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Revista el Federal - Actualidad - nota

“No se boxea con el cuerpo, sino con la cabeza”

A dos meses de su primera defensa, el deportista del año desanda su camino hacia la idolatría popular, pero no para de entrenar: desde Madrid habló con El Federal sobre su plan para la primera defensa de la corona mundialista, repasa la pelea que lo elevó a la cima de los medianos y habla del futuro: escribir literatura y dedicarse al stand up.

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Esta es la historia de un boxeador que peleó con una sola mano el combate que lo arrimó al fuego de la gloria. Es la historia de un hombre que, de grande, pudo vivir la infancia negada por una vida de privaciones económicas. Es la historia de un tipo que cruzó un mar con un sueño, pero debió hacer fila para mendigar comida. Es la historia de un hombre fuerte y agradecido. Es la historia de un niño que aprendió a leer y escribir a los cuatro años. Pero también es la historia de un tipo que sabe que no todo es pegar, que cree más en la velocidad de la cabeza que en la velocidad de las manos. Por eso, también, es la historia de un deportista con una mentalidad demoledora.
La que sigue es la historia de todos esos hombres, pero es la historia de uno solo: Sergio Gabriel Martínez, el hombre que se vistió de Maravilla para devolverle a la Argentina el boxeo a los bares, el boxeo a las discusiones de oficina y, sobre todo, el boxeo a la masividad, como en sus épocas de oro. Pero lo hizo con un perfil distinto al de otros ídolos populares del deporte: Maravilla juega con el fliper, pero no quiere ser la pelotita que rebota contra las paredes. Sabe promocionar sus peleas, es su propio promotor porque ya los sufrió en el bolsillo, dice que en el boxeo no gana el más fuerte, sino el más inteligente y apuntala eso con un impecable trabajo de planificación en el entrenamiento. Además, alimenta la lógica del ídolo popular: pasó del barro de Claypole a la gloria de Las Vegas y lo hizo con la zurda en punta, pero también con una inteligencia que supera su potencia en el cuadrilátero. Lo hizo sin extraviarse en la noche ni en el alcohol ni en las drogas. Sin volverse un bravucón que luego se deshará en el aire. O en el ring. Por eso, la que sigue, es la historia de un gran boxeador, pero sobre todo es la historia de un campeón, de un campeón de verdad.

Se va la primera. Sergio interrumpe su plan de rehabilitación de la parte trasera de la rodilla –una lesión que tuvo en un vuelo a fines de 2012–, para poner en el tubo del teléfono su castellano neutro, manchado a veces por expresiones de ese ser argentino que le late bajo los guantes. “Tengo que seguir en la recuperación. Pero el 25 de febrero, ocho semanas antes de la pelea, empezaremos a entrenar duro”, avisa. 
-La pelea contra Julio Chávez Junior la planificaste minuto a minuto. ¿Vas a relajarte para esta defensa?
-No me puedo relajar, no puedo descansar, ni siquiera mentalmente, porque (Martin) Murray tiene mucho para ganar y eso lo hace peligroso. Para perder tiene muy poco, para ganar tiene muchísimo. Por eso debo estar viendo mi evolución física minuto a minuto, tengo que tener cuidado con las lesiones y tengo que entrenar duro, como siempre.
Sergio cortará el teléfono y correrá 45 minutos entre las montañas para ganar resistencia aeróbica, trepará cuestas en bicicleta, pero no podrá subir a la tabla de surf –como suele hacerlo– para ganar equilibrio y ductilidad en las piernas. “Le tengo pánico al agua, no me jodas, es una condena macho”, se ríe el hombre que, por supuesto, no sabe nadar. Luego hará guantes con algunos púgiles del Maravilla Box, el equipo de profesionales que tiene con su alter ego: Pablo Sarmiento, el cordobés que además de ser boxeador es su entrenador y amigo: con él vive en California.
Sergio gana las peleas en el gimnasio antes que en el ring, en los abdominales, en los ejercicios de resistencia, en los guantes, en su casi obsesiva manera de entrenarse. “Si no lo hago yo, lo hace el vecino. Y como a mí me gusta la gloria, prefiero hacerlo yo.”

La escuela en casa. Lindo, débil, insomne ya de chico, blanco de las piñas en la escuela y sobre todo blanco en un barrio de morochos y de guapos, Maravilla sabe de chico lo que es el trabajo. Su padre, Hugo Martínez, trabajaba en una metalúrgica y completaba su salario enano con extras: hacía techos de chapa y grandes tinglados, con la ayuda del hijo del medio: Sergio. Mientras enterraba clavos, Sergio, que aún no era Maravilla, se soñaba campeón aunque tuviera la autógena en la mano, aunque quemara electrodos contra el metal, sudando a mares el sol del verano y con las manos congeladas en las madrugadas gélidas. Aún no lo había saludado ninguna gloria y la gente no sabía quién era o mejor, quién iba a ser ese desgarbado que supo lo que era una cena cuando tenía 14 años: un pan hablando con mate cocido y a comer. O chinchulines, lo más barato de la carnicería. “Antes de los 14 no sabía lo que era comer a la noche”, escribe en su libro. “Yo la vi sufrir a mi mamá por no tener qué darnos de comer, no había nada ni siquiera una papa y llegó a pedirle comida a los vecinos para darnos de comer a nosotros”, apunta.  
 
-¿Qué aprendiste de tu papá sin que él te lo haya enseñado?
– El levantarnos a las cinco de la mañana para hacer los tinglados y cobremos más o cobremos menos dinero, hacíamos el laburo de la misma manera. Eso lo aprendí de él. Y lo aprendí bien. Eso hace que boxear no digo que sea un juego de niños, pero sí que sea mucho más liviano. En verdad boxear es fácil, porque es una cuestión de técnica: si uno sabe mover los brazos y las piernas, acompañada un poco con la cabeza y ya estamos boxeando. Boxear, boxea cualquiera; el tema es ganar boxeando.

La mejor defensa es escribir. “Muy poca ayuda tuve para escribir el libro. Vengo escribiendo desde hace mucho tiempo. Escribo desde hace dos años para la revista Ring Side. Teniendo en cuenta la brutal repercusión que tuve en la Argentina, la editorial me propuso escribir el libro, pero ya venía escribiendo. Intento escribir algo sobre humor. Quiero hacer algo de stand up”, dice. Ya debutó con su monólogo en la televisión argentina. Pero también lee. Su bicho se despertó con “Cuarteles de invierno”, la novela que Osvaldo Soriano escribió en el exilio de los años 70, donde se narran las desventuras de un boxeador terminado y un cantante de tangos en un pueblo perdido en el mapa. “Un libro espectacular, de los mejores que leí”, dice. 
-¿Te gustaría escribir literatura?
-Me gustaría aprender, pero no sé absolutamente nada. Sólo puedo expresar lo que siento, lo que pienso. Pero debe ser dificilísimo escribir literatura. 
-Bueno, a vos que te gustan las frases: a escribir se aprende escribiendo…
-Es verdad. A medida que fui escribiendo fui cambiando mi forma. Al principio no me gustaba, pero en la revista Ring Side escribí con más intensidad y hoy miro las primeras notas de hace dos años y no me gustan nada.
-Parece que metabolizaras todo de una manera veloz, como en tu carrera boxística.
-La verdad que sí. Fue muy rápido como pasó todo. Los primeros años fueron como una explosión. Después vinieron los años en que me fui de la Argentina y es muy difícil empezar de cero o de menos diez en otro país.  
-En tu libro, Corazón de rey, decís que querés ser el número uno y en los papeles estás entre los tres o cuatro mejores boxeadores del planeta Tierra. ¿Qué te falta para ser el número uno?
-Dicho así suena de puta madre. Pero tengo que aprender. Al ritmo que están subiendo otros boxeadores, que en breve los veo en la cima, creo que es misión imposible lo de ser el número uno. Pero vamos, que no se crean que les va a ser fácil quitarme del medio.
-¿Esa es tu mejor cualidad? ¿La de no rendirte nunca?
-Sí. En los entrenamientos, en la vida, en un combate. Así lo tomo y me ha dado resultados. No pienso cambiarlo eso. ¿Sabes por qué estoy ganando los combates? Porque trabajo más que nadie. Entreno el doble que todo el mundo. Yo sé que entreno como una bestia, como un animal y me motiva que mi cuerpo de más. No hay muchos secretos. Mientras uno trabaje más que los demás, va a tener muchas más posibilidades. La clave está ahí, en el trabajo.

Identidad. Con su primo Chuly Paniagua, a quien también nombra como su mejor amigo, Maravilla  caminó los primeros pasos en el deporte, al que entró a los 20 años. Con él salían a correr, incluso después de volver de bailar, sin dormir. Con él soñaban, con él gastaban horas mirando los videos de las peleas de Carlos Monzón. A él le decía que alguna día iba a ser campeón del mundo. Y que ese día iba a brindar con champagne, aunque entonces ni sabía qué gusto tenía el champagne. 
-Admirás a Monzón, a Muhammad Alí, Sugar Ray Leonard. ¿Como forjaste la identidad que tenés como boxeador?
-Tuve siempre mi forma de pensar el boxeo, que a veces es a contramano de la idea que muchos tienen, porque algunos me dicen que
bajo la guardia, que abro la boca, que soy rápido. Por lo general, miran el físico, el cuerpo, lo que hago o dejo de hacer con él. Pero el boxeo no va con lo físico, no tiene nada que ver con el cuerpo. Vamos: que el rival ponga el físico, yo pongo la mente. Mi definición del boxeo es el control del tiempo y la distancia. Si manejo eso, no importa el físico. Juego a encontrar eso, tanto en ataque como en defensa. Es como una partida de ajedrez en la que a veces hay que jugar limpio, hay que jugar sucio y hay que pegar duro a la hora de definir, que es cuando entra a jugar un poco el físico, pero un poquito nada más, porque hay que ganar en todos los terrenos. El combate se gana con la mente.
-La pelea tuvo un tono épico al final, pero no creo que haya sido tu idea darle ese matiz, ¿no?
-No, la verdad que no. Soy loco, pero si escucho un tiro me agacho. La pelea es como una película: hay que darle el desenlace en el momento justo, pero me comí una mano, dos, tres y me fui al suelo. Lo que más me gustó de mí en ese momento es que sostuve la idea que tenía: no me voy a bajar del ring agrandándome. Dije: aquí vamos a pelear hasta el final aunque me cueste el combate.
-Te jugaste al intercambio, cuando los manuales aconsejaban ir al clinch, correrse de la zona de fuego, trabar y congelar la batalla.  -Esa es la diferencia–y lo digo sin prepotencia– entre un campeón y alguien de quien se va a hablar por siempre, o al menos, durante muchos años