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Revista el Federal - Mi País - nota

Malvinas: el soldado que volvió de la muerte

Alberto Altieri combatió en Monte Longdon, donde una bomba lo dejó hemipléjico. Conocé la historia de vida de uno de los tantos chicos de 18 años de peleó en la guerra de Malvinas.

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La policía tocó el timbre de su casa el viernes 9 de abril de 1982 a las 6.30 de la mañana. Traían la citación al Regimiento 7 de La Plata. No alcanzaron los ruegos de su madre ni los pedidos de toda la familia para que no fuera. “Prefiero morir en la guerra y no quedarme acá como un cobarde”, dijo entonces, y repite ahora, Jorge Alberto Altieri. Y fue nomás. Había terminado la conscripción el año anterior y volvió al regimiento. “Los soldados de la clase 63 tenían un mes en la colimba y nosotros ya teníamos cierta instrucción militar”, explica. Estuvo seis días en el cuartel de La Platas y el 13 de abril partieron. Dos días después el chico de Lanús pisó por primera vez las Islas Malvinas.

La batalla

A las 22.30 del 11 de junio de 1982 un soldado inglés cae en la trampa de las minas argentinas. Y se desata la locura. “Ahí empezó el combate. Pero nosotros éramos una sección de 60 hombres y ellos un batallón de 400. Además, teníamos sólo un año de colimba y ellos eran profesionales, adultos”, dice.

Un cabo y un subteniente de la compañía argentina caen heridos de muerte. Altieri está en la primera línea de combate del hostil Monte Longdon. “Estuvimos en la punta del monte desde el 16 de abril. El 1 de mayo fueron los primeros ataques de los ingleses, nocturnos, por tierra y por aire. Era una hostilidad permanente”.

El frente argentino, compuesto por 5 o 6 pibes, según recuerda Altieri, cambia de posición. Se encuentran con los muchachos del Regimiento Uno de Patricios y se instalan untos. Pero es necesario un comando de avanzada. Un Sargento Primero del Escuadrón Décimo de Exploraciones hace un pedido urgente: necesita dos soldados para mirar la posición enemiga. Fernández y Altieri se ofrecen para acompañarlo. Un frío hondo les cala los huesos, pero avanzan, con el viento de frente, con los ojos a medio cerrar. “Saltamos entre los pozos que dejaban las bombas enemigas y nos atrincheramos en uno de ellos. De repente, cayó una bomba a dos metros de mi posición El Sargento Primero murió y a mí me agarró en la cabeza. Caí, me levanté y, ya inconsciente, volví a caer. Mi otro compañero, herido en las piernas, pidió auxilio y nos llevaron al pueblo para hacernos las primeras curaciones”.

Dos días después, el 14 de junio, lo operan en Comodoro Rivadavia. Esquirlas en la cabeza, pérdida de masa encefálica del hemisferio izquierdo y pérdida total del ojo derecho, dice el parte médico. A consecuencia de eso, queda con una hemiplejía en la parte derecha del cuerpo y evidentes dificultades para hablar y desplazarse.

“La guerra no sirve”

Argentina se rinde. El director del hospital regional de Comodoro Rivadavia le pide al padre de Beto -Milanesa para los compañeros- que no llore. Su hijo está flaco, vendado, inconsciente. El padre, que había llegado de improviso al hospital con unos pocos pesos que le dieron sus vecinos, lo cachetea. Apenas reacciona y vuelve a caer en la cama. “Los médicos no querían que me mire al espejo”, rememora.

-¿Qué significa el 2 de abril?
-Para la gente, el 2 de abril es un feriado en el que se van de fin de semana largo. Me llama la atención que recuerden a Manuel Belgrano, a San Martín, y otros próceres, algunos de los cuales fueron grandes y otros no tanto, pero hicieron su historia hace 150 años. Nosotros peleamos hace 32 años y nadie nos recuerda. Galtieri habrá sido un hijo de puta, pero nosotros nada que ver con Galtieri. Siempre se recuerda a oficiales y suboficiales y no a los soldados. No estamos en ningún libro de historia. Y somos la historia viviente.

-¿Irías a combatir si mañana hay una guerra?
-En parte sí y en parte no. Iría a combatir porque volvería a pensar en los pibes de la clase 63 que no tenían experiencia ni instrucción para ir a defenderse. Pero no volvería a ir por las secuelas que deja la guerra y por el olvido que tenemos los ex combatientes. El dolor es más grande para los familiares de los caídos y para nosotros que vivimos con heridas. Los que tenemos secuelas físicas de la guerra nos molesta que todos los gobiernos de turno se olviden de nosotros. Que no me llamen a mí para hacerme un chequeo médico para ver cómo anda mi cerebro, que le falta un pedazo o si hay que agrandar mi prótesis. La guerra no sirve. Antes de ir, era instructor de artes marciales y me privaron de mi carrera. Antes iba a enseñarle a las fuerzas de seguridad, ahora no puedo enseñarle ni a un nene de dos meses porque me revolea por el aire. Yo no quiero ninguna clase de guerra; nada mejor que pelear con la palabra. Seguiremos luchando otros 150 años más por esa tierra que nos pertenece.

Volver al horror

Hace unos años, Altieri volvi a las islas Malvinas para filmar un documental junto con un compañero. Allí se encontró con el mundo tan distinto de aquel joven. “Volver fue una emoción muy grande. Estar en los lugares donde estuvimos hace tantos años y encontrar cosas que habíamos escondido. Un compañero encontró un casquete de la colimba y se lo trajo”, revela.

El regreso a las islas iba a significar el cierre de una etapa para Altieri y los suyos. Pero pasó al revés. “Cuando estábamos en el cementerio de Darwin dijimos `listo, cerramos el círculo, no volvemos ms a las islas`. Cuando llegamos acá, teníamos el doble de ganas de volver”, confiesa.

Repuesto anímicamente gracias a la ayuda de su familia: su esposa Miriam y sus hijos, dice que se autoconvenció de que “mejor es estar acá aunque venga en cuatro pedazos” Pero que cuando hoy, 32 años después, ve a un chico de 19 años, piensa “qué chicos que éramos para ir a una guerra”.

A partir de la creación del Centro Argentino de Heridos en Malvinas, Altieri da junto con sus compañeros charlas en las escuelas para mantener vivo el recuerdo que ni el paso de mil años le hará olvidar. “El tema Malvinas lo tengo todos los días en mi vida. Es algo que no me voy a olvidar nunca por dos razones. La primera es porque estoy en el centro de ex combatientes y la segunda es porque cuando me levanto me tengo que vestir con una mano, atarme las zapatillas con una mano y limpiarme el ojo con una mano. Me miro al espejo y estoy viendo Malvinas”.