Despejado
T 25.5° | ST 27° Buenos Aires, Argentina
Revista el Federal - Actualidad - nota

El Fortín: calvario del gaucho

La historia de los lugares emblemáticos en la lucha contra el indio, a partir de la cual se empezaron a dibujar los límites geográficos actuales. Los modos para convertir al gaucho en soldado, su escasa vestimenta, la pelea casi sin elementos, el coraje como elemento constitutivo de su ser y el rol del gaucho como clase formadora de la Nación.

Tags

Hace falta entrar en el profundo laberinto de la lucha de dos culturas, comprender pensamientos y acumular lecturas, para comprender una vida plagada de peligros y aventura, miserias e injusticias. Pero, por sobre todas las cosas, hace falta evitar anacronismos, es decir, no pensar lo sucedido en aquellos tiempos con la mente de hoy, para no sacar conclusiones equivocadas. El anacronismo, practicado por muchos, es una forma de la mentira.
“La campaña contra los indios del desierto, entraña el problema político y social de mayor influencia en el país. La solución resuelve la lucha permanente de tres siglos. Dobla la extensión territorial, multiplica las empresas capitalistas y los rendimientos del trabajo, asegura la frontera del sud contra la codicia extranjera.” Esto escribió Ramón J. Cárcano, historiador y político argentino (1860-1946) que fuera gobernador de Córdoba durante dos períodos, en su obra “Juan Facundo Quiroga”. Encierra esta definición, una forma de comprender lo que se llamó “La campaña al desierto”, “La conquista del desierto” o “La guerra con el indio”, y refiere a aquella tremenda epopeya que recibió y provocará múltiples diatribas, sobre todo creadas en tiempos modernos, en que los malones ya no asolan poblaciones o estancias, con su secuela de robo, incendio, cautiverio (secuestro) y muerte. Tiempos en que la Patagonia es definitivamente territorio argentino.
Pero no será en esta oportunidad que me referiré a la Conquista del Desierto como estrategia y hecho político, sino a las penurias e injusticias a que fue sometido el gaucho en aquellos fortines de “avanzada” en el infierno dominado por el indio. Desierto que no se llamaba así por un tema toponímico, como muchas veces hemos dicho, sino porque significaba “la nada”, la tierra del “infiel”.

Literatura y realidad. Como no puede ser de otra manera, y a pesar de que numerosos autores abordaron esta problemática, es inevitable recurrir a la más importante obra de nuestra literatura, “El gaucho Martín Fierro”, escrita por José Rafael Hernández en 1872, como denuncia pública acerca del maltrato y persecución a la que se sometió al gaucho, hecho que se le adjudica a los comisarios, alcaldes y estancieros, que veían en nuestro arquetipo nacional un elemento difícil de dominar por su autosuficiencia, toda vez que con su caballo, su cuchillo, lazo y boleadoras, nada le impedía sobrevivir dignamente.
La “leva”, término que viene de civilizaciones antiguas, donde también se aplicaba este sistema injusto, arbitrario y autoritario de reclutar a quienes se suponía “vagos y mal entretenidos”, si no portaban, en nuestras pampas, la “papeleta”, especie de documento expedido por el patrón, que certificaba que el portador tenía trabajo.
Hernández le hace decir a Fierro: “Y al punto dése por muerto /si el alcalde lo bolea, /pues ahí nomás se apea /con una felpa de palos; / Y después dicen que es malo /el gaucho si los pelea”.
Y no es por falta de literatura correspondiente a la guerra con el indio; ya sea escrita por civiles o “melicos” de la época, que referimos al poema hernandiano, sino por absoluta fe en lo que dice y por la poesía que expresa: “Ahí comienzan sus desgracias,/ahí principia el pericón; /porque ya no hay salvación, /y que usté quiera o no quiera, /lo mandan a la frontera /o lo echan a un batallón”. Es el canto del bate criollo, del hombre que más conoció al gaucho sin serlo, acaso a la par de Juan Manuel de Rosas, que lejos de comprender su idiosincrasia y su reclamo, lo encandiló con su carácter y porte agauchado. Pero ya nos vamos de los versos de Hernández para entrar en la historiografía, y por ello recurrimos a escritores y documentos.
El gaucho perseguido que como Martín Fierro fue reclutado por la fuerza en una pulpería, repite sus penas en la vida real, a través de Juan Moreira o tantos otros, que ante una injusticia, con un honor que tenía menos paciencia que hoy, deciden “alzarse” contra la autoridad que los maltrata y hambrea: “…y después dicen que es malo, el gaucho si los pelea”.
Con respecto a los naturales, aborígenes, indios o infieles, como desee llamárselos, digamos que hubo acciones en favor de su condición de pueblos originarios o establecidos con posterioridad a la conquista española, como los mapuche-araucanos devenidos en “pampas”.
Felipe II dictó la Real Cédula, que sancionaba a aquellos que injuriaren o abusaren de los indígenas, con mayor rigor que estos tratos se aplicaren a españoles. Esta doctrina registrada en el wwwamento de Isabel la Católica fue parte del Derecho Indiano. Es cierto que la muerte violenta de Don Juan de Garay a manos de los indígenas, el asesinato de los pobladores, el cautiverio y el robo, apresuraron la idea de una ruptura irreconciliable, toda vez que, en aquellos tiempos, un aborigen era poco considerado, y en las tierras del Plata, particularmente, no encontraron los conquistadores atractivo alguno en las tribus que habitaban nuestro suelo.
Más adelante, Rosas también intentó mediar, e incluso pensó en herramientas para ellos, para que cultivaran la tierra, pero el malón pareció ser su decisión.

Los Fortines. Las razones de la necesidad de “empujar” al indio contra la Cordillera de los Andes o exterminarlo para poder desarrollar una vida “civilizada” y de producción, además de ratificar nuestra soberanía patagónica, no es la intención de esta nota, la que desea hacer conocer la vida del gaucho en la “ratonera”, como Fierro llamaba a aquellos lugares de padecimiento, donde dos ranchos, un mangrullo, un foso y una cerca de palo a pique entre los que pasaba un indio corriendo, más un mínimo cañón, en ocasiones, conformaban el “cantón”. ¿Cómo comenzó esta historia?. En 1739 el Cabildo de Buenos Aires pertrechó la expedición del Maestre de Campo don Juan de San Martín. Esto no fue en vano ya que después de su campaña, 300 indios pampas pidieron ser evangelizados fundándose entonces la Reducción de Concepción, sobre el Salado, un río emblemático que durante mucho tiempo constituyó un límite natural con el desierto.
El tráfico de animales robados por los indios chilenos seguía en forma constante, esos caminos y sendas fueron llamados por Schoo Lastra: “La aorta del desierto”. Se fundaron entonces fortines en el pago de Luján, cerca de la actual ciudad de Mercedes, del Zanjón sobre el río Samborombón, al norte de Chascomús, y del Salto. El primer cuerpo de ejército fueron los Blandengues, que según un tal Marfany, se llamaron así porque salieron de la Plaza Mayor “blandiendo” sus lanzas, aunque es posible que también se deba a la posibilidad de que tenían que “blandearse”, es decir, moverse rápidamente.
Se crearon reducciones con mayor o menor éxito, pero en 1745 el Cabildo decidió la creación de fortines, de los cuales el primero estaría en los pagos de la Magdalena y fue encomendado al mencionado Juan de San Martín, quien así fundó la Guardia del Zanjón. Según el libro “La Conquista del Desierto 1536-1879”, editado por la Dirección de Geodesia de la provincia de Buenos Aires hace ya unos 40 años y que venía acompañado por un enorme plano con las líneas de fortines, que guardo celosamente: “En 1778 debido a la grave situación que planteaban las continuas depredaciones de los indios, siendo virrey Juan José de Vértiz, se proyectó el adelantamiento de la línea de frontera, resolviéndose que el fuerte del Zanjón pasase al otro lado del río Salado, proyecto que no prosperó, sustituyéndose ese plan por otro que consistió en el traslado de la fortificación en mayo de 1779 en las inmediaciones de la laguna de Vitel, construyendo Pedro Nicolás Escribano el fuerte “San Juan Bautista de Chascomús”. El nombre de “Zanjón” proviene de su primer emplazamiento, ya que estaba junto a un arroyo profundo.
La famosa “Guardia del Monte” se fundó en 1774; el “Fortín San Lorenzo” de Navarro, en 1777. Ya en el siglo XIX se funda la guardia “Kakel-Huincul”, precisamente en 1815, en donde hoy se encuentra el partido de Maipú. El Cantón Tapalqué se fundó en 1831 y el Cantón Bragado en 1846. Así se fue sucediendo la formación de fortines, tratando de contener al indio desde la frontera mendocina con Chile, pasando por San Luis, sur de Córdoba, Santa Fe, La Pampa y llegando hasta el lago Nahuel Huapi.