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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

El almacen que mantiene vivo a todo un paraje

A pocos kilómetros al norte de Tandil, siguiendo las vías del tren, se llega al Paraje De La Canal, lugar donde se ubica el Almacen de Ramos Generales Lassarte Hermanos, emblema perfecto de nuestra más profunda tradición. Con más de un siglo de existencia, la historia ha pasado allí y se huele en el aire. Conocé cómo un almacén mantiene vivo a todo un paraje. 

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Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

Para llegar al Paraje de la Canal las referencias no son muchas. Pasar Tandil, y agarrar la ruta 30 que es un soliloquio de la soledad. Una huérfana YPF a un costado del camino parece purgar el destierro, “Con suerte en unas horas van a pasar los paperos”, se esperanza el empleado mirando con sentido a Tandil. Nos señala la nada, y un poco más allá, está de De La Canal.

Una entrada al costado del camino, siguiendo las vías se llega a un boulevard de eucaliptus, altos y compasivos protegiendo al caserío del implacable pampero. Las ruinas de un antiguo almacén dan la bienvenida, al igual que un cartel. Soldable con otro tiempo, el eterno almacén de Lassarte Hermanos es el centro inexcusable de un paraje en donde la presencia de Tata Dios aún se presiente en las sombras, buscando a extranjeros y masones que trabajaron e hicieron esta tierra.

Pulcro, fascinante y surtido, el almacén pareciera ser un catálogo de cuanto el género humano ha inventado hasta ayer. Los primos Eduardo y Oscar están cada cual en sus labores. Las nubes afuera amenazan con lluvia. El olor a tierra mojada suscita un indecible placer. Atienden el almacén desde toda su vida. No hay fecha de fundación ni datos que permitan suponer que hubo un origen. “Más o menos tiene 120 años”, esboza Eduardo, acaso el más locuaz. Su primo Oscar, que además es mecánico, está acostumbrado al frío del hierro y la chatarra bisunta, pero todo lo observa con una mirada dogmática. Ambos se complementan y son una unidad. “Todo es más rápido ahora, ya ni tiempo para dormir siesta tenemos” El boliche abre al alba, paran al mediodía para organizar las cosas y a las cuatro, cuando todo el paraje y el mundo se despierta de la siesta, abren. “Estamos hasta que se va el último cliente”

De La Canal tiene poco menos de 100 habitantes. La vida se desarrolla en la calle principal, que tiene como nombre Avenida del Trabajador Rural, básicamente se trata de una estación de tren y alrededor se desarrollan las casas y galpones que conforman el poblado. En su momento, nos cuenta Eduardo, llegaron a convivir tres almacenes, tres fábricas de quesos, sastrería y dos peluquerías. De todo esto, queda apenas la supina realidad de las ruinas. Entonces el tren pasaba tres veces por semana y bajaban y subían pasajeros. “Hasta hace poco había una clienta que tenía 103 años, y vio el esplendor del pueblo”

El almacén Lassarte es la postal de la resistencia y la elegancia, ya que se trata de un establecimiento señorial, todos los rubros deben convivir en altas e interminables estanterías. Desde una botella de Pineral hasta una correa de distribución para un tractor, pasando por camisas, alpargatas, mangueras, hachas y la alentadora presencia de un pan dulce arcaico que alimenta el sueño de navidades felices. Una sempiterna y respingada salamandra se ubica en el centro del salón configurando la crudeza de los inviernos en esta pampa pasmada de silencio y cardos rusos. Cinco hermanos Lassarte fueron los que se hicieron cargo de este almacén que tiene un origen que se pierde en la noche de los tiempos, tres fueron propietarios y dos empleados, de aquella dinastía, quedan los primos Lassarte que son hidalgos almaceneros de los que ya no se ven más por la pampa. “Teníamos una cámara de frío y vendíamos muchos pavos”, recuerda Eduardo, atrás don Oscar apura una cerveza en un vaso largo y alto. Vasos pulperos, mucho vidrio y poca bebida.

Antes por la puerta del almacén pasaba la ruta 30. Una de las principales causas del éxodo y el atraso de los pequeños pueblos fue la pésima planificación vial argentina. Ninguna ruta respetó los caminos reales que unían los pueblos, todo lo contrario, los obvió y olvidó pasando siempre lejos, dejando a su paso la soledad y la desintegración. “En la puerta paraba el Colectivo Pampa”, se les iluminan los ojos a los primos. Recuerdan cuando se llenaba el almacén y no daban abasto. “Ahora sólo quedan los fieles que vienen todos los días”, clientes que son como una familia cercana a una sociedad secreta que mantienen vivo el mostrador del histórico ramos generales. Milagros, una niña de apenas diez años se acerca y compra fiambre, la inocencia con la que mira cómo Eduardo toma las fetas con tanto amor se deshace en un gesto de respeto y admiración. “Va con yapa”, le dice. Milagros, la pequeña que lleva dos fetas más de queso se va, y con ella la esperanza de que este almacén perdure en este costado clemente del mapa bonaerense.

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