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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

Azucena, el pueblo serrano donde las mujeres mandan

Fuimos hasta Azucena, un pueblo de 140 habitantes en el Partido de Tandil para conocer a un grupo de mujeres que formaron una biblioteca y sueñan con ver crecer a esta bella localidad. En Azucena, las mujeres son las responsables de la recuperación. Conocé su historia.

Texto y Fotos: Leandro Vesco

Una biblioteca y un grupo de mujeres logran mantener el pueblo, con proyectos, ideas y sueños, en Azucena son ellas las que mandan. Con 140 habitantes, este pueblo que descansa en el valle, tiene un paisaje serrano que parece salido de un libro de pintura en donde aquí se representa una de las más bellas obras de la naturaleza, corrales, árboles, y ese aire mineral que alimenta. Azucena es un pueblo con nombre de flor y en donde la vida se siente en plenitud.

Será el aroma propio de la magia de estos pueblos o la imagen maravillosa de las sierras, acaso sea la plaza del pueblo, florecida, pero algo en Azucena hace suponer que estamos en un lugar especial. En la esquina donde toda la vida existió el almacén de ramos generales hay una iglesia. En la antigua comisaria, funciona la biblioteca que da vida a la comarca. Nada se pierde aquí, todo se transforma. Los habitantes de Azucena  no quieren que su pueblo se extinga.

Hace dos años un grupo de mujeres decidió que al pueblo le hacía falta un centro de contención cultural y social, en la vivienda en donde había funcionado la comisaría había un espacio vacante, una casa ociosa que podía ser ocupada para crear proyectos y trabajar en la formación educativa. La dueña cedió el espacio y pronto se pusieron manos a la obra, así nació la Biblioteca de Azucena, que hoy cuenta con talleres de vitrofusión, esmalte sobre metales y pasta piedra. “Hay más convocatoria a los cursos en Azucena que en Tandil”, nos cuenta la Bibliotecaria Liliana Romero. En los pequeños pueblos la formación es una necesidad que se ejerce, los habitantes de estas comunidades tienen ansias de crecer y esto se manifiesta en el salón lleno de esta Biblioteca que tiene un catálogo de libros envidiable.

Azucena es un pueblo de pocas casas, la entrada está a un costado del almacén “4 Esquinas”, que forma parte del grupo de Turismo Rural Tandil, a cargo de Cambio Rural de Inta. Antes o después de conocer el pueblo se pueden probar las legendarias picadas que preparan Romina y Fabián en este parador campero, bello y bien mantenido. A un costado se entra al pueblo, la calle principal nos muestra el cordón serrano de la Tandilia, una plaza con juegos infantiles, y esquinas centenarias que dejan entrever un pasado en donde el pueblo estaba bien provisto de comercios. A la hora de la siesta, el silencio domina, por la estación de tren pasa una zorrita. 

El pueblo debe su nombre a una de las hermanas del francés José Buteler quien era propietario de estas tierras, y puso este nombre a su estancia. A fines de 1908 llegó el ferrocarril, y con él la actividad al pueblo, que llegó a ser un centro de acopio de cereales y de piedra muy importante. De aquel entonces queda el Club Azucena Juniors. Asombra el edificio de la Escuela N°28 que tiene hasta secundaria lo que le asegura a sus jóvenes la continuidad escolar. Los hombres no se ven, el trabajo los encuentra en lo profundo del campo.

Adentro de la Biblioteca todo es charla y movimiento, otro pueblo late aquí. Una de las alumnas anota en un cuaderno, otra busca algo en Internet, otras acomodan libros y todas sueñan con un pueblo mejor. Las mujeres de Azucena están en marcha, se tiene la impresión de que de este grupo saldrán las mejores ideas para el pueblo. Rosa Sánchez es la voz de la historia, es la habitante más antigua, llegó en 1942, cuando el tren pasaba y era posible desde aquí llegar hasta Buenos Aires, entonces el país se pensaba en un modo federal y las redes familiares y comerciales se fortalecían en las vías. “El pueblo era otro, había carnicería, almacenes, y una peluquería que sólo cortaba a varones, las mujeres teníamos que ir a Tandil o dejarnos el pelo largo y hacernos rodete”

Mientras la tarde se pasa, Rosa y su mirada de mujer venerable, recuerda su vida, que es la historia de Azucena. “Con mi esposo nos conocimos en el campo, tuvimos la panadería del pueblo. Pero cuando murió, se me hizo difícil seguir. El pueblo se fue achicando, el campo cambió, antes empleaba a mucha gente, había una moledora de piedras y los hombres las embolsaban. Muchos tambos fueron cerrando, también las fábricas de queso” El modelo productivo desestimó la importancia de emplear a las familias en el campo, esto provocó el éxodo y el abandono que es común a todas las localidades como Azucena. Pero Rosa refleja el espíritu de resistencia que hace que estas familias rurales prevalezcan en los mapas. “Necesitamos trabajo, que nos arreglen el acceso, limpiar las vías y que vuelva el tren. Tenemos un paisaje hermoso, Azucena es un pueblo de mujeres que queremos que vaya para adelante”, lo dice una mujer que vivió toda la vida acá. Es poco lo piden, piden atención, el trabajo, ideas y proyectos, los ponen ellas.