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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

“Lo de Irma”, el encanto de un viejo hotel de pueblo

Detenidos en el tiempo, los hoteles de pueblo se resisten a desaparecer, visitamos el Hotel y Comedor "Lo de Irma", en Las Marianas (Navarro, Bueno Aires), donde hace más de medio siglo es atendido por Irma quien recorre en silencio las habitaciones que esperan la llegada de los viajantes que regresan al pueblo para dejar los pedidos a los almacenes. Leé la nota y conocé un viejo hotel de pueblo.

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Por Leandro Vesco / Fotos: Archivo El Federal

En los hoteles de pueblo siempre hay aroma a café con leche, pero de uno que sólo es posible notar dentro de estas paredes acostumbradas a recibir viajantes que hojean cuentas que nunca cierran en libretas de espiral o novios que visitan a sus prometidas con las horas contadas. Doña Irma hace 54 años que atiende este hotel que lleva su nombre y que además recibe peregrinos de todas partes para probar los ravioles caseros que hace los domingos. León Gieco fue uno de sus ilustres comensales.

Irma no tiene edad, el hotel y ella son lo mismo. Sus pasos van desde la cocina –su lugar en el mundo- al  mostrador donde cae una luz cenicienta. A un costado de la ventana hay un aparato telefónico que semeja un dispositivo de un submarino, “anda cuando quiere”, advierte. Hay docenas de cuadros en el salón de entrada de este hotel que abrió sus puertas en 1950. “En el pueblo había más de mil y pico de habitantes, y pasaba el tren” La estación está al frente, una calle de tierra y una arboleda le dan un marco melancólico a este viejo hospedaje que ha resistido el pasó de los almanaques.

La actividad en un hotel de pueblo es silenciosa, pero continúa. Siempre hay alguien que necesita pasar una noche. “Tengo gente fija, por lo general viajantes que se quedan. O gente que no puede salir por la lluvia”, explica Irma mientras otea el humo que sale de una olla. La cocina está en el medio, entre el comedor y el salón del fondo que es un espacio donde se distribuyen las cinco piezas que tiene el Hotel, en un rincón hay un mueble de cocina con una colección de Selecciones que termina en la década del 70, el tiempo luego no se movió. A un costado, con pulcritud, sobre una mesa están ordenadas tazas y vasos. Un almanaque de mayo de 1984 todavía está vigente en la pared.

El hotel tiene el ritmo del pueblo. Las Marianas tiene 500 habitantes, y el movimiento se acelera al mediodía y a la tardecita, cuando la gente sale a comprar provisiones, luego las palomas bajan a las veredas a pellizcar algo que nunca se ve y el estridente ruido de los ciclomotores se oyen cruzando por la plaza. “Somos muy unidos, nos conocemos todos”, afirma Irma quien recuerda que al hotel lo compró su suegro, lo atendieron junto a su marido, pero con la ausencia de él, sólo están ella y su hijo. Toda su vida estuvo consagrada a la cocina. Los pasajeros reciben pensión completa, desayuno: café con leche, pan con manteca y dulce de leche. Mucho pan. Almuerzo y cena, lo que Irma decida. Ella es el menú.

Los viajantes, principales clientes del Hotel, son una especie de la que se nutren los pueblos. Estos vendedores son el puente entre la comunidad y el mundo exterior, ellos traen los rumores que luego serán temas obligados en la pulpería y en la panadería. El viajante es un comunicador social que transmite una certeza aunque no sea verdad. Muchas veces y durante décadas hacen las mismas rutas, entregando los mismos productos que cambian de etiqueta con los años. Irma tiene varios que se quedan para probar los ravioles, que tienen fama regional. A pesar de que nadie conoce mucho de sus vidas, ellos conocen toda la de sus clientes. Su oficio los obliga a tener una libreta, una bic azul y un sobre de cuero que puede tener una calcomanía de Chevrolet, Fate o Aceite Gallo.

Cuando el sol baja, las luces del hotel se encienden, suaves, con poca intensidad muestran lo necesario. En estos hospedajes el pasajero disfruta del techo y la cama, comodidades que en un pueblo saben a mucho. “Si el camino está bueno y no ha llovido, por ahí viene gente, comen algo y se van a caminar por el pueblo. Pero a veces no anda nadie” Irma tiene que dejarnos: el estofado, en un lenguaje que sólo ella entiende, la llama. Esta noche vendrán dos viajantes, afuera la noche es cerrada y estrellada. Acaso ese almanaque que mostraba el mes de mayo de 1984 tenga razón, en estos viejos hoteles el tiempo es un pasajero perezoso, que gusta de servirse de la tranquilidad que florece en las esquinas del pueblo.

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