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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

Fortín Tiburcio, el pueblo donde una biblioteca invita a renacer

A pocos kilómetros de Junin (Provincia de Buenos Aires) la historia de una mujer que apostó por la cultura es el ejemplo de cómo se puede recomenzar la vida cuando hay ganas e ideas. Fortín Tiburcio es un pueblo tranquilo donde una vieja cancha de bochas se transformó en una Biblioteca en donde paran los colectivos que llegan a esta localidad ideal para pensar en un renacimiento. Poco a poco las casas abandonadas se van reciclando y el pueblo tiene una segunda oportunidad.

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Por Leandro Vesco – Fotos: Juan Carlos Casas

La historia de una mujer es el reflejo del pueblo. Judith Caldiroli llegó hace algunos años a Fortín Tiburcio buscando paz y tranquilidad, fue bailarina del Colón y un día oyó una voz atemperada que le comunicaba que su momento en la ciudad ya había terminado. La vida entró en movimiento y la brújula de Judith viró hacia este pueblo de 250 habitantes del Partido de Junin, su hijo Alejandro la acompañó. Al llegar halló primero desinterés e indiferencia, pero con paciencia fue reconstruyendo su vida y la de todo el pueblo. Fortín Tiburcio es un pueblo ideal para recomenzar.

El pueblo nació en 1911, fue, según se cuenta, un fortín importante de la campaña cuando el mapa provincial se hacía a fuerza de lanza y escaramuzas, posiblemente protegía al Fuerte Federación, actual ciudad de Junin. La estación se inauguró un par de años antes. Tiburcio al parecer era un indio importante de la zona, su presencia trascendió y de allí el nombre del fortín y posterior pueblo. Hoy la localidad se desarrolla frente a la estación ferroviaria, que ya no funciona más. Los pocos habitantes que han quedado, viven protegidos por ese ritmo dilatado y esperanzador de los pueblos que aún conservan ese rasgo fronterizo. En el horizonte se siente un aire persuasivo, un precepto que nos conduce a pensar que más allá de las vías está el fin de la pampa.

Judith llegó hace veinte años. “Yo quería vivir en el campo y lo más cerca a esa idea fue instalarme en Tiburcio, ahora bien qué hacer, fue la primera pregunta que me hice, sabía que quería hacer algo relacionado con la cultura, porque el pueblo estaba sin ningún espacio cultural. Habían cerrado la biblioteca y entonces decidí trabajar para devolverle al pueblo los libros.” Así fue como nació la Biblioteca Popular y Centro Cultural “Malvinas Argentinas”, único bastión del arte y la cultura en Tiburcio. Las cosas no fueron fáciles, claro, pero no imposibles.

El espacio donde funciona la Biblioteca es una antigua cancha de bochas que Judith junto con un grupo de amigos y su hijo reacondicionaron con libros y objetos antiguos del pueblo. Si al caminar por Tiburcio uno siente silencio y un taciturno andar de sus habitantes, dentro de esta cancha de bochas cultural todo es calidez, sentido de lucha y amor por una idea. “Los que viven en un pueblo tienen un saber espiritual” reconoce esta mujer de mirada sensible e invencible. “Quedaron muchas casas abandonadas, pero ahora están volviendo algunos nietos de esos abuelos que hicieron el pueblo y hoy ya no están, de a poco se está recuperando el pueblo, pero estos procesos son lentos”

El proceso y el tiempo de recomenzar su vida, fue en un sentido el mismo que le tomó al pueblo volver a tener un espacio y una vida cultural. En ese espíritu recuperador editó un libro reconstruyendo la historia de Fortín Tiburcio. En esta apuesta, los objetivos parecen alejarse y el horizonte ensancharse. De a poco, se ganó la confianza de la gente, y en el medio su hijo murió, ese bastón que hacía que lo lejano se acercara.

Su nuevo oficio de gestora cultural pareció naufragar en una tristeza franca, pero entonces una tarde cuando se celebraba en el pueblo el aniversario de la escuela, y ella estaba sola sentada en la Biblioteca recibió a dos personas de traje que parecían salidas de un sueño. “Somos los representantes de Condor La Estrella, estamos buscando un lugar donde se vendan pasajes y pare el colectivo”, la decisión de permanecer en Fortín Tiburcio le daba una nueva oportunidad. “Estaba por cerrar todo, y les dije, que yo podía vender pasajes y eso me salvó la vida. Mi vida y la Biblioteca volvieron a levantarse gracias al transporte”

Alberto Mataloni hace 53 años que atiende el boliche del pueblo en una esquina fundacional. Su almacén, como no podía ser de otra manera, es el eje rector del pueblo. “Yo acá tengo que estar, en otro lugar no podría” El viejo mostrador está gastado por los codos del tiempo, y la madera en las paredes dejan ver cuadros de ídolos idos, almanaques viejos, la foto de un perro notable, y una escena gauchesca alrededor de fotocopias de fotos de domas y caballos legendarios. Alberto fue delegado del pueblo catorce años. En pocas palabras nos pinta la realidad: “Antes la gente trabajaba todos los días y el boliche estaba lleno. Ahora es sólo importante para los que les gusta tomar una copa” Al lado hay un ramos generales de Patricia, su hija, completo, organizado y repleto de artículos necesarios para vivir varias vidas.

Formalmente la tarde se cierra sobre el cielo y el atardecer nos envuelve con tonos anaranjados, posiblemente llueva. Judith nos cuenta que a pocos kilómetros está la laguna Mar Chiquita, destino de pescadores. La cancha de bochas ungida como biblioteca nos despide con unos mates, la mujer que se rehízo en Fortín Tiburcio es la luz que vemos para que el pueblo no se vaya por las márgenes del olvido. Hay vida y hay futuro en esta población que invita al renacimiento, que los colectivos paren en una Biblioteca es la mejor señal.

CÓMO LLEGAR

– Condor La Estrella: http://www.condorestrella.com.ar/