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Revista el Federal - Turismo - nota

Sabores selváticos

En el corazón misionero, entramos en un mundo gourmet. Además, kilómetro a kilómetro, los puntos por donde pasarán en julio las pruebas del Desafío Litoral 2012, clasificatorias para el Dakar.

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Mango, mburucuyá, mandioca son parte del universo de palabras que identifican cada cabaña en medio de la espesura donde está Tacuapí Lodge, en Aristóbulo del Valle. Pero también son los nombres de fruto típicos de aquí y con lo que cada día surge una receta nueva. Oscar Joaquín es el chef del lugar, pero aquí todos conocen como la palma de sus manos los vericuetos selváticos. Así es como a las 7 AM, con “la fresca” de la mañana, se acerca a la mesa del deck de madera que balconea sobre la selva para anunciar en forma sigilosa: llegaron los monos. A metros nomás, detrás de la recepción del hospedaje, se adivina algo que para el común de los citadinos es complejo de definir. Un revoltijo de hojarascas, gritos y movida a fondo en el follaje de los árboles, algunos de los cuales alcanzan los 20 metros de altura. Aquí la selva se cuida, son cincuenta hectáreas de reserva privada. Y tal como lo dice Oscar, tan sólo acercarse sin hacer ruido por el sendero de entrada al lugar, hay que frenarse y mirar hacia el cielo. El cuello se estira. Casi en contra picada, los ojos tardan en acostumbrar la vista. Y aparece el primero de los monos que vuela, literalmente hablando, cuando se arroja desde la última rama de uno de los árboles hacia el siguiente. Da miedo de que se caiga, pero son diestros, claro, viven aquí.
“Cada tantos días, se los empieza a ver desde lejos, por el movimiento de los árboles -cuenta Oscar y se suma Mónica Soto, quien también despliega su arte en la cocina y en la atención personalizada de la gente que llega al lodge. Y no se trata de un par de monos sino de una manada, son como veinte, de todos los tamaños. Saltan, vuelan, se aferran a una rama y se asoman mirando al “intruso”. Apenas quietos unos segundos, cuando comprueban que “no pasa nada” siguen en la suya, que es comer de todo. Desde frutos de las plantas que crecen en los troncos hasta unos tomates silvestres que también crecen, del tipo “perita” pero más pequeños. De pronto se parecen a una barra de amigos que salen de parranda, o que vuelven del baile. Si no fuera por un pequeñín que cabe entre dos manos, que viene corriendo a campo traviesa, uno creería que son un grupo de adolescentes. Las miradas de los monos impresionan. Son ojos negros, agudos y de mirada que atraviesa al espectador ocasional. Al segundo se distraen entre ellos y se tiran cosas, se enciman, vuelven a cambiar de árbol.
Pero todo pareciera estudiado porque en una diagonal imaginaria trazada por sobre las copas de los árboles, la manada sigue al líder. Todos provienen del mismo lugar y van llegando a las inmediaciones del lodge, por las mismas ramas, exactas, siguiendo la traza. Las mismas lianas, las mismas plantas. Han pasado dos horas y se sienten como si fuera apenas minutos. De vuelta en el deck, el sol brilla más fuerte, y una ardilla, sí, como Chip y Dale, las ardillas de Walt Disney, entra en escena. Parada en sus dos patas traseras tiene agazapado entre sus manitas algo que roe sin parar. Es rapidísima en todos sus movimientos. La cola es peluda y arroja lo que tiene en la mano y parece volar de un punto a otro. Tiene su rutina, cuando trepa por la baranda del deck, que es de troncos, y corre haciendo equilibrio pasando por frente a las mesas del desayuno. La actividad a primera hora es frenética para los animales.
Mientras tanto, la vida en un lodge de la selva para un huésped comienza con la elección de la actividad a desarrollar luego del desayuno. Hasta aquí, para los simples mortales será trepar a una cuatro por cuatro para llegar hasta un sendero en la selva que conduce, caminando, hasta un arroyo que describe una cascada, y allí mismo, en el remanso antes de la caída del agua, será un despliegue de aromas y sabores gourmet en un picnic top, en una roca chata y enorme que permanece sobre el agua. El bosque Atlántico Interior, o este final de selva paranaense como se llama la selva misionera, forma un corredor verde que hoy está en el tapete del mundo entero. Pues desde Misiones, Chaco y hasta Formosa  pasando por Paraguay, será la traza de los 3.287 kilómetros por los que pilotos y equipos del Campeonato Argentino del Rally Cross Country 2012 deberán transitar. Sólo 1.635 son cronometrados. Una competencia histórica dado que el premio es dos inscripciones completas y sin cargo para ser parte del Dakar 2013, la competencia de mayor exigencia del mundo.