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Revista el Federal - Actualidad - nota

Letra y música de Resistencia

Especial de colección: Horacio Guarany

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Por Juan Cruz Guillén

Yo vengo camino de la duda, en busca de la verdad. Nacido en el monte, en el Chaco santafesino, donde mis pobres viejos laboraron la tierra. Mi padre hachando montes, mi madre tratando de arrancarle sus secretos de alimentos a la tierra inhóspita y dura del chaco santafesino. Yo nací allá, en el monte mismo, donde La Forestal talaba los montes, y mi padre hacha y hacha, iba construyendo nuestra niñez y nuestro tiempo, amasando hijos. Yo nací desde donde el tiempo se hace macho, desde donde las manos quedan ciegas de tanto hachar y hachar en vano el monte ajeno. Donde los niños quedan ciegos para no ver el llanto de la madre. Desde donde La Forestal te arranca con sus garfios, de hambre en hambre, el inwwwino. Desde allí, desde el remoto trajinar del Chaco me viene arando este canto hecho alarido. Quería cantar desde chico. Le cantaba a las gallinas con el Zeta, un travieso hermano con el que solíamos cantar, a los caballos, a las gallinas, a los perros, en nuestro rancho en el campo.” En 1972, en la revista Folklore, Eraclio Catalín Rodríguez Cereijo, hijo de un correntino y de una española nacida en León, escribía esas líneas que cuentan el nacimiento de este símbolo de la música nuestra: Horacio Guarany, el hombre que cuando era chico -y también era hombre- había llegado a Buenos Aires con el sueño de cantar, que hubo de concretar en 1949, cuando Herminio Giménez lo oyó soltar una polka paraguaya y lo hizo debutar como primera voz de su orquesta, justo cuando veía cada vez más lejos la orilla del canto. “Horacio Rodríguez, la nueva voz del Paraguay”, cantó por primera vez en el Palermo Palace, de Avenida Santa Fe y Godoy Cruz.
Un año después de esas líneas, en 1973, se estrena la película “Si se calla el cantor”, dirigida por Enrique Dawi con él y Olga Zuba-rri. Salieron a presentarla por el país. En el hotel de Córdoba, dos señoras insistieron mucho en hablar con Guarany y Horacio aceptó recibirlas. Eran videntes y traían un mensaje: le dijeron a Horacio que en su vida anterior había sido un profeta que quería unir al pueblo y terminaron matándolo. Y le advirtieron que, como movía multitudes, tuviera cuidado porque a él también lo iban a matar. La predicción encontró anclaje en la realidad a la semana siguiente: le  pusieron la primera bomba en la casa (conocida como El templo del vino) y destruyeron entre otras cosas un mural de Rodolfo Campodónico que estaba en el frente. Después de eso, al cantor no le quedó más que el exilio. Pero como el mar, que va para volver, Horacio volvió. Era el 5 de diciembre de l978. Dejó pasar una semana desde su regreso desde España para armar un asado en su casa con Tito Lectoure, Agustín Cuzzani y Santiago Ayala “El Chúcaro”. En la charla les preguntó cómo estaba la situación para que él volviera a actuar. Entonces “El Chúcaro”, con su tartamudez inconfundible y cariñosa, le dijo: “Salí a pueblear, que la gente del interior te quiere y no va a permitir que te pase nada”. Horacio le hizo caso y sus primeras apariciones fueron en Junín, Bragado y 9 de Julio. Los tres lugares explotaron de gente y las presentaciones que marcaron su regreso del exilio ocurrieron por esos caminos que había previsto Santiago Ayala: no pasó nada. Pero en todas las puertas había uniformados que cantaban sus canciones.
Al cabo de esa pequeña gira, tranquilo y feliz por haberse reencontrado con su gente, cae en la cuenta de que iban a volver las espinas. Una semana más tarde, el plato donde comía el asado de su casa de la calle Nahuel Huapí, en Capital Federal, tembló. Oyó vidrios estallar tras una detonación feroz y salió corriendo a la calle, los puteó con todas las fuerzas y encontró seis tubos de hierro con piedras que habían tirado sobre su camioneta. Como rodaron al piso sólo llegó a explotar uno, que destrozó la camioneta del cantor que por entonces portaba un apodo subversivo: “Pueblo”.
En 1969 se inauguró El Templo del Vino. A la reunión llegaron los invitados, empezaron a servir la comida. Lo llamativo era que no aparecía el vino. Alguien preguntó. Horacio Guarany respondió “el que quiera tomar vino no tiene más que abrir cualquier canilla”. Efectivamente, de todas las canillas salía vino. Por esa anécdota, que fue muy cierta, pasó a la historia y a veces, lamentablemente, se lo recuerda por ese chiste antes que por su monumental obra. Guarany es el cantautor vivo más prolífico de la música folklórica argentina. Mantiene a sus 87 años la chispa que lo vuelve tierno, entrañable. Puteando para decir te quiero, no puede evitar humedecer sus ojos celestes cuando recuerda a sus padres, en su tilo de doble tronco agarrado a la tierra de su casa de Luján, la célebre Plumas Verdes, donde el cantor pasa sus días entre letras que le laten bajo el pulso desde el mismo día en que la estrella cantora le alumbró el camino para siempre.