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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

“La Chiquita”, la playa más solitaria de Buenos Aires

Fuimos a conocer "la playa a la que pocos llegan", en la Patagonia bonaerense. Se trata de una pequeña comarca marítima tranquila y silenciosa donde la naturaleza agreste domina el paisaje. Pocos lugares son tan bellos y solitarios, conocelo.

Por Leandro Vesco

Cuesta abarcar tanta inmensidad, tanto cielo y mar. “La Chiquita” es la playa más bella, silenciosa y solitaria del litoral marino bonaerense. Pocos llegan hasta aquí, su encanto se traslada de boca en boca y algunos pioneros han tenido la visión y se han hecho algunas casas en este paraíso patagónico donde la presencia humana es escasa, y la magia natural domina.

Un pequeño caserío recostado en los médanos advierte que un grupo de soñadores se ha animado al viento y la soledad. La Chiquita, que es un suspiro alentador para la visión, está en el Partido de Villarino, en el kilómetro 780 de la mítica Ruta 3, que conecta el país con la Patagonia, siguiendo una serpenteante huella de 70 kilómetros se llega este Edén de finas arenas y mansos médanos alfombrados con suculentas que florecen con mil colores. El camino atraviesa el llano final que termina en las cristalinas aguas del Mar Argentino, se trata de un espacio agreste donde es común la presencia de animales.

¿Cómo trasladar en palabras la imagen de ver y caminar por solitarias playas, acompañados por tímidos cangrejos que nos siguen en lenta procesión, o describir el nacimiento de la luna mientras en el otro extremo de la playa está cayendo, fascinado, el sol? La Chiquita es un desafío para los sentidos, que deben reconsiderar las sensaciones y buscar nuevas maneras de expresar sentimientos, el embrujo del mar impacta y se recuesta en la calma de las olas, que llegan mansas a la orilla. En suave desnivel, la playa es un refugio para recuperar fuerzas y aislarse del mundo. La naturaleza, cuando creó este lugar, se tomó algo más de tiempo. El color del cielo, la temperatura del agua, los aromas marítimos, se acomodan en una postal idílica que se puede disfrutar caminando hasta donde nace el horizonte. Por la noche, la promisoria luz de un faro alimenta el misterio y las historias.

“En un comienzo venía a pescar, cuando no había nada, fue entonces que decidimos hacer las cabañas, tardamos un año, había que buscar el agua en un canal a 20 kilómetros, ser pioneros es algo que vivimos naturalmente, estamos formando un pueblo, es lindo”, resume Alcides Stach quien junto a Carina Rabanedo sintieron el llamado de este mar y hace algunos años decidieron construir su casa y un pequeño complejo de dos cabañas. La Chiquita es un pueblo mínimo en formación, por año tiene cinco habitantes estables que han negociado con Neptuno y viven de lo que el mar ofrece. En el verano, jamás hay mucha gente y se puede disfrutar de una soledad inusual para una playa perfecta. Hay una proveeduría que vende lo básico para vivir en un lugar donde se necesita poco y nada. Una Sociedad de Fomento trabaja para que la pequeña Villa tenga lo justo y necesario para que nada falte: “El camino está bueno, logramos que el viernes, sábado y domingo haya ambulancia, enfermera, servicio de gurdavidas, y presencia Policíal”, comenta Carina, quien forma parte del grupo de Turismo Rural Aguas Turísticas, coordinado por María Isabel Haag de Cambio Rural, INTA.

La Chiquita nació en 1980 ante la insistencia de un grupo de pioneros que querían una salida al mar para Villarino. Con mucho esfuerzo, instancias judiciales, y gestiones de todo tipo, lograron tener 129 hectáreas que lotearon para tener fondos y poder abrir el camino y darle forma al sueño de poder ver el mar. Pasaron los años y de a poco la comarca marítima tomó forma. Beto, quien es hijo de uno de esos pioneros vive todo el año aquí. “Acá soy feliz, estoy solo, y me gusta”, nos alecciona mientras pierde su vista en uno de esos médanos que contiene a las casas del viento del mar del sur.

Conocida como la playa a la que pocos llegan, una vez dentro de ella, hay alternativa de hospedaje. La mejor opción es hacer algún aprovisionamiento de abasto en las localidades de Mayor Buratovich o Hilario Ascasubi, luego en La Chiquita la vida es simple, hay alumbrado público, pero pocas casas tienen energía eléctrica, muchas de ellas optan por la solar, hay agua potable. Como se trata de un pueblo que todavía está en su cascarón, se siente un espíritu aventurero que se manifiesta en cada pequeña acción. La telefonía móvil, felizmente, no ha hecho su aparición aquí, la separación con el mundo actual es total. “Es un lugar agreste, es difícil, es paz, serenidad, tiene encanto propio, se disfruta el silencio acompañado con la naturaleza”, resume Carina.

“Acá no me suena el teléfono, tomamos mates a la tardecita mirando el mar”, afirma Alcides, con una voz serena que tiene el que sabe que está en su lugar en el mundo. En La Chiquita, la soledad se comparte.

Contacto y mas información: 0291-155-708-167