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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

La enfermera que halló su lugar en el mundo, y se puso el pueblo al hombro

Conocimos en López Lecube (Buenos Aires) a Andrea Ferreyra, enfermera y gestora tiempo completo, ella misma recuperó la tapera donde ahora funciona la sala sanitaria, como el pueblo no tenía plaza, ella la hizo. Ha roto varios autos en los caminos rurales. Conocé la historia de una mujer que está cambiando al mundo.

Por Leandro Vesco

Para Andrea no hay nada imposible, y aunque lo fuera, sabe que puede. Vive en López Lecube, que tiene 20 habitantes, estudió enfermería con la única condición de que le permitieran ejercer allí y lo logró. Ella misma recuperó una antigua tapera en donde hay flamea la bandera argentina. Atiende a sus vecinos y hasta les hace los mandados. Como el pueblo no tenía plaza, hizo una y reconoce: “Hallé mi lugar en el mundo”, esta mujer hoy, está cambiando al mundo.

Vive en Felipe Sola, a unos kilómetros de López Lecube, para que se entienda, este entorno es de absoluta soledad. Aquí la vía de comunicación es la ruta provincial 76, que en este tramo es de ripio y cuando llueve se complica. Todos los días, varias veces, hace el trayecto de Sola a Lecube. Andrea tiene una misión en el mundo: ayudar a la gente que ha elegido quedarse en este pueblo donde la presencia de una solitaria y señorial iglesia custodia la vida de las veinte almas que se aferran a esta tierra.

“Hay algo dentro de mí que me hace poner muy mal cuando no vengo. Aunque no tenga nada que hacer, yo abro todos los días la Sala Sanitaria” La historia de su presencia en este solar bendecido por la paz es una señal de Aquellas que tejen y destejen nuestro destino. Tuvo la posibilidad de estudiar enfermería. Necesitaba darle un cambio a su vida, quería ser útil en López Lecube y le dijo a las autoridades municipales: “Yo voy a estudiar enfermería con una sola condición: que me den la sala sanitaria de Lecube”, la miraron con asombro porque en el pueblo no existía ninguna Sala. A Andrea no le importó. Estudió, se recibió y llegó a Lecube. Vio una tapera tapada de tamariscos y pastizales. “Me costó sacarle las arañas, pero la limpié toda, me ayudó mi madre, también” En pocas semanas el pueblo ya tenía Sala Sanitaria. “Yo siento que soy útil acá“, nos cuenta Andrea.

Como suele pasar con esta clases de personas que se rigen con las leyes del corazón, no recibe el reconocimiento que debiera, tampoco lo busca. Nadie le paga el combustible que usa ni los autos que ha roto para hacer trámites para los pobladores de Lecube en esos caminos desolados donde pinchar una goma es algo de todos los días. “Me quedé encajada y rompí las correas”, nos dice Andrea. Estos caminos se transforman en trampas para los autos que no están preparados para el barrio, el Palio de Andrea dijo basta. Ahora, hasta reponerlo, consigue que la lleven hasta López Lecube. “No me voy a hacer problemas por un montón de fierros, lo más importante es llegar hasta la Sala y estar con mi gente” El pueblo tiene su escuela y un puñado de familias que tienen la fortuna de vivir en una postal viva. “Aunque me ofrecieran mucha, pero mucho plata, yo diría que no, acá está mi lugar en el mundo

Este enfermera tiene algo de consagración. Su pueblo es como un núcleo al que debe pertenecer y cuidar. La iglesia Nuestra Señora del Carmén, que todo lo mira desde su imponente altura, contiene la soledad de quienes se animan a este Edén silencioso. “No sé si la Virgen hace milagros, pero yo me siento bien cerca de la Iglesia”, repite Andrea. Sus enemigos son los bichos, algunas arañas y la yarará, hija de mandinga. Hace poco tuvo un vecino con problemas cardíacos, pero logró salvarlo. Para asegurarse una red de ayuda, le pidió gentilmente a la escuela que le diera el teléfono semipúblico que tenían allí y Andrea lo ha puesto en la entrada de la Sala. “Ahora todos pueden recibir llamadas y llamar”, estas pequeñas victorias pueden ayudar a salvar vidas en esta pampa indomable.

De a poco la gente se va acercando a estos lugares, la Iglesia es única y es un imán, detrás de ella está el cordón serrano de la Ventania. El viajero que llega, atraído por los emprendimientos de El Abrojal de Villa Iris, el grupo de turismo de Cambio Rural de INTA, sabe que este pueblo no es uno más. Hay una energía que se siente ni bien se entra por la polvorienta Ruta 76, a un costado de la estación de tren, hoy vacía. El caserío se desenvuelve tímido hasta finalizar a los pies del monumento religioso. Andrea tuvo la idea: “Yo sé que todo esto es muy bello, pero quiero que todos puedan ver esta belleza” así fue que pasó nuevamente a la acción directa. “Al pueblo le falta una plaza“, un día se puso ropa gastada y fue a visitar algunos vecinos. Desmalezó el lugar, plantó árboles y puso juegos para los niños, sin mucha alharaca hizo la plaza. “Ahora estoy por poner un lugar para fogones, para que la gente pueda ver el paisaje mientras hace un asado”

“A veces sé que los fines de semana no tengo que venir, pero vengo. Yo sé que dependen mucho de mí”, las palabras de Andrea Ferreyra definen su ser: dar todo para los demás. En silencio, con paciencia, y mucho amor, esta mujer cubre el servicio sanitario del pueblo, es una gestora tiempo completo, integra la comisión que trabaja en la Iglesia, hizo una plaza, hizo la sala de primeros auxilios y viene a trabajar hasta los días que no le corresponden. Ella está cambiando el mundo, lo hace mejor. Ahora anda necesitando un split, “porque en invierno te congelas y en verano te sofocas”, le hacen falta muchas cosas más, pero acá está, feliz por estar trabajando en su lugar en el mundo. Si alguien merece reconocimiento y ayuda, es ella. Hay pocas mujeres así en el mundo, por suerte, una de ellas está Lopez Lecube.