Despejado
T 20.5° | ST 20.5° Aeroparque Buenos Aires, Argentina
Revista el Federal - Actualidad - nota

Con aires de cuyana

La estrella de “Gasoleros” y “Graduados” añora su niñez en Concarán, su pueblo natal en la provincia de San Luis, y confiesa que para actuar debió sobreponerse a una gran timidez.

Tags

Por Alejandra Canosa

Tarde agobiante de un día cualquiera en Buenos Aires. Arde el asfalto a pocas cuadras del Congreso de la Nación, pero ella no es de las que “dejan pagando” a una cita en una esquina: avisa por mensaje de texto que está llegando en cinco minutos. Finalmente, aparece luminosa en la entrada del Teatro Liceo: quienes la cruzan, la reconocen y saludan rápidamente. Ella, sin hacer alarde de su popularidad, saluda cordialmente: alza la mano con el mismo gesto que aparece en la marquesina del teatro, donde cada noche protagoniza la obra “Buena gente” de David Lindsay-Abaire.
Quizá pocos sepan que Mercedes Morán nació en Concarán, uno de los asentamientos poblacionales más viejos de San Luis, justo frente a Merlo, donde abundan las pinturas rupestres conservadas en quebrachos. Ese mismo pueblo es cuna de la escritora Dora Ochoa de Masramón, una estudiosa de la naturaleza, los aborígenes y el folklore local cuya casa terminaron convirtiéndola en museo.
Mercedes evoca: “Tengo muchos recuerdos de mi niñez. Imágenes de la plaza, la caminata con mi madre a la iglesia los domingos, comer en el hotel del pueblo, mis aventuras con mis primos en el río, los veranos en una quinta donde había mucha fruta seca y mandarinas”. Mientras se deja ganar por la emoción, asegura que vivir en un lugar pequeño te contagia los buenos valores.
Cuando el hermano mayor de la popular actriz comenzó a cursar en la universidad, tuvieron que mudarse a la capital y si bien para su madre fue un alivio, para Mercedes fue muy traumático. “Mi madre tenía muchos deseos de salir del pueblo, y así fue. En San Luis era maestra rural, y al pasar a la inmensidad de la ciudad, tuve que ir a un colegio medio pupila, con transporte escolar… ufff, pensá que en el pueblo el medio de transporte era la bici y la caminata”, subraya, con un dejo de nostalgia. Sin embargo, como contrapartida de esto, reconoce que el vínculo con sus padres no tuvo fisuras.

Militancia. Su padre fue diputado peronista por la provincia de San Luis, época donde se ejercía la política comprometida. “Mi viejo me llevaba con  él a recorrer los campos, golpeaba puertas para ver qué necesidades tenía la gente, se comprometía y se ocupaba” expresa, mientras enciende uno de los dos cigarrillos diarios que fuma en camarines, convencida de que aquella recorrida habitual fue una enseñanza enorme: “De hecho, mi madre jamás nos descuidó, mis hermanos y yo la acompañábamos a dar clases o a colaborar en escuelas comunitarias” concluye Morán, orgullosa y sin rencores.
Quizá porque nunca se subió al podio de la fama, disfruta de un camarín pequeño pero lo suficientemente espacioso para acomodar fotos familiares, dos silloncitos cómodos, un espejo estándar para ver lo que hay que ver, un hornito con esencias de mandarina y un halo de buena energía que hacen, de la charla, un culto. “Me encuentro en una etapa de plenitud, hace algunos años incorporé el yoga a mi vida como un hábito necesario, me gusta oler bien y usar ropa cómoda. Mi guardarropas no es el de una mexicana, tengo negros, azules y  chocolates. No soy materialista, ni me deliro calmando mis angustias gastando plata en un shopping” expresa Mercedes, como si estuviera pasando letra en un ensayo.
Se casó en plena adolescencia y con la desaprobación de sus padres. “Me casé muy precoz, y por ende viví cosas de gente más adulta. Pero no me arrepiento: siempre fui en busca de mis deseos, y siempre trato de ver la mitad del vaso lleno”, sostiene, al mismo tiempo que se acomoda un bretel para emparejarlo con el otro.
En aquella misma etapa adolescente, comenzó a cursar sociología, pero más tarde abandonó. Para no perder el año, decidió anotarse en un curso de teatro. “La mía no fue una vocación de alma, era muy tímida, no era de las que animaba fiestas ni actuaba en los actos del colegio. Pero el teatro me despertó cierta curiosidad y me apasionó”, relata mientras convida caramelos de fruta, mira la hora en su celular y corrobora que no la corre el tiempo. 
El enorme Lito Cruz puso fichas en ella y las pruebas están a la vista: comenzó haciendo pequeñas participaciones en televisión, y luego una obra de autogestión en el Teatro Payró, que le deparó una gran vidriera y su primera participación en la novela “Rosa de lejos”, por la pantalla de ATC.

Original. A los 57 años, Mercedes Morán no tiene intención de aparentar. Ni en la vida ni en la profesión. Inteligente y segura, con muchos años de terapia encima, trata de no caer en la tentación de recurrir al diván. “Hace tiempo que dejé la terapia –hace pausa, se ríe, se cruza de piernas y sigue–, “me dieron el alta y me mandé algunas cagadas para seguir, pero no prosperó. Descubrí en el análisis un instrumento fantástico, aprendí a escuchar y a que me pongan la oreja para corregir cosas”, sostiene reflexiva.
La fama nunca la mareó y su felicidad no tiene que ver con el placer de actuar. De hecho, cuando saltó a la popularidad con la tira de ficción “Gasoleros”, decidió hacer cine y descansar de la televisión. Convocada por Lucrecia Martel, viajó a la provincia de Salta a filmar “La ciénaga”, uno de sus hitos en la pantalla grande. “A veces querer aprovechar el momento es un arma de doble filo, pero no me ha ido tan mal aplicando ese pensamiento a mi vida y mi trabajo” concluye. Mientras tanto, respira el perfume de mandarina que hace agradable seguir la charla en su camarín.
Madre de tres hijas (Mercedes y María, del primer matrimonio, y Manuela -17- fruto de su relación con el actor Oscar Martínez), Morán es abuela orgullosa de una nieta y se prepara para el próximo nieto, que llegará en el otoño y se llamará León. “El rol de abuela me sorprendió mucho, es maravilloso estar exento de la crianza y no sufrir el pelotazo de los límites”, apunta. Ella disfruta intensamente de la familia, está en pareja con un hombre que admira, llamado Fidel, con quien comparte la lectura, viajes, ver películas, todo… “En los ratos libres disfruto mucho del ocio. Cuando no trabajo de actriz tengo una lista de cosas esperándome, como empezar un curso sobre algún tema desconocido, o cocinar platos sencillos bien hechos para los que quiero” dice con tono agradable, mientras busca en la cartera el segundo cigarrillo de la tarde.
Mercedes Morán confiesa no ser la mujer más feliz del Condado y asegura que lucha mucho con la pérdida del sentido, la nostalgia y el miedo. “No me siento del todo completa sin la felicidad de mi entorno, porque eso me ayuda a ser mejor persona y mejor profesional” exclama. Y se involucra cómodamente en los temas político-sociales. “Con respecto a lo social, creo que las crisis son oportunidades y a nivel mundial hay una crisis importante que provocará un cambio total, y que apunta puntualmente a la ecología. Algo estamos haciendo mal, maltratamos el planeta que es nuestra casa.  A nivel social me pone contenta saber que hay una movilización interesante, hay un sentimiento de solidaridad que sacudió cosas que estaban stand by”  dice, categórica.

Lauros. Mercedes ha cosechado varios premios a lo largo de su carrera y recientemente se llevó una estatuilla en la entrega de los “TATO” por su personaje en el unitario “El hombre de tu vida”, ficción de Juan José Campanella donde compartió cartel con Guillermo Francella y cuyo premio recibió y agradeció su hija Mercedes, porque ella estaba en plena función de teatro. “Disfruté mucho ese personaje. Francella es maravilloso y Campanella no tiene techo. Había terminado la obra “Agosto” donde el protagónico era una carga enorme y la comedia me descontracturó, no puedo hacer más de un trabajo a la vez. Por eso, el año que viene decidí hacer cine y descansar”.
Disfruta cada día intensamente y si bien viene de una familia longeva, la actriz no se imagina con noventa y pico. “Mi padre murió a los 97 y mi madre, que aún vive, tiene 86. Yo no se si quiero vivir tanto. Me asusta la dependencia, amo mi autonomía, me cuesta pedir y  delegar, aunque lo fui manejando con el psicoanálisis”, relata, haciendo pausas varias mientras hace un giro quedando frente al espejo. “Intento mirarme con buenos ojos y aceptarme día a día para no padecer. A veces me jode no poder cometer algunos excesos, como trasnochar. ¡Viste que el cuerpo no responde como a los 20….30…ufff”, comenta en tono de humor quien se divierte hablando de estos temas con los amigos que conserva hace tiempo.