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Revista el Federal - Actualidad - nota

El médico del fin del mundo

A mediados de los años 30, Esteban Laureano Maradona eligió ejercer su profesión en una mínima localidad del monte formoseño, donde vivió más de 50 años atendiendo a la población indígena, compartiendo su pobreza y aprendiendo de su relación con la naturaleza. La historia de un rebelde que también renunció a los homenajes y el aplauso.

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Si bien su itinerario está servido para la hagiografía y el bronce, Esteban Laureano Maradona vivió a contramano de cualquier relato heroico. Se recluyó en el monte y puso sus oficios al servicio de los demás hasta volverse invisible. Un anacoreta, un mito desentendido de la sociedad y sus ritos vacuos como el aplauso. Y también de la lógica inflexible del dinero. En un paraje perdido del monte formoseño, Estanislao del Campo, donde recaló casi por azar, ejerció como médico durante más de 50 años, curó desde la lepra hasta el empacho, investigó y escribió sobre botánica y gestionó un territorio para los aborígenes, sus pacientes de siempre y también sus maestros.
“Yo soy un médico que no cree tanto en la medicina”, confiesa don Esteban en el documental “Maradona, médico de la selva”, dirigido por Martín Serra. Y de inmediato explica las bondades de la baba de perro para restañar heridas. La ética del penitente (el rancho, el camastro, el celibato, la soledad) acaso fue el modo de convertirse en un par de sus vecinos, pilagás y tobas, curtidos en la carestía. Y para abstenerse de colonizarlos, de imponer la superioridad de su ciencia y de su etnia. Maradona, con su chispa de sabio, se permitió aprender de los indígenas. De sus remedios ancestrales, de su apropiación de la naturaleza para curar. La naturaleza con la que Maradona desarrolló una relación mística. Mitad botánico autodidacta, mitad panteísta.
Tal destino de retiro y silencio (violado por una nota de la revista Primera Plana en los 60, a partir de la cual los medios comienzan a perfilar su fetiche bueno y a rastrear los pasos de aquel hombre excéntrico escondido en la selva) concuerda poco con la historia de don Esteban. Nació en Esperanza, provincia de Santa Fe, el 4 de julio de 1895. En su familia eran 14 hermanos y, según su propio recuerdo, un padre despótico y una madre dedicada y cariñosa. Luego de una infancia campestre, estudió y se recibió en Buenos Aires, donde se suponía que continuaría su carrera. Pero los aires urbanos comenzaban a perturbarlo. La elegancia, el ocio, la comodidad, los sucesos previsibles. En fin, todo aquello que para los demás son los gratos atributos de la civilización. Partió al Chaco y allí lo tomó el golpe de 1930, encabezado por la espada del general José Félix Uriburu, fiel exponente castrense en su ceguera y prepotencia, quien juzgó que aquel joven médico que despotricaba contra su gobierno en espacios públicos era una amenaza. Normal: un hombre libre, educado y valiente siempre ha sido una amenaza para el Ejército y sus musas civiles.   

El amor y la guerra. Maradona no acataba ningún dogma político. Hablaba y actuaba en nombre de una rebeldía básica, romántica, inscripta en sus genes. La que incidió en todas sus decisiones. La misma que lo llevó, a su llegada a Asunción, a cuestionar la Guerra del Chaco Boreal que enfrentó a Paraguay y Bolivia entre 1932 y 1935. Quiso estar al margen de la violencia absurda de la contienda, razón por la que los paraguayos lo hicieron dormir a la sombra durante un tiempo. No bastó para inocularle la preferencia por un bando, pero sí para convencerlo de  aplicar sus saberes a las miles de víctimas, tanto paraguayos como bolivianos. Comenzó como camillero y terminó como director del Hospital Naval.
Pero no fue la guerra la marca más profunda que le quedaría de su experiencia en Paraguay. A la vez que atendía heridos y acompañaba agonías (la sed era tan letal como el armamento, contaba Maradona), conoció a una mujer de 20 años, descendiente de irlandeses, llamada Aurora. Se comprometieron, pero en 1934 la joven murió de fiebre tifoidea, enfermedad que le habían ocultado a Maradona, por pedido de ella, hasta último momento, cuando ya no se podía hacer nada. Es probable que tan fatídica decepción amorosa no sólo lo haya impulsado a abandonar el Paraguay, sino a meditar intensamente en los beneficios de una vida solitaria. De hecho, su opción por los indígenas de Formosa fue también una renuncia al matrimonio y la familia, aspiraciones elementales de un profesional con un futuro promisorio a punto de desplegarse. En una elección que conducía a la abstinencia, el amor no podía ser una excepción.
“Él decía que pensaba casarse, pero que el hombre propone y Dios dispone. Nunca más formó pareja”, recuerda su sobrina nieta Dolores Maradona, quien acompañó a don Esteban en sus últimos años, en Rosario. “Siempre decía que le había quedado una guarania pendiente allá. La guarania es un estilo musical paraguayo”, cuenta Julio Cantero, quien se cruzó con el médico en Estanislao del Campo, a fines de los años 50, y hoy coordina la Asociación Formoseña Dr. Esteban Maradona en la ciudad de Buenos Aires.

El hombre y el monte. El espíritu nómade -más que un plan cerrado- lo depositó en un tren que en 1935 hizo escala en la mínima localidad donde se quedaría 50 años. No era su voluntad (su voluntad pasaba una etapa de flojera), pero un parto de riesgo lo hizo bajar del tren (ver aparte). No podría decirse que el pueblo le gustó, sino que, tal vez, los rostros curtidos de los indios y sus penurias, aquel rincón al que el tren no lograba salvar del olvido, insinuaron un sentido posible para su rumbo errático.
En esas tierras comienza a forjarse el mito. Aunque para Maradona sólo se tratara de una forma un poco más sacrificada de ejecutar el trabajo para el que se había formado. Recorrer el monte a cualquier hora para llegar a un rancho distante era una actividad cotidiana. Gajes del oficio para alguien que, según decía, quería moral seguramente, el espeso camino hacia lo elemental, hacia lo único indispensable: el agua, el alimento y la naturaleza para el resto de las necesidades, entre ellas curarse.
Limitado de ropas, usaba sin embargo un detalle que tal vez pueda asociarse a la vanidad. A una noción de estilo acorde con un personaje, digamos, raro: una gorra que, en la parte superior, sólo tenía una banda que le cruzaba el cráneo en forma longitudinal, de modo que dejaba su pelambre blanco al descubierto. Esa pinta completaba la imagen cristalizada del científico un poco chiflado. Del loco bueno. Con su gorra infaltable se lo ve en las escasas filmaciones de su etapa selvática. Cuando, después de muchos años, el periodismo lo situó en la lista de notables. En este caso, un notable marginal, algo que lo convertía en un personaje mucho más rico narrativamente. De a poco, llegó a tal punto su fama que la mismísima Susana Giménez lo sometió a sus preguntas edulcoradas (esa falsa ternura, esa falsa ingenuidad que la distingue) cuando ya era un anciano casi centenario. 
Quizá tan importante como su función de médico haya sido cierta insumisión que logró insuflarles a sus vecinos los indios, acostumbrados al desaire hasta la resignación. Maradona intentó profundizar su conciencia indígena y con ella la necesidad de reclamar por sus derechos. Lideró un pedido ante el gobierno de Formosa que concluyó con la adjudicación de tierras fiscales. Allí se fundó la colonia Juan Bautista Alberdi donde se realizaban  actividades agrícolas a escala casera. La colonia fue oficializada en 1948.

El regreso y la familia. Don Esteban era el reverso exacto de su homónimo deportista, cuya vida, signada por un enorme talento para el fútbol, se convirtió en la más popular mercancía. Y hay un hecho que subraya la oposición. El año 1986 resultó la cima de la carrera del Maradona famoso. Y al mismo tiempo que se consagraba en el Mundial de México como el máximo artista de la pelota, el Maradona retraído sentía los primeros embates de la vejez y caía enfermo. Desacostumbrado a las dolencias, pensó lo peor. Y era lo peor. Porque si bien todavía le quedaba mucho hilo en el carretel, se vio obligado a abandonar el monte, sus rutinas de ermitaño para regresar, 50 años más tarde, al paisaje de la multitud urbana. 
Parte de su familia, para la cual era un desconocido, lo acogió en la ciudad de Rosario, luego de un período de internación. Con ese entorno pasó el resto de sus días, que no fueron pocos. Esteban Laureano Maradona murió a poco de cumplir los cien años, el 14 de enero de 1995, dueño de una mente lúcida como la de un joven. “No estoy enfermo, estoy viejo, y eso no tiene cura”, decía con jocoso realismo al percibir que la muerte estaba cerca. Sin embargo, no fueron años de quietud, sino de intenso descubrimiento de la familia recuperada.      
No sólo del lado de su sangre proviene la admiración. Películas, biografías y canciones intentaron homenajear y, en menor medida, desentrañar a un hombre en disonancia con su tiempo. Un hombre que acató las señales del azar y el lenguaje exuberante de la naturaleza. Que abrazó la pobreza con fervor, convencido tal vez de que era otra ruta del conocimiento. Un humanista primigenio. Un enigma que perdura y nos interroga sobre los valores que rigen nuestras pequeñas vidas.?