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Revista el Federal - Actualidad - nota

Pan dulce

La apicultura argentina sigue tomando impulso a partir de un modelo cooperativista en permanente innovación y estimulado por la reciente reapertura de las exportaciones a Estados Unidos. En el pueblo pampeano de Doblas, capital nacional de la actividad, pasiones y secretos de los productores que conviven con las organizadas y laboriosas abejas.

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Al principio, el zumbido y el revoloteo de miles de abejas resulta aterrador. Pensar que hace apenas unos minutos, las abejas descansaban en las colmenas. Es primavera en el monte bajo de La Pampa. El monte se extiende en todas direcciones y las flores de alpataco, de jarilla, y otras de todos colores empiezan a explotar. La lluvia siempre es bienvenida en estas tierras áridas porque traerá más vida y movimiento. A eso de las 11, cuando empieza a levantar la temperatura, las abejas salen de las colmenas y no paran. La clave es permanecer en forma tranquila para no llamarles la atención. Es que ellas tienen sus objetivos claros: trabajar en conjunto siguiendo los ritmos de la naturaleza para fabricar la miel. Se puede decir que una colmena funciona como una cooperativa que tiene soberanía alimentaria. La apicultura es clave en las economías familiares argentinas. Siguiendo la evolución de la actividad, esta vez El Federal viajó a Doblas, un pueblo del interior pampeano de dos mil habitantes. Gracias al trabajo cooperativista, Doblas se transformó en la Capital Nacional de la Apicultura. Bienvenidos al inspirador mundo de las abejas. 
 
Algo se mueve. Los tres apicultores trabajan sin descanso. Se agachan, retiran los cuadros de los cajones, los revisan, van echando humo para calmar a las abejas. Claudio Fernández (41) es apicultor hace 19 años. Es de Doblas y además tiene camión jaula de hacienda. “Cuando trabajan, las abejas se emputecen”, explica a través de la máscara. Fernández cuenta que come mucha miel y que la que producen en La Pampa, le parece la mejor del mundo porque, al igual que la del Delta del Paraná, la zona está libre de agroquímicos. Se trata de zonas protegidas por su propia naturaleza. Ojalá perduren así para siempre.
En Doblas, el sistema productivo se basa en la trashumancia, que es ir moviendo las colmenas por diferentes zonas para obtener la máxima productividad posible. Las colmenas se transportan en camiones y cada una puede pasar hasta la Etapa 1 que se desarrolla en el Valle de Río Negro. Allí viajan en agosto a desarrollar la colmena porque en invierno la cantidad de abejas se reduce casi a la mitad. Las abejas polinizan el Valle. “Sin abejas no habría fruta”, explican. Es decir que juegan un rol preponderante. Antes de que comiencen las fumigaciones, se trasladan a la Etapa 2, donde llegan grandes y con reservas, esperando que el monte florezca.
La Etapa 2 comienza a mediados de octubre en el monte bajo, al oeste de la provincia. Allí trabaja hoy el equipo de Fernández en la zona de Chacharramendi. Las flores de jarilla, alpataco, algarrobo, chilladoras y caldén, entre otras, proveen el polen para que las abejas empiecen a producir distintos tipos de miel. Los colores de la miel, dependen de las diferentes floraciones. Si todo va bien, a mediados de noviembre comenzarán a cosechar. 
A mediados de diciembre, se trasladan a la Etapa 3, en la pradera de la zona de Doblas (girasol, alfalfa, trébol). La Etapa 4, se da en el sur de la provincia aprovechando la flor amarilla, durante febrero. Los productores de Doblas que realizan todo el periplo tienen más de 700 colmenas cada uno. Fernández es uno de ellos, tiene 800 colmenas. “En la apicultura no te podés dejar de mover nunca. Si te quedás quieto, te comen los piojos”, explica.
 
Hijas de la Naturaleza. Las abejas salen de las colmenas de acuerdo con la temperatura. “Cuando florece, salen a recolectar polen y néctar de las flores. Llegan a volar 3 kilómetros para buscarlo y siempre necesitan tener agua disponible. Las flores de alpataco y algarrobo son bien melíferas”, cuenta Fernández. En este momento, acá se da la flor de piquillín. Los consumidores prefieren la miel clara, aunque este cronista probó mieles oscuras y afirma que son igual de deliciosas. En esta época, las abejas vuelven a la colmena a eso de las 7 de la tarde, después de cumplir las tareas de recolección. Las que salen al campo son las abejas adultas. En la colmena, las abejas nodrizas (las más jóvenes) atienden las crías, ventilan, producen jalea real (alimento para los huevos que serán futuras reinas). La abeja reina pone huevos y las primeras floraciones la incentivan a hacerlo.
En esta época “hay mucha abeja por nacer y se producen desequilibrios por superpoblación”, comenta Fernández. Uno de ellos es “la enjambrazón”, en la que la abeja reina vieja, deja otras por nacer, y abandona la colmena con el 50 por ciento de la población de abejas, para radicarse en la Naturaleza, por ejemplo en un tronco hueco. Uno de los paliativos para evitar la “enjambrazón” es romper celdas, dándoles espacio. Si el apicultor descubre el lugar en el que las abejas enjambraron, vuelve a recuperar las abejas, metiéndolas en un cajón vacío.
La colmena completa pesa unos 60 kilos. “Hombrear” colmenas no es para cualquiera. Tienen dos partes. Abajo, la cámara de cría. Arriba, el alza melaria. En cada parte hay 10 cuadros, que se van poblando de abejas y de miel. En invierno (en la Naturaleza siempre se trata de pasarlo de la mejor manera posible), se dejan 4 cuadros en cada parte, como reserva alimentaria. Para Fernández lo primordial en la apicultura es: evitar la “enjambrazón”; buscar genética que dé abejas reinas grandes, buenas productoras, mansas. Cuenta que en invierno las colmenas se reducen un 50 por ciento, pero apunta a que la reducción sea de un 30. Fernández extrae y comercializa en la Cooperativa de Doblas, la precursora de la apicultura en la zona. La campaña que comienza, celebra la reapertura del mercado estadounidense.
 
La vía cooperativa. La Cooperativa de Agua Potable y Otros Servicios Públicos de Doblas (Cosedo) inició en 1988 un programa para fomentar la apicultura en la zona. Jorge Páez (49), el presidente, es quien recibe y acompaña a El Federal durante la gira. Es un hombre trabajador, que se unió a la Cooperativa a los 23 años. “La sección de apicultura fue un éxito. Hoy tenemos unos 70 apicultores asociados, quienes en años buenos, sacan unos 500 mil kilos de miel, generando para la economía local ingresos por un millón y medio de dólares”, comenta en la planta de extracción.
Aunque “los últimos 5, fueron años de mierda”, explica a su lado Orlando Tapié (61), apicultor (60 colmenas), quien trabaja en la Cooperativa hace 8 años. Le gustan las abejas, la naturaleza y los nietos. “Hace 5 años había en La Pampa 1.200 apicultores registrados… Sobrevivieron la mitad”, comenta triste.
Roberto Frezzi (47) trabaja en la sección hace 20 años. Estima que entre el 10 de noviembre y marzo, van a sacar miel, sin descanso. Las perspectivas para la campaña que comienza son alentadoras. Cuenta que las extractoras funcionan como un secarropas. En cada una de las dos, entran 80 cuadros y se tarda en vaciarlos unos 15 minutos.
El trabajo de la Cooperativa de Doblas llevó a que se denominara a la localidad como la Capital Nacional de la Apicultura. Páez explica que durante todos estos años hubo altibajos y que la principal recomendación es ir “paso a paso”. Cuenta que las exposiciones apícolas referentes del país son: Maciá (Entre Ríos); Río Cuarto (Buenos Aires); Azul (Buenos Aires), y Doblas (La Pampa). En las expoapícolas los productores consiguen las últimas tecnologías, genéticas e insumos. Páez considera que la vía cooperativa es la apropiada: “los esfuerzos individuales no sirven”. Es evidente que los resultados le dan la razón. Ahora Páez sueña con crear aulas virtuales para recibir capacitaciones en distintos temas, incluyendo salud y apicultura, entre otros. “Internet nos acerca al mundo”, reflexiona. Y es cierto, internet es fundamental para la educación del país. 
Edgardo González es otro productor asociado. Cuenta que anda con las abejas desde los 7 años, él era apicultor. Hoy, González trabaja 1.500 colmenas y además tiene un tambo con 120 vacas en ordeñe. Considera que la apicultura depende en un 80 por ciento de las condiciones naturales (en especial climáticas) y un 20 en el manejo (una buena preparación es fundamental). A las abejas hay que cuidarlas de las enfermedades como la varroasis, que “puede exterminar la colmena en poco tiempo”. En definitiva, hay que estarles encima. La apicultura transformó al pueblo de Doblas. Se trata de una actividad noble que favorece a las economías familiares.
 
La familia es lo primero. “La apicultura en la Argentina, Latinoamérica y el Caribe, es una actividad familiar que realiza un importante aporte a la economía social. Además, es una “forma de vida” y “una cuestión cultural”, que tiene como principal objetivo la “reproducción social de la familia en condiciones dignas”. Es una excelente alternativa para pequeños emprendedores”, explica el Ing. Agr. Javier Caporgno, del INTA Ceres, coordinador del Proapi (Proyecto de Equidad).
En la Argentina, la actividad apícola es desarrollada por pequeñas empresas, en su mayoría con un promedio de 150 colmenas. El producto bruto es de $450/colmena/año, que representa un ingreso de $ 67.500/año en cada una de las empresas familiares. En localidades del interior del país (de 3 mil a 5 mil habitantes), se encuentran entre 20 a 50 apicultores, aportando a esas economía regionales un ingreso bruto de entre $ 1.350.000 a 3.375.000 pesos por año, que son gastados en esa misma comunidad. Caporgno explica que en la mayoría de las empresas familiares, los ingresos por la actividad, complementan otros ingresos. Y que en muchos casos, este complemento ha permitido a las familias del interior poder enviar a sus hijos a estudiar, mejorar su calidad de vida, generar una oportunidad laboral.