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Revista el Federal - Viajes - nota

Trevelín, el pueblo de los tulipanes

A 40 kilómetros de Esquel (Chubut) se sitúa Trevelín, Pueblo de Molinos, un idílico poblado rodeado de bosques, praderas que son humedecidas por ríos de aguas cristalinas. Fundado por galeses, su presencia se hace visible hasta nuestros días. Desde 1997 se siembran tulipanes que adornan el valle con colores maravillosos. ¿Querés conocer un lugar mágico? Te lo mostramos.

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Por Leandro Vesco

Trevelín en el año 1902 tuvo que decidir si quería pertenecer a Argentina o a Chile, los galeses, que llegaron a aquí a fines del siglo XIX, agradecidos por la tierra que les dio un lugar para trabajar, eligieron ser parte de nuestro país. El empecinamiento de esta colonia de laboriosos galeses hoy tiene sus frutos: el valle 16 de octubre, donde se asienta este pueblo paradisíaco se enorgullece de tener el paisaje más colorido del país: una alfombra de tulipanes florece en estos días volviendo a la comarca un lugar donde los sentidos se pierden en una visión idílica.

Pueblo de Molinos, significa Trevelín. Está a 40 kilómetros de Esquel, donde se prefigura la belleza de la cordillera de los Patagónides. No hay término medio acá, los hacedores del mundo convocaron a los mejores artistas para crear uno de los lugares más lindos de este planeta. El valle se interrumpe por los cauces de ríos de aguas mansas y frescas, cristalinas y nutritivas, las corrientes de los ríos Corinto, Nahuel Pan y Nant y Fall humedecen las tierras, a un costado de ellos, y sobre las praderas de verde pastura sobresalen los perennes árboles, encontramos raulíes, lengas, coihues, ñirés, lipaín o ciprés patagónico, gigantescos lahuanes o alerces patagónicos.

El paisaje así se hace prodigioso, los senderos se pierden en el sotobosque. Entrar en él es como caminar en un mundo de silencios habitados por los sonidos naturales que traslada la brisa que alimenta los sentidos con aromas frutales, frutillas, zarzaparrillas, calafates y setas crecen en este jardín en el que los galeses pensaron un pueblo que hoy tiene a 8000 habitantes que viven dentro de la naturaleza, con calles repletas de rosedales y donde las construcciones recuerdan aún la arquitectura de aquellos años en donde estos colonos llegaron hasta aquí para trabajar. No hay forma de escapar a la magia de Trevelín, pueblo florecido, perfumado, pueblo del té y de los tulipanes.

Los galeses le imprimieron una identidad que aún hoy, a más de cien años de su llegada se puede ver y sentir en Trevelín. La historia cuenta que en 1885 llegaron con rifleros de Chubut los primeros galeses para trabajar la tierra, en 1902 la comunidad en Escuela Nacional Nº 18 de Río Corintos decidieron permanecer en el mapa argentino y en 1918 John Daniel Evans inauguró el primer molino bajo el nombre de Molino Harinero de la Compañía Andes para moler trigo, tan fértil fue la tierra que se convirtió en el molino más importante de la región, dando nombre además al pueblo. Al poco tiempo, tres colonos donaron tierras para hacer formalmente un poblado, dando origen a Trevelín. La naturaleza, hizo todo lo demás.

En comunión con el medio ambiente, el pueblo en sí mismo es un destino único. Cabañas y pequeñas hosterías se prestan para recibir al visitante que puede elegir por quedarse para disfrutar de las casas de té y de la paz de la villa o hacer ecoturismo para aventurarse por los múltiples circuitos que llevan hasta el corazón mismo del bosque o la cordillera.

A la perfecta visión de esta postal habitada, que es Trevelín, desde 1997 se le sumó el colorido de los tulipanes. En aquel año la finca “Plantas del sur” comenzó a sembrar tulipanes con semillas que trajeron desde Holanda, principal productor de estas flores que según dicen tienen origen en el Edén. “En nuestra chacra tenemos 27 variedades de tulipanes que dan un marco colorido al paisaje patagónico: rojos, amarillos, blancos, violetas, de doble flor, aunque el tulipán de flor negra es una de las características de nuestra producción”, cuenta Juan Carlos Ledesma, propietario de este emprendimiento que hoy exporta tulipanes hacia todo el mundo. El proceso se resume así, en mayo se hace la siembra y la floración se produce en octubre hasta la primera quincena de noviembre, donde se cortan los tulipanes para que la planta concentre toda su fuerza en el bulbo que es cosechado en enero.

El aroma de estos tulipanes y su floración hacen que el valle de Trevelín se convierta en una inmensa obra pictórica que se puede tocar, caminar y sentir. El show es natural y simple: sólo hay que caminar por entre los pétalos y abrir los sentidos para dejar entrar al silencio que huele a néctar y a mancias minerales.