Lluvia débil
T 27.2° | ST 28° Aeroparque Buenos Aires, Argentina
Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

Pelicurá: los recuerdos, una escuela y el viejo almacén dan vida al pueblo

Fuimos hasta Pelicurá (Buenos Aires), un pueblo de 70 habitantes donde una escuela, en la que concurren ocho alumnos, un antiguo almacén de ramos generales y los recuerdos de quienes viven en este pintoresco rincón del mapa, mantienen vivo "al pueblo mas lindo del mundo"

Por Leandro Vesco

Pelicurá nunca fue un pueblo grande, pero siempre tuvo un corazón inmenso. Siempre fueron pocos los que vivieron en esta desolada pampa atravesada por arroyos, pastizales y parajes que hoy sólo son un recuerdo. Los que tuvieron la suerte de vivir acá, no han necesitado irse. La naturaleza les ha dado todo, paisajes, buenos suelos y esta comunidad ha dado a luz a una identidad fuerte y risueña. Un almacén es el alma de pueblo, que tiene 70 habitantes.

En el campo se hace una broma para los pueblos que son pequeños, se dice que son pueblos de segunda, porque más que ese cambio no necesitas para atravesarlo. Pequeño y pintoresco, así es Pelicurá. La ruta 76, de ripio, es su calle central, estamos en el Partido de Tornquist. Por un lado la estación de tren, en desuso, pero con un galpón que quieren recuperar, y por el otro, “las casas”, como se suele llamar al conjunto urbano. Son pocas pero sólidas, está la escuela 9, el Club Pelicurense, y la gran fachada del almacén de ramos generales de Juan Malcotti. El alma del pueblo está acá, cada tanto, algún catango pasa a los piques levantando una cortina de polvo que se ve desde lejos. Es la mejor manera de saber que viene gente al pueblo.

“Yo nací acá, me crié y hace 66 años que este es mi lugar en el mundo, para mí es el pueblo más lindo de todos, tampoco he salido mucho, pero uno se acostumbra a la soledad, acá no tengo miedo porque no hay nada, pero sí cuando voy a la ciudad”, Raúl Gabella hace 66 años que camina pateando las mismas piedras en las calles de Pelicurá. Está casado con Eva Larralde, “nuestros padres se conocían y nosotros nos veíamos en el pueblo, ella me gustó y estuvimos unos años de novio y nos casamos en la Iglesia de López Lecube, siempre estuvimos juntos”, los recuerdos son la identidad de Pelicurá. Nunca fue un pueblo de más de 100 habitantes, pero en los años en los que el tren pasaba, los latidos del pueblo fueron otros. Los ojos de Raúl miran un pueblo diferente al que veo, hoy vacío y con poco movimiento. Mientras explora las estanterías de su memoria, va reconociendo todos los años con sus días en los que la felicidad dominó la vida en este rincón marginal del mapa bonaerense.

La charla, como todas las charlas, se hacen en el almacén, la importancia social de estos espacios es capital, poder tener un lugar donde acomodar el cuerpo y los pensamientos mantiene vivo al pueblo. El polvo de la ruta reseca la piel, y obliga a aceptar la invitación de una cerveza fresca. “Antes había mucho movimiento social, había bailes todos los meses, venían obras de teatro al Club”, una serena voz, la de Eva, manifiesta alegría por aquellos años cuando el campo estaba repleto de familias, y los bolseros cargaban a hombro limpio los productos del país que se iban con el tren. “Un fin de semana normal comenzaba con un cordero el sábado al mediodía, se juntaba éste y otros pueblos. El vino no faltaba, y era a discreción, los que podían jugaban al futbol, los partidos duraban horas, y después, se organizaban matinés, para bailar”, Raúl la mira a Eva, quien completa: “Imagínese, los muchachos, todos empapados en sudor iban al baile” Pegarse un baño era un lujo que no se tenía. “A veces cruzábamos a un campo y nos mojábamos con el agua de un molino”

Así se formaron todas las parejas que hicieron Pelicurá, El Himalaya o El Cortapié, parajes que hoy ya son sólo ruinas. Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado no hubo luz en el pueblo. “Papá compró un pequeño molino para alimentar la batería para poder ver la televisión. Las noches que peleaba Monzón teníamos que rogar que sople viento para tenerla cargada” De aquellos tiempos Raúl recuerda a los crotos, que bajaban un día del tren y se quedaban sentados apoyados en un árbol sin hacer nada, “se les permitía viajar gratis en el último vagón del tren, pedían yerba, un pedazo de carne, y con eso vivían, eran caminantes de los caminos. Por las noches me acuerdo ver a más de uno hablando solo a la oscuridad” Renegados del sistema, los crotos tenían espacio en los pueblos, no se los juzgaba, los ayudaban y aceptaban.

El almacén siempre fue el corazón del pueblo, Juan Malcotti nació entre las estanterías, la mesa de billar y los bolseros que venían a darse ánimos con una caña. Acá se recibía el correo, estuvo el único teléfono público, los capataces de la estancias le entregaban al padre de Juan el mensual de los empleados y aquí les pagaban los sueldos, a los que necesitaban algún adelanto, acá lo tenían. Los almacenes fueron las primeras cajas de ahorro y casas de crédito del país. “Hace tres meses murió mi padre y me ha tocado seguir la posta. Me gusta estar acá” Todas las tardes, cuatro o cinco fieles clientes pasan a tomar una cerveza y a pasarse los partes con las últimas noticias de la zona. Su hijo y algún amigo, lo acompañan. Estos pueblos, con sus lugares emblemáticos y costumbres, forman parte de un recorrido que tiene el grupo de Turismo Rural El Abrojal de Villa Iris, que busca mostrar y promover la identidad rural.

En el año 1999 la escuela de Pelicurá cerró porque el único alumno que tenía se mudó con su familia a otro pueblo. “Nos unimos todos, y al otro año logramos que la escuela vuelva a abrir” Hoy, 75 años después de su inauguración la Escuela tiene 8 alumnos, una matrícula promisoria para un establecimiento rural. “El año que viene llegan familias nuevas a los campos y a lo mejor tengamos doce alumnos”, se ilusiona Raúl. La esperanza es el mejor abono que alimenta los sueños de Pelicurá, donde la soledad se arrincona en el viejo almacén.

CÓMO LLEGAR: