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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

Casa Zoppiconi, el almacén del custodio de Perón

Osvaldo Zoppiconi atiende el almacén junto a su padre y tío, en Beruti, un pequeño pueblo de 1000 habitantes al lado de Trenque Launquén (Buenos Aires) Fue el último custodio de Perón, esta condición le permitió conocer un aspecto muy humano del lider peronista. El almacén tiene más de cien años y jamás cerró. Leé la nota y conocé un lugar en donde la historia argentina está viva. 

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Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas

Una tarde Perón le dijo a Osvaldo Zoppiconi, el ilustre almacenero: “Yo tengo un solo problema en mi vida, y es que el pueblo me quiere”, callado y en silencio, el custodio personal de uno de los políticos más influyentes de Argentina nos cuenta historias olvidadas y anécdotas que vivió durante el año que le tocó estar al lado del líder. Desde entonces el Almacén Zoppiconi es mucho más que un ramos generales de importancia cardinal en Beruti, es un lugar en donde un pedazo de historia argentina descansa detrás de un legendario mostrador gastado por historias de todo un pueblo.

Nacidos para atender un almacén, en Beruti hay una dinastía de bolicheros que aseguran abriendo todos los días la estirpe de una raza de hombres acostumbrados a posar la mirada en altas estanterías, a darle la razón a las salamandras en inviernos crueles, a oír las buenas noticias y en acompañar las malas, en reconocer que sus clientes son parte de una familia y que aunque la oscuridad sea total, la luz del almacén debe estar prendida, contra viento y marea, ellos saben cuándo una cosecha viene bien o esa helada tardía llevó los sueños de varios. El viejo Almacen Zoppiconi está abierto siempre. Lo saben sus vecinos que llegan a toda hora y Beruti no sería igual sin él.

En 101 años jamás se ha cerrado por vacaciones”, aferrado a su puesto nos comenta apoyado al mostrador con una sonrisa Osvaldo, al lado de él, está su padre, don Italo y pegado como si fuera su sombra, su hermano, Quito, todos Zoppiconi. Tres generaciones de almaceneros que han dejado su vida entre verduras, especias, recados, sogas y pan.

La vida conserva un espíritu de lucha en el trabajo de estos tres hombres, pioneros a su manera, un almacén es como un faro que atrae y guía. “Por favor, me da un poco de nuez moscada que estoy haciendo chorizos”, reclama un gaucho con las manos curtidas. Osvaldo nos disculpa y saca de un cajón una bolsa milenaria, raciona con una cuchara y atiende al buen hombre que se ha enfrentado a la ausencia de la necesaria especia para continuar con la factura. “Sino abrimos la gente se pierde”, vuelve con nosotros.

Sin dudas el almacén es conocido por la oportunidad que tuvo el menor de los Zoppiconi en ser el custodio de Perón, al lado del salón de ventas Osvaldo tiene un pequeño y único museo con algunas pertenencias del caudillo justicialista, fotos originales, cartas de puño y letra, objetos invaluables y fetiches de la liturgia peronista. Aunque lo mejor es oír las anécdotas que tiene de Perón. Osvaldo aún recuerda la voz del General e imitándolo nos habla de los últimos días de él, nos convida a conocer el lado más humano del hombre que cambió para siempre la política argentina.

Yo no podía separarme nunca de él. A la tarde en Olivos me preguntaba qué desayunaban los soldados de la guardia, yo le decía mate cocido mi general, y Perón me miraba resignado: pensar que les mando para que les den chocolate. Una vez me preguntó si comíamos carne, y le dije que cada muerte de obispo y me hizo decir que él un día de estos iba a pasar a almorzar con los soldados un asado. Pasaron varios días y le pregunté cuándo iba a venir y me dijo que me había mandado a decir aquello para que nos dieran carne. Me preguntó: ¿y han comido carne estos días?, le respondi: todos los días. Se puso contento y me dijo que siguiera diciendo que él iba a ir un mediodía de estos” Osvaldo Zoppiconi entra en un melancólico trance cuando habla de Perón. “Era una persona muy buena. Siempre me repetía, m´ijo, a mí me sobran huevos, pero me falta salud” Perón era un grande de la cabeza, pero no del físico, reconoce quien fuera su custodio.

Los tres Zoppiconi se ayudan para aguantar el siglo de historia que revive todos los días en ese almacén que en las fechas patrias invita con chocolate caliente a los niños. Una justa capa de tierra se amontona en las estanterías y en los rincones del boliche, es necesario que así sea. Como si fuera un arca de noé criolla, el Viejo Almacén Zoppiconi se aferra a la ceremonia de la tradición, el pan continúa llegando todos los días y dentro de estas paredes se resguarda la memoria de un pueblo y de un pago chico. Los almanaques no pueden entrar a este templo, pues no sabrían qué año representar. 

Afuera, el viento sopla y la puerta del almacén cruje, un lugar así sólo puede existir en el interior de Argentina, donde la soledad es física y el día la necesita. La historia en el Almacén Zoppiconi está viva.

CÓMO LLEGAR AL ALMACEN ZOPPICONI