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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

Tres Picos, el pueblo serrano de los termosolares

Es el único pueblo del país donde todas las casas tienen termosolares. El Sol le da vida al pueblo. Tres Picos está a los pies del cerro más alto de la provincia de Buenos Aires. Un viejo soguero que se comunica con los animales, una biblioteca que cobra tres pesos por mes por prestar los libros, la huella del arquitecto Salamone y todo el hechizo que traslada el aire frio y silencioso de las sierras bonaerenses. Conocé el pueblo que apostó por el sol.

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Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas

El sol hizo que las facturas de gas no aumentaran en Tres Picos. Las casas del pueblo son lindas y llamativas. Cada una tiene un jardín florido y los fondos dan directamente a las sierras. Graciela Berth, Delegada Municipal, nos espera sin apuro en su lugar de trabajo, nos recibe con amabilidad, nos dice su edad pero parece diez años menor. “Es el viento serrano”, nos explica. Algo de verdad debe tener. Desde que llegamos a Tres Picos nos sentimos más livianos. “Todos los habitantes tienen agua caliente por energía solar. Es el primer pueblo ciento por ciento termosolar”. Graciela señala con orgullo los techos, donde hay un termotanque gigante con una pantalla solar. “No tiene costo de mantenimiento ni consumo. Están todos contentos”.

Este sistema ecológico y de fuerte impacto ambiental, fue inaugurado por el SPAR (Servicio Provincial de Agua Potable y Saneamiento Rural) en abril de 2014. Significó un enorme ahorro y un cambio de vida positivo para los 105 habitantes del pueblo que es un ejemplo de cómo es posible vivir usando los recursos naturales. Graciela comenta que en Tres Picos además hay una ambulancia, sala de primeros auxilios, una vez por semana llegan un odontólogo, un pediatra y un clínico.

“Nosotros acá no contamos las horas, vivimos nomás”. Es la reflexión más verdadera para definir la realidad en la que viven acá. Algo en el aire debe saber a hechizo serrano porque el bienestar se pasea libre en el pueblo en donde la gente parecer tener un tiempo propio. “Estoy casado, pero separado. Me han cambiado por otro”, confiesa Rubén Maccari, sin ningún problema. “Prefiero vivir solo, total tengo a las sierras bien cerca”.

Rubén ha perdido la cuenta de cuántos años tiene, pero recuerda el día en el que nació. Un 12 de Octubre. “Colón me trajo”, bromea. Tiene la vitalidad de un joven y un total control de su campo, además de tener el don de comunicarse con los animales. Hasta las aves parecen oírlo y seguir alguna directiva. En un lenguaje hermético y telúrico, les habla a las ovejas y ellas vienen como si fueran hijas que son llamadas por su padre para oír alguna lección. Dos perros escuderos lo ayudan, pero con un gesto y una orden, corren hacia alguna parte del campo, donde siempre hay tareas por hacer.

Es soguero en sus tiempos de ocio: muestra su taller con obras muy singulares. Mientras trenza el tiento, recuerda los años en donde había 600 habitantes en Tres Picos, el tren era el motor del pueblo, había un hotel y tres almacenes de ramos generales. 

“Acá hay más fauna que gente”. Esa razón que escuchamos ahora fue la que impulsó a un matrimonio de la gran ciudad a comprar una casa en este tranquilo y utópico pueblo salido de una postal alpina que descansa a los pies del cerro más alto de la provincia de Buenos Aires, el legendario Tres Picos, de 1239 metros.

En su valle, este caserío amplio y dilatado, que es dividido por las vías del tren que está en actividad, es una agraciada comunidad en donde es inevitable no sentirse intimidado por la omnipresencia de esos cerros bañados por la luz dorada del atardecer. Tres Picos es un pueblo con espacio, las dimensiones acá son grandes, la calle principal es una avenida interminable a lo que no se le llega a ver el fin, los terrenos ferroviarios que la acompañan parecen una alfombra de césped comestible, la naturaleza tiene una fuerza propia acá.

En el club Sportman se realiza una jineteada una vez por año. Hay una escuela con jardín, primaria y los dos primeros años de la secundaria, y un transporte escolar gratuito los lleva a los jóvenes a Tornquist todos los días para continuar sus estudios. En Tres Picos hay tres negocios que proveen de todo aquello que una persona necesita para vivir. “No tenemos por qué salir”, lo dice sólo para asegurarnos de que acaso sea este pueblo una comunidad perfecta.

Es imposible dejar de ver las sierras, con su ondulante encanto, y también, más allá de las vías del tren, el fondo de la provincia, donde la llanura patagónica se avecina y asume su inmenso dominio.

Graciela nos muestra la biblioteca del pueblo, que funciona en la hermosa estación de tren. Se trata de un espacio inmaculado, con tecnología de última generación, libros modernos que son usados por los habitantes. “Cobramos un peso por mes, y se pueden llevar los libros a su casa”. La blancura de los estantes y de las paredes fascina, el sol, y su último haz de luz, brindan un tono de quimera.

Al lado funciona elmuseo. Salimos al andén, el aire puro baja de las sierras, tonificando la vida. Sentimos que será difícil salir de Tres Picos sin reconocer que hemos estado en un pueblo único en donde todos quisiéramos vivir. “Quedan pocos terrenos, todos quieren venir”, advierte Graciela que nos acompaña hasta la Delegación que tiene un diseño muy particular.

Antes de irnos nos un cuenta un secreto. “Revisando papeles encontré los planos originales. Es de Salamone” Se trata del edificio municipal más pequeño que creó el genial arquitecto de las pampas. Tres Picos lo tiene todo, podría separarse del mundo y no sufrir consecuencias, excepto nuestra desolación por no tenerlo más entre nosotros. Es el pueblo perfecto.

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