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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

El almacén donde paró San Martín

En el límite entre San Pedro y Arrecifes (Provincia de Buenos Aires) se halla este legendario almacén en donde según cuenta el mito rural supo parar el mismo San Martín a recobrar fuerzas en una de sus andadas por la zona. Solitario y rodeado de árboles centenarios, esta esquina bonaerense sigue siendo el punto de encuentro de gauchos que buscan un poco de charla y amistad. Leé la nota y conocé el Almacén Beladrich, donde paró el padre de la Patria.

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Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas

Por acá pasó San Martín en 1813, se lee con orgullo en un dibujo en la pared que muestra el perfil inmortal del padre de la patria. Posta obligada desde que este país tuvo movimiento, rodeada de árboles, como si fuera un archipiélago criollo que se levanta en silencio, su presencia se vislumbra a lo lejos por el concierto de aves y por un extraño espejismo pampeano que supone que detrás de las sombras y del polvo de la caballada, se halla el Almacén Beldrich. Si hay lugares que tienen ingredientes para transformarse en leyenda, éste lo es.

“Mi abuelo, padre y madre, y yo, todos nacimos acá, el almacén fue siempre el punto de encuentro, y jamás estuvo cerrado”, nos dice el joven almacenero que hace dos años aceptó continuar con la tradición de tomar la posta y no permitir que las puertas se cierren. Las cosas en el campo se hacen con palabras. “Yo atendía los fines de semana, y hace dos años el patrón me dijo si quería hacerme cargo del boliche, acepté enseguida. Es hermoso trabajar acá”, Matías Fegan, con sangre irlandesa y gallega, tiene 30 años, es soltero y en sus ojos se ve ese resplandor bendito y pícaro de tener algo de Dios y de Mandinga, requisito imprescindible para ser bolichero de campaña.

No es fácil llegar al Almacén, pero un embrujo ayuda. Un camino desolado e hiriente de silencio se mete por el corazón mismo de la pampa, allá lejos queda la ruta 9 y la ilusión de una sociedad a la que queremos esquivar. Una vez que avanzamos el horizonte se hace vasto y el sol más pequeño, pero también ofrece un espectáculo digno de ser pintado. Tranqueras, caballos, algunas vacas, la necesaria presencia de un silo y como si de a poco un gualicho nos hechizara compuesto de olor a bosta y azahares telúricos, aparece el Arroyo Burgos.

Un puente lo presenta, paramos y oímos el arrullo del agua. Bajamos y debajo del puente vemos una cascada que transporta un cauce de agua cristalina, en el lecho y en la orilla vemos extrañas formas, y nos sorprende hallar algunas conchas nacaradas; la geología nos explica que hace millones de años una incursión marina se hizo presente en esta inmensa alfombra de pasto y cardo. El Arroyo Burgos y su silente puente sosiega y calma el cuero curtido por el polvo. Ya embrujados, a los pocos metros hallamos el mítico Almacén Beladrich, un fortín de amistad donde la humanidad se abre a flor de piel.

Unas mesas y sus sillas que recuperan a los hombres luego de un día de trabajo rural, las estanterías que son un catálogo de mil artículos, escobas colgadas de la pared, un pool y el mostrador sempiterno en donde Matías nos cuenta esta realidad. Su suegra y su madre, lo ayudan a un costado. “Uno se acostumbra a la soledad, pero tampoco tenés mucho tiempo para estar solo, siempre hay gente acá, durante todo el día, principalmente a la tarde, cuando el paisano deja de trabajar. El almacén lo fundó Herlinda y Américo Beldrich, una pareja que aún vive en San Pedro, hace poco ella festejó sus ochenta años en el club” El Club al que hace referencia es una señorial y bella construcción que está al lado del almacén. El Club Universal, se llama, y se nos supone que el cosmos mismo podría caber en esta esquina bonaerense. “Yo estoy feliz acá, y me gustaría volver a ver las cosas que se hacían antes”

Ese sueño, son las destrezas criollas, la sortija, las domas y los bailes. “Todo eso tiene que volver a vivir”, Matías se emociona al contarnos sus ideas y proyectos, tan nobles y tan argentinos. El Almacén Beldrich es un faro rural que mira a un punto cardinal propio, su presencia es tan necesaria como las páginas del Martín Fierro.

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