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Revista el Federal - Turismo - nota

Saltos, ruinas y playas

El Federal rumbea hacia el Sur, para llegar a la vecina Corrientes. Los Saltos del Moconá, la casa museo de Horacio Quiroga y la  arquitectura jesuítica son clásicos de la zona.

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La diferencia entre las Cataratas del Iguazú y los Saltos del Moconá reside en que las primeras son un gran escalón que alcanza los sesenta metros, como el Obelisco porteño, mientras que los Saltos son 3 mil metros de cascadas de hasta doce metros de altura que se abren en medio del cauce del río Uruguay.
Se trata de un cañón de tres kilómetros de largo que dibuja una caída de agua en forma paralela al mismo cauce que luego retoma. Y si alguien guarda la postal en la memoria, debe saber que hoy el acceso a esta reserva provincial es más cómodo por el asfalto, aunque muchos románticos prefieren la tierra colorada para llegar a estos rincones escondidos en la selva.
Ya el nombre conduce a otras historias. “El que todo lo traga”  significa en lengua guaraní el Gran Salto del Moconá y este accidente geográfico se ve claramente cuando uno se acerca a admirar el paisaje. Aguas arriba es el río Uruguay el que corre y se abre en dos brazos. Uno de ellos acompaña el declive, mientras que el otro se extiende sobre la base rocosa a más altura hasta que se juntan y forman la caída de agua. Este rincón misionero está en el centro este del corredor verde y para llegar tan sólo son ochenta kilómetros desde El Soberbio, transitando por la RP 2.
La Ruta de la Selva que publica “El Federal” llegó al corazón misionero y estos clásicos remixados como el museo de Horacio Quiroga (en San Ignacio), la historia jesuítica con sus ruinas en medio de la espesura verde, invitan a recorrer los clásicos y los nuevos como Santa Anta, ahí nomás de Posadas, la capital misionera, donde el Parque Temático de la Cruz estrenará pronto un cablecarril para llegar a la cima y observar la vista panorámica del manto espeso y verde que dibuja el Bosque Atlántico Interior. A estas alturas, una ecorregión considerada la de mayor diversidad del continente.
De los jesuitas, basta  recordar los doscientos años de evangelización para recorrer los antiguos muros como San Ignacio Miní, que datan de 1610, y Santa Ana, de 1633. Los establecimientos rurales, antiguas estancias también jesuíticas, abren sus tranqueras al turismo y tienen su sello diferencial con respecto a los campos de otros puntos del país. Aquí la tierra colorada y el verde de la selva son inigualables. La exuberancia es la constante. Y siguiendo la ruta hacia el Sur, después de Posadas, tan sólo resta una hora para llegar al primer punto del mapa que entra a territorio correntino.
Para un porteño se descubre un mundo nuevo cuando se arriba a una ciudad que vive de cara al río. Aquí es el Paraná con su fuerza, su caudal, su color intenso marrón rojizo. Y en las playas, de arenas claras, que el sol tiñe de dorado en el atardecer, la costa ofrece sus aguas cristalinas. Una ciudad amable con su naturaleza, su gente, su río. Tanto que han rescatado los frentes de todas las antiguas casonas donde las fachadas datan de la época de su fundación. Y en el Museo Antropológico, en pleno centro, uno puede recorrer cada familia y su casona, y luego verlas cuidadas, con sus ventanas y postigos, las puertas pesadas, las rejas forjadas a mano. A esta ciudad la hacen famosa sus 15 kilómetros de playas que visitan en los fines de semana familias de Posadas.
Hay casino, hotelería y hospedajes que alcanzan a las 2 mil plazas. Los 31 mil habitantes de Ituzaingó ven en cada verano cómo se duplica la población por los visitantes y veraneantes. Y cualquier bañista que está en el río y cualquier vecino que está caminando por el centro le recomienda al visitante que vaya a conocer Yacyretá, la empresa binacional que comparten la Argentina y Paraguay. Hay más, porque en las viejas estancias hoy convertidas en lodges también se descubren parajes imperdibles de acceso a los Esteros del Iberá. La cría de yacarés es otra actividad que se realiza en la región. Y la bebida nacional, el maté, y en su versión fría, el tereré, son aquí más costumbre que beber el agua misma.