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Revista el Federal - Actualidad - nota

“El proceso de creación es un momento de felicidad”

Postergó su pluma literaria y sus canciones tras su profesión de productor cultural. Después de los 50 años publicó su primer libro, “Tánger”, y un disco conceptual con canciones propias. Elogia la autogestión artística nacional y dice que los gobiernos deben apoyar las iniciativas. Sin embargo, dispara: “Se ven muy pocos artistas”.

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Hace 15 años cruzó de Algeciras a Tánger. Cuando se alejaba de esa ciudad del sur de Europa, fundada y refundada, destruida y vuelta a construir, veía el azul profundo del Mediterráneo y pensaba que allí, en esas aguas turbulentas, se había bañado Hércules, antes y después de capturar y matar, de limpiar, de vencer y robar. Se perdió en los laberintos del Gran Zoco, el mercado típico de las ciudades árabes donde el perfume de mil especies huele más que el mundo entero. La vieja Tánger, como el sol furioso de su cielo, iba a incendiarle el corazón. Entonces, Carlos Villalba averiguó: sus costumbres, su historia, su gente. Empezó a vivir en sus calles apretadas de gente aunque estuviera, como ahora, en su casa de Palermo hablando con un extraño.

Lo que el viento se llevó. Años después de esa primera visita nació este diario de viaje llamado Tánger (ver recuadro). Pero en verdad la raíz estuvo aquel día en que Villalba  aprovechó cinco horas sobrantes en ocasión del Festival de Otoño de Madrid para cruzar a la ciudad que había leído en la historia. “Fue una aventura, una locura, íbamos sin guía, no conocíamos el idioma”, cuenta. Esa Marruecos de callejuelas apretadas, llena de sol y de gente, jamás se le borró de la agenda. “En Tánger la luz es diferente a la de Europa. Y la luz hace cambiar la perspectiva, la mirada, todo. Hay otro clima, otra geografía. Todo es otro en Tánger. A ese Marruecos también la ola de Occidente empieza a pasarlo por arriba: hay hoteles cinco estrellas, cadenas de heladería, sushi, supermercados, restaurantes italianos, como los hay en otras partes del mundo. Eso hace aparecer lo existencial, el desierto, el estado de perplejidad.”
Será revelado aquí un dato para quienes crean más en la inspiración que en el trabajo: Carlos corrigió -con ayuda- diez veces “Tánger”. La tarea demandó un año de los tres que demoró en terminarlo. “Siempre he sido muy inseguro y muy vago. Por eso publiqué mi primer libro y mi primer disco a los 50 años. Por eso fui padre a los 45. Si existen grandes maestros, me pregunto, ¿qué puedo aportar yo? Pero el tiempo es el tiempo que te toca. No se sabe cuándo es el momento exacto de la madurez. Yo me siento, ahora, seguro y confiado. Y me llegó ahora con la fortuna de no ser ni escritor ni músico. Un músico hace 40 shows en un año, yo me pego un tiro si tengo que hacer eso: prefiero dar un concierto cada seis meses y hacer un libro cada tres”. Carlos lo dice con humildad, como alguien que cocina cada tanto, pero hace un manjar memorable. Ese manjar es este libro de 50 páginas que tenía 300 y cuyo origen se parece más a la escultura, compara Carlos. Al estilo del gran Miguel Ángel, Villalba le sacó aquello que sobraba a la piedra para volverla obra de arte. “El proceso de creación es un momento de felicidad, no de tortura”.

Fuera del tiempo. Detrás de esa mirada bonachona, imperturbable, una agujereadora fusila impiadosa la pared contigua a su casa y echa al living los vestigios de ese ruido. Enfrente y a la vuelta, aquí y allá, como en Tánger, se libra el choque entre la civilización que siembra edificios contra la que resiste disfrutando el patio. Antes de que Carlos diga la siguiente frase, cae un pedazo de cerámica y se calla por un momento la amoladora de la obra en construcción.
Como productor cultural participó de Teatro Babilonia, inauguró el primer Festival Internacional de Buenos Aires en los años en que se soltaron los festivales en la ciudad: el de cine independiente, tango y músicas de provincia. Comandó el proyecto Buenos Aires Música desde donde armó juntadas, potenció homenajes a figuras del folklore y produjo discos. Todo eso lo obligó a postergar su vocación artística. Su maestro, el guionista, músico y poeta Alberto Muñoz (Okupas, Los Sónicos) le alumbró sombras y le quitó las piedras del camino. Con él, desde hace casi 30 años, Villalba estudia la poética, es decir, el estudio de las formas artísticas.
Durante las fotos, Carlos camina sin dificultad. Antes había subido una escalera y había sacudido la misma pierna que en el libro, opio mediante, alguien le rebanó para siempre. De esa fantasía se alimentó el trabajo, pero también de su sensación interna de que no hay un lugar adonde ir, de cierta nostalgia perniciosa que, sabe, nos aqueja a los argentinos como un puñal envenenado. Todo fue a parar al libro. Fantasía y la realidad de la ciudad maravillante que es Tánger. Así lo explica él. “No es un libro experimental. Tampoco es un libro de exotismo. Pero la tensión entre lo onírico y la realidad está siempre, como si fuera indefinible cada momento. Nunca es un diario, aparecen distintos planos en esa prosa poética. Pero no es un relato loco: guarda coherencia sin perder intensidad. Es un libro que se lee en una hora: quería ponerle una faja que diga que el libro se lo puede leer en un viaje desde Palermo hasta Banfield”, dice. Y se ríe con los ojos, sin arrugas en la cara ni sonrisas exageradas ni contorsiones en el cuerpo.
-¿A qué atribuís la fascinación por la cultura árabe?
-Creo que, en el caso mío, entra en mí desde la infancia. Cuando recorrí por primera vez el Gran Zoco me daba la sensación de que estaba en una película de Tarzán o que estaba en la fantasía de Las mil y unas noches. Una sensación de estar viviendo algo mágico con lo que ellos conviven. Tánger fue para los escritores una ciudad neutral en el mundo. Pero en los años de la Segunda Guerra Mundial estaba llena de espías, de alemanes y de tropas aliadas. Y entonces es difícil sustraerse de eso. Además, es un lugar que se parece a un sueño, donde uno se permite experimentar con drogas, con lo sexual, porque en algún punto está fuera del mundo y puede pensar: “Esto no cuenta en mi historia, es como un sueño”. Los misterios se acumulan, no tienen una sola explicación. Marruecos combina lo árabe con lo africano, el mundo de la literatura, de la plástica, la influencia oriental.

Un concepto. Carlos habla lento. En el pasillo de su casa ser oyen pasos, pero no se ve a nadie. Como si una de sus criaturas imaginarias, de su libro o de su disco, le caminaran por al lado, sin que nadie pueda verlos. 
-El libro empezó en un lugar, ¿de dónde sale el material para las canciones?
-Las canciones de Nomeolvides eran viejas: casi todas las letras se hicieron otra vez, gracias a Alberto Muñoz. Con él trabajamos durante tres meses de lunes a viernes, cuatro o cinco horas por día. La primera que hicimos fue Nomeolvides, que se escribe todo junto porque es el nombre de la flor. Las canciones tienen fragmentos de otras canciones del disco, al estilo de un disco conceptual.
-Se dejaron de usar los discos conceptuales.
-Sí, llegué tarde. Es una idea que tenía hacía 25 años. Además, con las bajadas de Internet, se terminó el orden. Las canciones del disco dialogan entre sí. Es un Nomeolvides a la pareja, al desamor, pero también a los padres, a los hijos. Por eso hay diferentes cantantes, para representar los diferentes planos: cantan Liliana Herrero, Cida Moreira, Alberto Muñoz, Caroline Neal y Kevin Johansen. La parte literaria es muy importante en la construcción de la canción. No es espontáneo, sino que forma parte de un trabajo.