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Revista el Federal - Mi Pueblo - nota

Villa Cacique, tierra de soñadores y frambuesas

Villa Cacique es una pueblo serrano hermoso del Partido de Benito Juárez, en la Provincia de Buenos Aires. Sus tierras, legendarias por su fertilidad, hacen crecer las mejores frambuesas de la provincia. Una fábrica es el alma del pueblo que acuna a solitarios, soñadores y seres bondados que han tenido la oportunidad de hacer una nueva vida. Conocé este pueblo de calles tranquilas que descansa entre cerros y un cielo estrellado sin igual.

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Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas

Desde lejos se van los cerros por la ruta 74, apenas ondulados y rocosos. Como si los hubieran lijados, sus cimas parecen cortadas por un cuchillo natural, la entrada a la comarca es humilde pero prometedora, valles amarillos contrastan con alfombras de pastizales verdes. A medida que nos metemos tierra adentro, aquellos cerros se acercan. Uno en particular atrae la atención, se lo conoce como El Sombrerito y no pudieron haber hallado mejor nombre.

El verdor domina el camino, como una alfombra, no hay árboles, sólo un manto de fresco y fértil pasto. Lejos ya de la ruta provincial, la soledad del lugar se siente, estamos alejados y en un tiempo mejor. Tras varios kilómetros se ve la primera población, Barker y como si fuera un barrio de esta, Villa Cacique, menos agraciada. Son dos pueblos unidos pero con diferencias. El primero es el poblado original, el segundo un satélite de la plata de Loma Negra, con sueños emancipadores.

Pedro, como muchos de Villa Cacique, no es oriundo, han dejado un pasado en la urbe y esta incomunicación natural le ha dado una nueva oportunidad en la vida. Ha separado su casa y hospeda gente. Es servicial y trabaja en el campo, nos cuenta que están comenzando a cosechar lo que será la primera generación de uvas para hacer vino. Están esperanzados. La aldea es conocida por sus frambuesas, los primeros días de febrero se hace la Fiesta Provincial de esta fruta, y sobre ella gira todo. “Pero el vino promete, hay que ver cómo nos sale” Pedro nos cuenta un poco qué es Villa Cacique. “Es un rejunte de gente que ha venido a trabajar a una planta y muchos hacemos lo que podemos para sobrevivir” Las calles no son aconsejables para andar en bicicletas, altas y frecuentes, las subidas son pronunciadas. No hay un aparente orden. Hay un supermercado, un par de kioskos y algunas panaderías, Villa Cacique es ideal para caminarla. Hay niños jugando a la pelota en las calles. Como un telón de fondo ideal, los cerros contienen a este barrio serrano con pretensión de pueblo.

“La Cueva del Grone” es la única posibilidad de comer cuando cae el sol. Ariel Benavidez está alunado, tiene una pelea con el intendente. Le dieron la concesión del único hotel y luego se lo clausuró, ha perdido dinero y ganas, está cansado y tiene una visión oscura de la realidad. Publicitan la Villa como si fuera un paraíso, pero no hay nada que hacer, nos dice mientras cuenta intimidades que huelen a corrupción. La planta emplea a 500 personas y es el eje absoluto de la vida en la Villa. Insistimos en la belleza natural del lugar, “Viene gente de todas partes para hacer alpinismo y recorrer los cerros, pero no tienen hotel, ni ningún lugar de esparcimiento” Vemos que no sacaremos nada bueno con Ariel, nos vamos. No nos quiere cobrar, insistimos, y la empleada, muy a pesar de su jefe, nos cobra.

Por la mañana conocemos otra realidad. Vamos a ver una plantación de Frambuesa. Nos atienden sus dueños, una pareja de soñadores. Sandra y Carlos, alquilan una parcela de 5 hectáreas en donde se tiene la sensación de que si uno tira un botón, al día siguiente crece un árbol de botones jugosos y con varios agujeros. Todo acá es fertilidad y frescor. Siembran frambuesa, frutilla y zarzamora, recorremos la plantación. La recolección la hacen a mano, en familia. Carnosas y rojas se amontonan en recipientes, sacan alrededor de seis kilos por día. Carlos tiene dos hectáreas grabadas por un sueño: realizar un viñedo. Nos llevan a conocer la cámara y las instalaciones. Hacen licor y dulces. Nos explican que la frambuesa es una fruta muy sensible. Es necesario saber que cualquier golpe, por mínimo que sea, la daña. No se pueden lavar. “Es como tratar con un bebé, tenes que agarrar cada una como si fuera la única en el mundo”, en el recorrido nos dan para probar estas frutas que fueron creadas por algún dios goloso y mañero. Son deliciosas. Trabajan todo el día, en ellos vemos reflejado el don del visionario. “La próxima vez ya tendremos vino para probar”, así será seguramente.

Hay un único bar en Villa Cacique, nos habían advertido que a su dueño no le gustan las visitas ni los turistas. Entramos y el asombro nos golpea en forma insospechada. No hay un solo rincón en las paredes vacío, infinitas y surreales, las estanterías están repletas de frascos, piedras, lanzas, y elementos de este y de otros mundos. Detrás del mostrador aparece sentado en una silla de ruedas Omar Lescano con una sonrisa que no encaja con su rostro. “Hace 60 años y nueve meses que estoy en el negocio. Que nadie me interrumpa porque voy a mentir” nos hace una recorrida por su mundo. “Tengo ciertas porquerías guardadas” Hay yararás y animales extraños dentro de frascos, un meteorito, flechas y bolas de indios, morteros y rifles de la conquista del desierto, radios, botellas de años ha, fetiches de antiguos caciques de la zona, dentaduras de tiburón, reptiles, y mutaciones orgánicas, tubos de ensayo y libros incunables, y en un rincón uno de sus elementos más raros: un bidón de cobre con una esvástica. “Perteneció al Granf Speef” Omar nos envuelve con mil historias de aparecidos, de legendarios indios que asolaron la región y de leyendas, todo lo que conserva tiene detrás una historia que a su vez deriva en otras. Se tiene la sensación de que allí existen cosas que aún no se han clasificados en ningún manual. “Quieren que les enseñe cómo robé este pedazo de madera petrificada?” Dejamos el Bar El Cacique. No hay dos lugares en el mundo así.

Soñadores, solitarios, almas que se hallan perdidas, trabajadores que anhelan un cambio, montañas que esconden secretos. Seres que se han reencontrado, como el caso de Daniel Verón, un excombatiente de Malvinas que gracias a una carta enviada por una niña de Villa Cacique, volvió de la Isla con vida y ahora vive aquí, una nueva vida. Tierra fértil y una belleza que trasciende y cambia con cada haz de luz solar o caricia plateada lunar. Esta comarca huele a un plus ultra serrano, Villa Cacique es una isla rodeada de un mar de cerros y frambuesas.

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