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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

La Rica, el pueblo del agua buena

La Rica es un pueblo tranquilo y arbolado del Partido de Chivilcoy (Buenos Aires). Cuando el tren dejó de pasar estuvo a punto de desaparecer, pero los pocos habitantes que quedaron se unieron para darle una nueva oportunidad a la comarca que hoy vive un presente con buenas perspectivas. Conocé el pueblo donde las comunidades originarias hallaron agua rica y buena.

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Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas / Video: Juan Olivan

Parece una contrariedad pero sin embargo es uno de los tesoros del pueblo, cuesta hablar en sus calles por la prodigalidad de aves que ejecutan un concierto florecido de los más maravillosos tonos. Cientos de robles, pinos y eucaliptus conviven en la plaza, que semeja un perfecto y fresco bosque bajo cuyas ramas los vecinos y algunos perros compinches se cruzan para sentir la natural caricia de la pampa. “La naturaleza está en todas partes”, confiesa con un renovado asombro Rubén Bolger, el Delegado del pueblo. La Rica fue un pueblo que estuvo por desaparecer cuando el tren se fue para no volver, pero los árboles, la paz y el aire de reconquista, unieron a sus ciento y pico de habitantes para darle a la comarca una segunda oportunidad. Y lo están logrando.

La historia cuenta que los pueblos originarios que habitaron estas tierras habían hallado agua de muy buena calidad, el mojón fue llamado “Agua Rica” por los criollos, y la zona llevó ese nombre hasta que terminó en La Rica. Se trató de un lugar estratégico en los tiempos en donde el país se estaba haciendo. El linaje de la familia López levantó una estancia en donde construyó las raíces de un futuro pueblo, la estancia hoy conocida como La Rica, entonces llevaba el apellido de Don Manuel López, personaje de peso en la política de la zona. Corría el 1851 y los malones eran cosa de todos los días. Con el paso del tiempo y de la historia de nuestro país, la población que se había afincado en torno a la Estancia se trasladó cuando llegó el Ferrocarril, alrededor de la estación. “Llegamos a tener 1500 habitantes y a falta de una, dos estaciones de tren, había mucha gente, trabajo, carnicerías, almacenes, hotel, el pueblo era pujante”, nos cuenta Rubén frente a una de las estaciones. Las vías no se ven, se las comió el monte, pero queda la hacendada y épica sombra de los árboles que plantaron aquellos que soñaron con un tren inmortal.

La Rica es una aldea cuidada, introspectiva y fraternal, es imposible no quedar boquiabiertos ante la presencia de un escenario natural tan indiviso, el verde es muy verde, el olor a tierra mojada penetra y acaricia, las flores tienen colores casi irreales y los reflejos del sol tienen la intención de meterse entre las hojas de los incontables árboles, pero su deseo provoca una cortina de miles de puntos luminosos, móviles y graciosos. “Estuvimos a punto de desaparecer, cuando el tren se fue, la gente necesitó irse a buscar trabajo a otras partes, no llegaba nadie al pueblo, entonces nos juntamos los pocos que nos quedamos y decidimos darle una nueva vida al pueblo. Y así fue como entre todos hicimos el Club, el Dispensario, el SUM y se iluminó la plaza” Organizados y en equipo los sueños se fueron haciendo realidad. “Hicimos una entrada nueva al pueblo”, dirige la mirada hacia la ruta 30 donde está una de las obras que mejor marcan el renacimiento de una localidad. Un pueblo con una buena entrada es un pueblo vivo.

La realidad del pueblo ahora es otra, todo ha costado mucho y los 120 habitantes se saludan, charlan y La Rica es un pueblo donde todos se conocen y están contentos de esto. Se respira un aire de amistad, trabajo y compromiso por vivir en una comarca a la que juntos le están dando otra oportunidad. “Cuando las cosas comenzaron a salir bien, vimos que algunos volvían al pueblo, ahora hay nuevos habitantes que se están haciendo sus casas” Rubén nos dice que él ve un futuro turístico para el pueblo, “tenemos todo, paz, silencio, tranquilidad. El turismo rural va a potenciar nuestros recursos naturales” La Rica extraña el tren, pero no ha quedado incomunicada, varias veces al día entra al pueblo un micro que viene de Moquehuá y termina su recorrido en Chivilcoy, a tan sólo veinte kilómetros por ruta. “A pesar de que no hay otro medio de vida que no sea el del peón rural, hay gente de la ciudad que prefiere tener la casa acá y salir todos los días a Chivilcoy”

Julia atiende el único almacén del pueblo, la esquina atrae y en su interior están las provisiones para todos, todo el ruido y el bochinche que no sentimos en las calles, se encuentra aquí. Su padre hace sesenta años, cuando La Rica era otra, abrió el boliche y entonces sólo era despacho de bebidas. “Todas las familias se juntaban acá, los hombres jugaban a las cartas y las mujeres nos quedábamos en la sala viendo televisión, teníamos el único aparato del pueblo” Carlitos, su marido, al que conoció en el almacén, recuerda: “Esto parecía un cine” Julia se emociona cuando rememora esos años, “no podíamos cerrar nunca, había mucha gente, eran las cuatro de la mañana y seguíamos abierto, había muchas familias viviendo en el campo y el pueblo tenía alegría, y el almacén fue el centro social porque no teníamos club. Muchos venían al pueblo porque iban a veranear al Lago Epecuén en tren” De aquel tiempo de risas, queda hoy la resistencia de permanecer en un pueblo que vemos feliz por seguir siendo un lugar en el mundo para la centena de habitantes que se despiertan todos los días eligiendo estar en La Rica. “Tendría que estar muy enfermo si eligiera vivir en un departamento en la ciudad“, nos despide Carlitos. Ese sentimiento, es el gen rural que hace invencibles a los habitantes de los pequeños pueblos. 

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