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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

La huerta orgánica donde le hablan a las plantas

Fuimos a conocer a Carmen en su huerta en Hilario Ascasubi (Buenos Aires), toda su vida trabajó la tierra, hace su propio abono y le habla a sus plantas, que crecen fuertes y sanas. Sólo usa la naturaleza para combatir plagas y fertilizar la tierra.

Por Leandro Vesco

Carmen Allian ha pasado toda su vida trabajando la tierra en su chacra familiar en Hilario Ascasubi, con una sensibilidad a flor de piel, camina y roza las lechugas de su huerta como si se tratara de la seda más fina. En cinco hectáreas tiene junto a su hermano un paraíso de hojas verdes, frutales y raíces fértiles. “Antes no existía ningún fertilizante, hacíamos nuestro propio abono, ¿por qué no volver a esas prácticas?. La naturaleza nos da todo”, lenta, suave y reflexiva asegura que esa es la clave para vivir mejor, y tiene razón. 

Su padre compró estas tierras en 1968, la presencia de un duraznero y un manzano fueron una señal. “Llegamos desde Río Negro, allá mis padres tenían una vida sacrificada y acá papá entendió que teníamos que quedarnos porque la tierra nos iba a dar trabajo y sustento. Él nos enseñó a cuidarla” No hubo mayor bendición que la de comprender que toda la familia tenía que trabajar y colaborar. “Con mis hermanos trabajábamos todos los días a la par que papá y mamá” Los días comenzaban temprano, y ese olor dulzón del rocío fue el perfume que acompañó la niñez.

Llegamos sin nada y con mucho esfuerzo las cosas comenzaron a salir. Siempre respetando la naturaleza. Con un caballo manso pasábamos el arado mancera, las rastras de clavo, el aporcador, y tirábamos las semillas. No sabíamos mucho, los vecinos nos fueron ayudando. Todo era natural y había que hacerlo con las manos”, recuerda Carmen. Su vida es una historia de resistencia, como gran parte de la familia rural. El campo fue el escenario donde se desarrolló, había que pasar los inviernos crudos juntando leña para la salamandra y abanicarse a la sombra de los árboles, oyendo el concierto de chicharras en las siestas infernales de verano.

Su chacra está en las afueras de Hilario Ascasubi, una localidad al sur de la provincia de Buenos Aires donde el horizonte patagónico se confunde con el pampeano. Llanura y más llanura, es el interminable paisaje que templa la voz y las personalidades, siempre fue una región acostumbrada a la sequía. Para poder volver productivas estas tierras se tuvieron que hacer canales que trasladaron el agua del Río Colorado al territorio curtido por la seca, esa fue la única manera de que chacras como las de Carmen pudieran sobrevivir a la inclemencia del clima. “De joven fui a trabajar a una fábrica de tomates en conserva, también hacíamos morrones, peras y duraznos. La mitad del sueldo se los daba a mis padres para colaborar en la casa

“En esos años no existían los fertilizantes, entonces hacíamos nuestros abonos con la bosta de caballo y de las gallinas, las poníamos en bolsas arpilleras en la huerta y le tirábamos agua, entonces todo ese abono enriquecía la tierra. Siempre fue así y de esa manera tuvimos plantas sanas que nos dieron mucho” Hoy la chacra sigue esa tradición. La huerta de Carmen es una muestra de cómo la tierra responde bien cuando la cuidamos. Ya sin sus padres, ella junto a su hermano Francisco están a cargo de renovar el milagro de la vida con cada nueva campaña. “Yo les hablo a las plantas, ella saben. A veces cuando entro a la huerta, les digo: ¡Qué linda que estás hoy!, y siento como si se movieran

La vida, que es circular, como circulares son los ritmos y los ciclos de la naturaleza, la encuentra a Carmen recibiendo a sus hijas en esta tierra. “Buscamos juntos las lechugas, y me hija siempre me dice qué le hago a la tierra para que tengan ese sabor”, el secreto de Carmen no es sofisticado, ella deja macerar en agua cáscaras de naranja, papa, hojas verdes y pone ese líquido en un rociador que pulveriza sobre la tierra. “Es fácil, hay que volver a estas prácticas” Con las semillas sucede algo especial, ella deja las mejores plantas para sacarles semillas, que muchas veces comparte entre los quinteros. Para ahuyentar a los plagas tiene la mejor aliada: la naturaleza. “La citronella, cumple una función polinizadora. Luego tengo flores, para atraer a los insectos que pueden perjudicar a las lechugas, el copete, la caléndula, el colorido atrae a los bichos malos.” De esta manera, el sistema es natural y totalmente orgánico. Carmen no está sola: el Programa Pro Huerta del INTA la ayuda con asesoramiento.

En la paz de su paraíso, las lechugas acá son reinas. Las hay de todas las clases, la crespa, criolla, mantecosa, morada. El verde de las hojas es tan fuerte que encandila. “Si tengo ganas de comer una lechuga, elijo cuál de todas me gusta más. Hago este trabajo con mucho cariño. Si me dieran a elegir entre un Palacio y esto, no tengo dudas, elijo la huerta. Por nada en el mundo abandono esta tierra.” Así, con sus manos limpiando unas hojas, camina por su huerta. Balbucea algo, seguramente sea un lenguaje que sólo ella y sus plantan entiendan, una mariposa la cruza. La tierra y Carmen viven a un mismo ritmo.