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Revista el Federal - Actualidad - nota

Cuna de tarariras

Rosario no es sólo el origen de la Bandera Nacional, sino también de muchos peces que aprovechan su amplísimo delta para morar y reproducirse. A un paso de la ciudad capturamos muchas taruchas con señuelos.

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Por diversas circunstancias (temor a ahogarse, mareos frecuentes, limitaciones físicas o simplemente cuestión de gusto) hay muchos pescadores a los que no les agrada embarcarse. Más de una vez nos llegan correos electrónicos de estas personas que buscan lugares para pescar tarariras con señuelos pero sin subirse a una lancha. Pensando en ellos visitamos Rosario junto con Miguel Domancich. El guía Daniel Demaría nos había invitado a conocer un gran pesquero al que accederíamos dejando el auto en la ruta y caminando, a la vieja usanza de lo que hicimos durante años en los charcos y lagunas de la provincia de Buenos Aires. En la autopista de circunvalación nos encontramos con Daniel y dos clientes y amigos, Rubén D’amico y Guillermo Alonso. Al constado de los vehículos, bien custodiados, nos calzamos los waders, el bien pertrechado chaleco de pesca y las heladeras con abundante bebida y algo de comida.

Señuelos. Enseguida llegamos a un canal desbordado, donde iniciamos las acciones. Según Daniel era “solo para calentar muñeca”, aunque la columna mercurial ya sobrepasaba los 25 grados a esa hora, cerca de las 10. En el tercer o cuarto tiro comenzaron los piques, pero, como si las tarariras no se decidieran a comer con ganas, no podíamos clavarlas. El ambiente, que se repetiría en todos los mejores lugares que pescamos, estaba conformado por mucha vegetación acuática con fondo de barro duro (ese que se hunde apenas un poquito, un par de centímetros, y luego es firme) y algunos camalotes. La profundidad no pasaba el metro. Por estas características había que usar señuelos con antienganche.
Sabedores de esta condición, pusimos en los cortos cables de acero de diez libras diversos artificiales de superficie con el anzuelo simple protegido. Se llevaron las palmas al respecto la Moss Boss de Heddon, su versión nacional Muelita (usada por el guía), las ranitas de Tech, los Highlander (común y Frog) y un curioso paseante de goma blanda de la firma Yum, el Money Hound. Este último tiene forma de cigarro. Con un anzuelo off set (uso habitualmente la línea Gamakatsu Superline 3/0) se lo enhebra en la boca de arriba hacia abajo y luego se ensarta la punta de modo que quede en línea recta con el ojo y cubierta por el lomo del soft plastic (así no se engancha). Al lanzarlo flota y viene “paseando el perrito”, es decir, moviéndose hacia ambos lados como un paseante. La eficacia es notable. Cinco tiros, cinco piques. La goma es poco resistente por lo que en las fotos solo verán el anzuelo pelado. Es el clásico señuelo que para muchos que lo ven en la casa de pesca “no dice nada”, pero en el agua es sumamente atrayente para las taruchas entre las plantas.
Mientras íbamos caminando y buscando lugares similares al inicial conversábamos con Daniel sobre la gran cantidad de pequeñas áreas desbordadas tan llenas de tarariras. ¡Cuánto para investigar!
Y así nos largamos a una larguísima caminata. Sin waders es más liviana, pero tenemos menos oportunidades de adentrarnos cuando las taruchas se van replegando hacia la costa opuesta desde la que tiramos. Una alternativa son las botas altas, pero nos limita a sectores de poca agua, no más allá de la canilla. Zapatillas: totalmente desaconsejable: podemos pisar sin querer algún ofidio y el calzado bajo no nos defiende las piernas. Además, los charcos suelen estar llenos de sanguijuelas que enseguida se prenden de la carne humana.

Estrategia. La técnica que usamos consistía en lanzar desde lejos para no arrimarnos a la orilla próxima. Los primeros tiros casi siempre encontraban ataques en este lugar que hubiéramos alterado de acercarnos en demasía. A medida que se aquietaba la actividad en esa franja fuimos avanzando, cuidando también de no cruzar los sectores de lanzamiento, es decir, presentar un ataque como peones de ajedrez. Pero como los sectores no son tan perfectos como un damero, cuando alguno necesita “invadir” la zona de otro pescador simplemente pide permiso y comparte la cancha lanzando en diagonal a su compañero. Para mí esta estrategia es muy útil por la posibilidad de rastrear a fondo un lugar y de permitirme tomar más fotos a diferencia de un avance desordenado, cuando se desperdigan los pescadores.
Daniel, recogiendo rápidamente la Muelita, obtuvo incontables piques. La ratita de Bad Line, por razones que no comprendo, fue muy eficaz para tarariras pequeñas que acechaban en zonas de vegetación cerrada. Para estos casos no corre la idea de que no quería comer y solo espantar al extraño del nido: todos los peces capturados con estos plásticos blandos, pese a tener una boca chica acorde con su tamaño, venían con el señuelo bien metido entre las fauces.
A la tarde, luego de algunas necesarias y gratas pausas bajo las frondosas copas de los árboles, cruzamos un campo y arribamos a un arroyito conectado con el río Paraná por medio de una laguna. Probamos en la parte abierta del arroyo, donde Daniel ha logrado doraditos, pero sin resultados. Entonces nos arrimamos al sector en que se desprendía el curso desaguando un estero abarrotado de vegetación. Era cuestión de lanzar señuelos antienganche sobre las plantas: cuando caía al agua, ataque seguro. Todas pequeñas taruchas de no más de medio kilo, pero tan nobles e incansables que pasamos un momento excelente, al punto de cansarnos y pedirle a Daniel que regresáramos al punto de partida.
La pesca había sido formidable y mucho más con nuevos amigos. Debíamos retornar a Buenos Aires y, si bien los trescientos kilómetros son de buena autopista, no queríamos manejar tan cansados. Una ducha reparadora en el peaje del puente que inicia el camino a Victoria por solo tres pesos (en monedas) y a casa, contentos de haber conocido a Daniel, a quien recomendamos fervientemente como guía, y de haber evaluado un nuevo lugar para esta pesca que tanto nos fascina.