. El pueblo se llamó La Torinesa en sus primeros años”. El tren pasa y para y  una empresa de micros entra al pueblo. Un templo masónico abandonado es una de las atracciones indiscutidas. Los integrantes de la orden tuvieron mucho que ver en la historia de Arroyo Corto. Entramos y vemos los símbolos característicos, misterio y abandono.

Debajo de este templo consagrado seguramente han salido las ideas de progreso de toda esta región agraciada del mapa bonaerense, aunque es llamativo cómo nadie habla de la presencia de los masones. Viejas broncas y prejuicios todavía dividen a esta comunidad.

Las historias se cruzan. Un antiguo almacén de ramos generales de 1884, del caudillo Chiappara todavía queda en pie. Francisco Salamone diseñó el Club La Unión y el Cristo del solitario cementerio, que tiene su solar en las afueras del pueblo. En 1928 desde la plaza en donde estamos salieron los hermanos Stoessel en un Chevrolet de cuatro cilindros. Con paciencia y convicción, recorrieron 1900 millas para llear a Nueva York dos años después. Los recibió el alcalde de la ciudad.

Son tantas las historias que hace falta tiempo para visitar Arroyo Corto ni son suficientes dos oídos para escuchar las mil historias que sucedieron en el pueblo que en algún momento recibió el apodo de “Avellaneda Chica” por los sangrientos enfrentamientos entre radicales y conservadores que bañaron de sangre varias páginas en su historia.

Felipe Hammerschmidt tiene 84 años, sus padres vinieron de Rusia en 1912 escapando de la miseria y él nació en Arroyo Corto, es carpintero e inventor, y todo lo que ha sucedido en el pueblo, él lo sabe. “En aquella esquina le dieron seis balazos a un tipo, y vivió. Antes todos estaban armados”. Vive en esta misma casa desde 1917. Nos lleva a su taller, un museo de máquinas funcionando donde un cartel reza. “No se prestan herramientas”. Antes de irnos nos muestra una de sus invenciones: un lavarropas que le hizo a su esposa en 1952.

Carolina Apelaz no sabe explicar lo que le tocó vivir, pero en 1989 mientras dormía en Arroyo Corto en sueños se trasladó hasta Pigüé, allí se le apareció la Virgen de San Nicolás, suspendida en el aire. “Me pidió que hiciera una capillita” Pero no supo bien en qué lugar hasta que pasó por el terreno donde vive ahora y erigió un santuario para la Virgen. “Este era el lugar, vi señales”. Las mismas señales que sentimos nosotros cuando pasamos por su casa y por alguna razón nos vimos movilizados a detenernos y entrar a conocer a esta mujer de mirada celestial. En cada esquina, y en voz baja, Arroyo Corto cuenta una historia.