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Revista el Federal - Actualidad Federal - nota

Una maestra rural intoxicada y su solitaria lucha para que paren de fumigar

El lobby pudo más que el cuidado de la salud. En el año 2012 una maestra rural de un paraje cercano a Gualeguaychú denunció a un propietario de un campo vecino a la escuela que estaba fumigando con agrotóxicos. Ella tiene aún secuelas por la ingesta involuntaria de clorpirifós, un pesticida de alta toxicidad. Conocé la lucha solitaria de esta mestra rural contra los agroquímicos. 

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Por Leandro Vesco
 
Estela Lemes es una docente de una escuela rural en el Departamento Gualeguaychú que en 2012 había denunciado penalmente al propietario de un campo lindero a la escuela Nº 66 Bartolito Mitre, ubicada en la costa Uruguay sur, por las permanentes fumigaciones que vienen afectando al establecimiento en época de clases a más de 80 alumnos.
 
En diálogo con El Federal, nos cuenta emocionada: “En el año 2010 me entregaron el Premio Abanderada de la Argentina Solidaria y ahora soy noticia por esto, me pone triste” Estela se enfrenta sola con la poderosa ingenieria con la que se manejan impunemente los productores que rocían con su lluvia tóxica los campos cercanos a las escuelas rurales. Su solitaria lucha es también un ejemplo de perseverancia contra los que no defienden la vida, en su caso hay un entramado de miedos e irregularidades. “Hay mucho miedo entre los padres de los alumnos, muchos de ellos trabajan en los campos donde se fumigan y no quieren hablar” 
 
La historia comienza así, Estela recuerda como si fuera hoy aquella primavera del año 2012 cuando la avioneta comenzó su lluvia de contaminación a pocos metros de la Escuela. Los productos químicos dejaron serias secuelas en la maestra. No solo sufrió los síntomas característicos que generan los agrotóxicos, tales como irritación en la piel y problemas en la piel, sino que el veneno ingresó a su sangre. En enero de este año, se confirmó la peor: un estudio bioquímico realizado por el Instituto de Análisis Fares Taie, que funciona en la ciudad de Mar del Plata, reveló la presencia clorpirifos etil en su cuerpo, un insecticida que se utiliza para controlar las plagas de insectos y que es altamente tóxico. 
 
Los culpables de su estado de salud tienen nombre y apellido. “Los herederos del campo son Paula Rippa y su hermano, el arrendatario es el Sr. Tronco y el aplicador  el Sr. Reverdito, todos estos últimos de la ciudad de Larroque” 
 

A pesar de su compromiso con la lucha en defensa del medio ambiente y por mejorar la calidad educativa de sus alumnos, Estela siente que la Justicia no la acompaña en la misma medida. Es que hace pocos días se enteró en una visita al Juzgado de Gualeguaychú que la Unidad Fiscal para la Investigación de Delitos Contra el Medio Ambiente (UFIMA) había “desestimado” su denuncia de 2012. “El documento sostiene que fumigaron con otro producto, que no se trataría de un insecticida, entonces sería imposible que yo tenga el insecticida en sangre. ¿Pero, qué pasa? Cuando la Ufima vino a hacer el control a la zona fumigada ya había pasado más de un mes, estuvieron con el aplicador, pero el productor no le va a decir a ciencia cierta con qué fumigó”, expresa con inobjetable lógica Estela.

De allí en más, a medida que su denuncia se hacía pública, comenzó una campaña para descreditar no sólo los dichos de la maestra sino su trabajo. “La señora Rippa respondio a mi carta documento negando que yo viviera en la escuela. Cuando en realidad yo viví por 12 años!”, expresa indignada. Sus wwwigos lamentablemente prefieren enmudecer. El miedo a las represalias o a la pérdida de trabajo por apoyar a Estela Lemes es grande en la zona

Otra de las cuestiones con las que discrepa la maestra es lo que el dictamen sostiene sobre la distancia de fumigación: según la Ufima el parámetro que utilizaron los aplicadores para fumigar “estaba bien”, una afirmación que rechaza Lemes porque “el viento soplaba para el lado de la escuela

En estos días se está preparando para un nuevo análisis, el 11 de enero se va a Mar del Plata nuevamente. Los costos del viaje y del análisis los cubre ella. Cuando le preguntamos sobre el presente de la Escuela y si habían vuelto a fumigar, Estela nos respondió. “El 5 de Febrero del 2015 volvieron a fumigar en la Escuela. Y tengo un video de 2010 cuando con una avioneta fumigaron por arriba de la escuela”, reconoce con fortaleza esta maestra que se ha convertido en un ejemplo de lucha contra los fumigaciones sin control.

Sin embargo, su lucha tiene momentos de tristeza y le espera un largo camino. Reconoce que sufrió cuando supo que la causa “había sido cerrada por falta de pruebas. Cuando pedí una copia del expediente, al final del mismo, había una foja que pertenecía a otra causa. Una desprolijidad total”.

En 2010 ingresaron 8.650.000 de litros/kilos de este tóxico, un incremento de más del cien por ciento con respecto a 2006. Estas cifras provienen del sitio web del Servicio Nacional de Sanidad Agroalimentaria (Senasa)”, consigna el informe. Así acota que, al dividir la cantidad de clorpirifós importada en 2010 por su dosis letal 50 extrapolada a seres humanos, surge que son 2.633.500.635 las dosis, es decir, más de 60 veces la población de Argentina.

El Clorpirifós es un insecticida (se utiliza para controlar las plagas de insectos) organofosforado cristalino que inhibe la acetilcolinesterasa causando envenenamiento por colapso del sistema nervioso del insecto. Se le conoce por muchos nombres comerciales. El clorpirifos es tóxico y la exposición crónica se ha relacionado con efectos neurológicos, trastornos del desarrollo y trastornos autoinmunes. No es muy soluble en agua, de manera que generalmente se mezcla con líquidos aceitosos antes de aplicarse a cosechas o a animales. También se puede aplicar a cosechas en forma de cápsulas.

El médico pediatra y neonatólogo Medardo Avila Vázquez, coordinador Médicos de Pueblos Fumigados, quien pone la firma en un informe, que revela datos inquietantes. Así, al dar cuenta de la masividad del uso de de esta clase de insecticidas, cita las cifras de importación anual de clorpirifós a través de la Aduana de Buenos Aires.

Se importa cada año una cantidad suficiente como para eliminar a Argentina del planeta si cada habitante se expone directamente al mismo. Estas cantidades circulan por nuestras rutas, se almacenan en lugares que no conocemos, quizás en centros urbanos, se fraccionan e incorporan a formulaciones varias en establecimientos a lo largo y a lo ancho del país y luego se distribuyen y dispersan en el ambiente por aplicaciones terrestres y aéreas”, advierte.

Al respecto también agrega que “existen como residuos en los alimentos y en el agua al contaminar vegetales, peces, aves y demás animales que se consumen en las mesas de los argentinos”.

Estela Lemes mientras tanto clama por justicia y para que se detengan las fumigaciones sin control, y sueña con escuelas rurales que no tengan que soportar vivir entre vientos venenosos. “Sufro problemas respiratorios, perdida de equilibrio recurrente y dolores musculares en brazos y piernas” admite esta maestra infectada con Clorpirifós. Tiene esperanza en su viaje a Mar del Plata, donde se hará un nuevo estudio. Necesita juntar pruebas para que le paguen un tratamiento. “Nadie cubre mis estudios y mi ART no lo considera enfermedad de riesgo de trabajo”, de lograr esto último, su caso sentaría jurisprudencia a nivel mundial sobre los riesgos de trabajar alrededor de campos que son rociados con agrotóxicos.

Estela Lemes, la maestra rural que defiende la vida en las escuelas de campo: