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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

Moctezuma, el pueblo de las chacras y la paz rural

Moctezuma es un pueblo de 450 habitantes del Partido de Carlos Casares en donde se respira la tipica paz y tranquilidad rural. Sus habitantes viven sin apuro. Fue la cuna de Roberto Mouras, la familia Grobocopatel y de la madre del maestro Daniel Barenboim. Sigue en pie la sinagoga más antigua del país hecha de barro, pero por sobre todas las cosas sus pobladores quieren seguir siendo lo que son: un tipico pueblo rural. Conocelo.

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Por Leandro Vesco / Video: Juan Olivan / Fotos: Juan Carlos Casas

“Somos pocos, pero siempre hemos estado acá. Este es el pueblo de mi alma”, resume Carlos Alberto Graciano, el Delegado del pueblo al describir a Moctezuma, esta comarca con nombre azteca y tradición gaucha judía mezclada con la fortaleza de tanos y gallegos que en este páramo de la pampa profunda bonaerense se empecinaron en hacer un pueblo cuando no había caminos más que una huella y el tren civilizador ahuyentó la soledad marchando con su trueno rodante. Las esquinas con viejos carteles nos hablan de un pasado radiante, con 800 habitantes que caminaban por las calles arboladas y pulcras por donde hoy se cuela el pampero trayendo algunos cardos rusos renegados. Su acceso se llama Roberto Mouras, el hijo dilecto que trajo reconocimiento al pueblo que hoy lo recuerda a cada paso. El sol brilla en la plaza casi con efervescencia, la mañana en Moctezuma tiene olor a esa reseca de leña que queda en las salamadras luego de arder toda la noche.

Una chacra es un terreno en donde se produce todo lo que la tierra permita. Fue el modelo que se usó para crear nuestro país. La historia de los pueblos son similares, pero con matices diferentes. Cuando Argentina era un país lleno de oportunidades el padre de Carlos vino desde Buenos Aires para trabajar en una chacra. Entonces el pueblo tenía más actividad que ahora porque cualquiera que supiera hacer algo con las manos y no le tuviera miedo al trabajo podía hacerse a la vida. “Siempre fue zona de chacras”, nos comenta, que es es lo mismo que decir, siempre la tierra nos dio la oportunidad de vivir. Pueblo rural, lo llama él, y cerca del mediodía las casas entran en el protocolo de la siesta, donde está prohibido respirar. Serán dos horas largas en donde los perros, gallinas y aguiluchos dominarán las calles y la rosa de los vientos.

 Nos sentamos en una rotiseria que tiene alcurnia de comedor criollo. Un par de mesas son necesarias, en una hay unos peones de campo que hacen un alto en sus labores para apurar con digna seriedad un vaso de vino de mesa. Simple, austero y cálido es el bodegón. Hay un aroma a estofado que tienta y redefine el sentido de tener apetito por una sensación de placentera necesidad de probarlo aunque sea lo último que un ser humano haga en su vida. La foto de Maradona y el Papa se mezclan con publicidades de chicles y helados. “Por qué Moctezuma?”, Carlos nos dice que el ferrocarril pasó en 1912 y en ese momento se cumplía un aniversario de la muerte o el nacimiento del emperador azteca, no lo recuerda bien, lo cierto es que habrían estado hablando de eso cuando alguien necesitó poner un nombre y quedó ese. “Moctezuma”, dice con naturalidad. El pueblo se fundó dos años después y nunca tuvo mil habitantes, pero si mucho movimiento aunque descontamos que la vida siempre se desarrolló a un ritmo lento. Hoy son 450. Carlos mismo piensa bien cada palabra que dice, no tiene apuro. Bajan a la mesa los platos de estofado. “La carne y las verduras son de acá”, aclara en vano el mesero. Ese es el secreto de por qué todas las comidas en los pueblos tienen sabor a nuestra infancia, a los platos que nuestras abuelas y madres hacían. Es un sabor que el cuerpo reconoce como alimento con tonos de melancolía. Produce bienestar.

Moctezuma tuvo cuatro hitos en su vida. Primero cuando nació en una chacra Roberto Mouras, el triple campeón del Turismo Carretera, deporte mucho más importante que el fútbol en los pueblos, hombre benefactor, cuando gozó de fama siempre colaboró con su pago chico. Segundo hito: la inundación del 87 cuando dejó al pueblo aislado. Tercer: la familia Grobocopatel se afincó en un campo cercano a Moctezuma, cuando llegaron de Besarabia en 1912, y luego Gustavo se hizo conocido por llevar la soja y los agrotóxicos en nuestro campo, y cuarto, cuando en su último viaje al país el maestro Daniel Barenboim vino hasta aquí para conocer la tumba de su madre. Nos interesa saber esta última historia. “Tenemos que ir a ver a Piñe”, nos explica Carlos refiriéndose a este personaje como si se tratara de un oráculo.

Les costó 32 días de viaje por alta mar a los rusos judios que el Barón Mauricio Hirsch envió a estas pampas. La Jewish Colonization Association, que él presidía buscaba darle una alternativa de progreso a los judios pobres que escapaban del hambre. Argentina acogió a mucho de ellos, y entre estos estaban los abuelos de Barenboim, quienes para entrar al país tuvieron que ser casados por el capitán del barco, y una vez en Buenos Aires, se perdieron y dos años después se reecontraron. Volvieron a elegirse ya casados. Vinieron para la Colonia Mauricio, que se levantó en 1891 a pocos kilómetros de Moctezuma. De aquella colonia sólo queda el cementerio, visitado por Barenboim. Pedro Kaprow, alias “Piñe” nos recibe en la sinagoga más antigua del pais, hecha de barro y conservada en su estado original. Es la reliquia de Moctezuma. “La cuidó mi padre, después mi hermano mayor y ahora me toca a mí, es mi destino”, nos cuenta este hombre que tiene los años del tiempo y la serenidad en el habla del viento siestero. Varones y mujeres rezaban por separado. Los gauchos judíos pusieron su vida en nuestro mapa, y el apego a sus tradiciones les posibilitó sentir que no habían perdido tanto. “Piñe” además tuvo el ramos generales del pueblo. Es un libro de historia viviente.

Volvemos a la plaza y pasamos por el jardín de infantes que funciona en la antigua estación de tren, la sala sanitaria, la primaría que también tiene un par de años de secundaria, y caminando por las calles silenciosas de Moctezuma entendemos el secreto de la vida, de esto se trata, de seguir conservando la paz en los pueblos, la siesta, el plato de estofado con carne y vegetales de acá mismo. Hay un mundo interior profundo y rico en los pueblos. Moctezuma sueña con seguir siendo lo que es, “un pueblo rural”

 

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