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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

Germania, un pueblo modelo en la frontera bonaerense

Germania es una población activa en la frontera entre Buenos Aires y Santa Fe, está en el Partido de General Pinto a treinta kilómetros de la ciudad cabecera. Comercios, escuelas, centro de salud y hoteles le dan al pueblo una dinámica especial. Vivió gracias a una fábrica láctea pero en los noventa cerró y tuvo que reinventarse. Leé la nota y conocé la historia de este pueblo modelo que tiene el encanto de lo simple. 

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Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

Germania podría separarse del mundo y no sentir ninguna consecuencia. Es un pueblo modelo. “Acá son todos brotes de un mismo árbol”, asegura Alberto Ocampo, el Delegado Municipal que camina por la calle seguro de sí mismo y de su trabajo saludando a todo el mundo. Nada falta y todo está en su lugar, hay hospedaje, comercios abiertos y gente alegre comprando. Germania tiene centro de salud, servicios y por sobre todas las cosas, ganas de sus habitantes de permanecer allí.

Este es un pueblo de frontera. Nació así y lo sigue siendo, para llegar a Germania hay que acercarse hasta el confín del noroeste de la Provincia de Buenos Aires. Una llanura salpicada por neblina y desolación nos recuerda que estamos cerca del horizonte. La ruta solitaria a veces nos muestra tranqueras con huellas que dan a estancias que se levantan como islas rodeadas de arboledas, enormes extensiones de tierra producen aquí la sensación de grandeza de la pampa bonaerense. No parece tener fin el camino ni el pastizal. Hasta que llegamos a una entrada custodiada por longevos e imponentes eucaliptus. Una estructura metálica ferroviaria es usada para plataforma donde poner el nombre del pueblo. Estamos en Germania.

Contra la suposición, no hay alemanes en el pueblo. El nombre proviene de una antigua estancia que estaba cerca del primitivo caserio. En esta vasta llanura que rodea a Germania el campo fue un escenario ideal para la ganadería. Una empresa láctea le dio vida al pueblo, pero en la década de los noventa una multinacional la compró y luego la cerró, dejando sin trabajo y sin perspectivas a toda Germania. Todavía hoy día hay resabios de aquel cierre. “Hubo gente que trabajó más de sesenta años y quedó en las vías”, nos cuenta Alberto, quien también trabajó en la fábrica junto a su padre.

Germania tiene 1500 habitantes, muchos de ellos entran y salen de la panadería, librería y mercado y dan muestras de un pueblo muy activo. “Acá está Coco en su hábitat”, nos presenta al verdulero del pueblo rodeado de verduras y frutas coloridas y frescas que invaden el aire con azahares que marean al desprevenido acostumbrado a los productos de la ciudad sin sabor. Antes de salir nos despedimos de la cajera. “No tengo internet, prefiero tejer”, reconoce con alegría. Seguimos caminando, Alberto, quien además es el entrenador del equipo de futbol local, nos muestra el natatorio municipal, grande, nuevo, pintado. “En Verano es una fiesta, todo el pueblo viene a la pileta, todo totalmente gratis”

La vida del interior tiene el encanto de lo simple y vivir cuesta menos. La percepción de que despertarse todos los días en un pueblo como Germania provoca tranquilidad y felicidad es cierta. Hay jardín, escuela primeria, secundaria, escuela agraria, y un hospital con todas las especialidades que necesita una persona para vivir sin necesidad de ir a una ciudad. “Abunda la paz”, reconoce Alberto mientras nos abre la puerta de la antigua librería del pueblo. “Casa Torgano está abierta desde 1945 y nunca cerró, fue también el primer almacén y acá llegaron los primeros diarios del pueblo. Había que tener paciencia, pero llegaban”

“Tenemos algo especial en el pueblo que nos hace diferentes. El tercer fin de semana de noviembre se hace la Fiesta de la Vaquillona asada con cuero germaniense” La particularidad es que cortan al medio las reses y las asan a fuego lento durante toda la noche del sábado, y recién al domingo al mediodía las comen en medio de una fiesta multitudinaria. De todas maneras Germania no escapa a la realidad que se vive en el campo. “Han cerrado cerca de 40 tambos, cada vez hay menos manos de obra, la soja ha cambiado todo y ha enterrado todo”

Es mediodía y como se acostumbra en los pueblos, es hora del vermouth. Sagrada y cardinal era en donde la rosa de los vientos traslada a los caminantes a las puertas del boliche “El Paisanito” Si al entrar a un boliche lo primero que se siente es un silencio de misa, es porque el lugar reúne las especiales características. Hay una mirada que se enfoca en nosotros, y sólo se ablanda cuando Alberto nos presenta a Hugo Gudiño, el Paisanito. Con un apretón de manos se termina el silencio y todo vuelve a la normalidad. “Me envejecí acá”, reconoce sin resignación. Tiene 81 años y hace 47 que está detrás del mostrador, su mujer Delia, atiende el ramos generales que está al lado y hace las mejores empanadas de la región. “Vienen a buscarla de otros pueblos” Delia y El Paisanito se miran y sonríen, son compañeros de la vida, uno no se concebiría sin el otro. “Tenemos una mesa especial para las mujeres que vienen a jugar al chinchón los jueves”, nos señalan con orgullo. Estos boliches de campaña son tan necesarios como el flamante hospital, si este último cuida la vida, los primeros les dan alegría.

Almorzamos en uno de los hoteles del pueblo, “El Hotel Argentino”, viejo pero digno, sus baldosas tienen los pasos de miles de viajantes que han pasado por aquí buscando una cama salvadora antes de seguir viaje. Nos atiende su dueño, el plato es fundacional, milanesas de ternera con huevos fritos con yemas casi rojas. Un poster de una ciudad italiana, un mueble con revistas viejas y una guía telefónica, una planta que se mantiene a aire y los vidrios de colores de la galería recrean un espacio sofocado por historias. Somos pasajeros de un tiempo en donde los hoteles no tenían wifi y había que usar los dedos para discar.

COMO LLEGAR A GERMANIA: