Despejado
T 29.9° | ST 32° Buenos Aires, Argentina
Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

El Porteño, el almacén que soñó con ser un pueblo

El almacén está en el paraje La Porteña a pocos kilómetros de Trenque Launquen (Provincia de Buenos Aires), en un solitario camino que se pierde en el horizonte pampeano. A pincipios del Siglo XX pensaron hacer un pueblo a su alrededor, pero jamás se llevó a cabo. Una pareja lo atiende desde hace cuarenta años. El paraje tiene diez habitantes y una planta de cereales le volvió a dar vida. Conocé la historia del almacén que es el ultimo bastión de humanidad en un mapa barrido por el viento pampero.

Tags

Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas

Antes de llegar al almacén, no hay nada más que camino y pampa, más allá del almacén, continúa el camino y el horizonte que consume todos los recursos de la visión. Único bastión de la humanidad en la soledad de la campaña, el Almacén El Porteño abre sus puertas todos los días desde comienzo del siglo pasado. Una pareja de almaceneros lo atiende con orgullo y sabiendo que allí hacen patria tanto ellos como los parroquianos que deambulan por estas melancólicas tierras que son barridas por el viento austral.

“Tengo de todo, pero también siempre me falta de todo. Acá la única guerra es contra el viento, que amontona tanto polvo” nos cuenta Emilce Mangas, esposa de Edgardo Vagliente. Juntos afianzan con amor y convicción este monumento criollo que hace detener el tiempo y que permite que una enorme región que suda pasto y polvareda pueda tener un territorio en donde los hombres puedan comunicarse y velar por su esencia gaucha. “Ha venida gente hasta de Grecia” nos refiere Emilce mientras nos muestra el almacén.

Recados, guantes, talcos, condimentos para la factura campera, pasas de uva, cuchillos, tuercas, algunos remedios, bebidas y víveres de todo tipo conviven en las estanterías donde a pesar del ventarrón que sacude las paredes se hallan sin tierra. Todo es limpieza, decoro y orden, se nota cuando hay una mujer en un almacén. La historia cuenta que El Porteño quiso ser un pueblo, pero quedó en el intento. Eran tierras de la familia Madero Urquiza, descendientes directos de Don Justo José, y que en 1919, al inagurarse la estación de tren, se levantó un almacén para aprovisionar al caserio que se había levantado. Los Madero Urquiza quisieron levantar un pueblo apartir del almacén, pero las inundaciones recurrentes de la zona y la soledad brutal, impidieron llevar adelante el sueño, desde aquel momento La Porteña es este almacén, una capilla y menos de diez habitantes estables.

Desde 1948 el almacén pertenece a la familia Vagliente, el padre de Edgardo fue empleado y un día decidió hacerse cargo del mismo. “Trabajando pagó el almacén en un año” entonces daba dinero ser bolichero y una familia podía pensar en el futuro aunque estuviera en la inmensidad pampeana, Argentina entonces era un país más grande y contenedor . “Ahora el almacén no deja mucho, pero jamás vamos a cerrarlo, mi suegro nos pidió que lo mantuviéremos abierto” Ese mandato alimenta un nubarrón de nostalgia y tristeza. La pareja no tiene descendencia, pero en el aire flota la iridiscencia de aquello que no morirá jamás. Acaso por estas razones el almacén fue declarado “Bien de Interés Histórico de la Provincia de Buenos Aires” y “Patrimonio Cultural de Trenque Lauquen”. Nadie puede tocarlo con esas leyes que lo amparan.

“Acá no hay horarios, y el fiado es nuestra arma para competir con los grandes supermercados del pueblo” Emilce nos muestra las libretas, el efectivo escasea, todo se paga en cuenta corriente, pero las cosas en el campo son así, la palabra, el papel y la tinta persisten y son respetadas. Pocas veces alguien queda con deuda. “Se aprende a vivir con epocas buenas y malas, el campo siempre ha sido así” Recuerda la última gran inundación de 1987 cuando quedaron aislados por semanas. “Vivir en la pampa no es fácil”, el agua llevó las pocas familias que quedaban y el almacén jamás cerró sus puertas. “Atendíamos igual, eramos los únicos que podíamos ayudar a la gente con provisiones”

Pero así como hay épocas malas, llegan buenas. Puede resultar una contradicción, pero aquí una empresa ayudó para que el paraje y al almacén sigan vivos, hace diez años la multinacional Cargill levantó una enorme planta de acopio de cereales, justo en frente del legendario almacén. “Para nosotros fue muy bueno, todos los días llegan camiones y mucha gente de la planta viene a comer algo y a comprar cosas” Hay un tren que sale a diario con cereales directo para Bahía Blanca, todo esto le devolvió la vida al almacén, y movimiento al solitario camino acostumbrado al silencio y al murmullo del viento. Emilce y Edgardo hace 38 años que están juntos, en la vida y en el almacén, este es su lugar en el mundo, las estanterías y cada pequeño articulo que se exhiben en ellas tienen ánima propia porque ellos se despiertan todos los días a abrir las puertas del boliche que está en en el límite del mapa. “Hacemos patria todos los días, aunque no es fácil la carrera”, concluye Emilce, quien nos despide para devolvernos a la realidad de la ruta que pasa a un par de kilómetros por allí.

Echamos una mirada hacia atrás sólo para asegurarnos de que ese camino conduce a una felicidad que sólo en la extensión profunda de la pampa es real y perdura. Duele irse de un lugar así.

COMO LLEGAR: