Textos y fotos Verónica Bellomo

La mañana del 3 de junio de 1982, dos meses después de empezada la guerra, llegó el pedido de instrumentadoras quirúrgicas para Puerto Argentino. La orden era apremiante. Había que acelerar el trabajo de los médicos en las operaciones para atender a los heridos que aumentaban junto con los ataques. “Mañana a las 6 salimos”, fueron las palabras resonantes del ofi- cial que pronunció la noticia de aceptación a las jóvenes voluntarias. De una lista de 20 inscriptas quedaron seis: María Marta Leme, Susana Masa, Cecilia Richieri, María Angélica Sendes, Norma Navarro y Silvia Barrera. Desde entonces fueron para la historia las únicas mujeres que participaron en la guerra de las Malvinas.

Las seis jóvenes voluntarias argentinas dejaron atrás el mito que vincula la presencia de las mujeres en los buques con la mala suerte. Desafiaron el mal augurio embarcándose en el buque hospital Almirante Irízar durante la guerra de Malvinas, en 1982. Con una bolsa de un metro de alto, con la ropa enrollada de todos lados y borceguíes talle 40 -el tamaño del soldado más chico-, las recibieron en el buque los ojos asombrados de tenientes, oficiales, suboficiales, soldados, médicos y del comandante; más de mil hombres estaban a bordo el día de su llegada. La sorpresa tenía una explicación: la presencia de mujeres en el ejército hasta el 1982 era impensada. Recién a finales de ese año salió la primera camada de mujeres con carrera de grado militar. Por eso, como personal civil pero bajo la supervisión del ejército, las jóvenes fueron a Malvinas.

Sin pensarlo dos veces y a los apuros, Silvia Barrera, que en ese entonces tenia 22 años, fue a su casa para preparar las valijas y avisar a su familia que se iba a la guerra. Antes, su gen femenino afloró. Pasó por la peluquería a cortase el pelo; pensaba evitar la pérdida de tiempo en arreglos y espejos en la guerra. Desde ese día jamás volvió a tenerlo largo. Su padre, un suboficial retirado, padre de dos hijas mujeres, no dudó en apoyarla en su decisión.

Susana Masa dice que sintió el “llamado de la patria” y no dudó en partir a Malvinas aunque Paola, su hija de 9 años, debió quedarse a cargo de familiares. “La Nación me necesitaba”, pensó entonces y reafirma ahora. Guiada por su idealismo y sus ganas de ayudar, María Marta Leme había tomado la decisión de viajar a Malvinas cuando comenzó la guerra. Sólo faltaba la oportunidad. Cuando la oportunidad llegó, dejó de lado los miedos, los propios y los de su familia, y se embarcó en el avión de Aerolíneas Argentinas que aterrizaría en Río Gallegos para ser trasladada a Punta Quilla y luego al Irízar junto con sus cinco compañeras.

Bajar a Malvinas

Atadas a la mesa de operación con vendas y gasas para conseguir estabilidad por el movimiento producido por el viento y el mar, trabajaron junto con médicos que no conocían, algo poco usual en la relación que siempre deben tener instrumentistas con médicos. Para Silvia, los doctores y las instrumentadoras son como las parejas de baile: “Cuanto más te conoces, mejor bailás”, sintetiza. Es que, como en ningún otro ámbito, formar un equipo entre quienes hacen ese trabajo es primordial.

Por el arrojo de haber ido, las seis jóvenes tuvieron el reconocimiento de la Armada ante las autoridades del Ejército en 1983 “(…) la presencia de personal femenino calificado aumentó la eficiencia de los equipos, quirúrgicos disminuyendo el tiempo requerido para cada intervención, como asimismo redundó su accionar en el ánimo de los heridos (…)”, dice el texto, que aunque inundado de formalidad, da cuenta de la labor de las mujeres.

Los recuerdos están en el alma, pero se atesoran también en objetos palpables. Silvia guarda la fotocopia de la carta que escribió el comandante. María Marta recuerda la emoción que sintió cuando un soldado herido que asistió en el buque preguntó por ella en el Hospital de Comodoro Rivadavia, una vez terminada la guerra. Cinco años después recibió de otro soldado la invitación a su casamiento. “Esos gestos me hicieron sentir que ayudé, que hice lo que tenía que hacer porque siempre te quedan cosas en el tintero. Nuestro objetivo era bajar a Malvinas y no lo cumplimos”.

La utilidad que brindaron en la tarea médica por la que fueron convocadas les da orgullo y satisfacción pero el impedimento de bajar hasta el hospital de Puerto Argentino por un “cese de fuego inminente” les dejó esa amarga sensación de que podrían haber hecho más.

Volver a las islas

Los recuerdos de los largos días y noches de trabajo en el buque son recuerdos latentes en sus vidas. No necesitan del almanaque para tenerlos en el día a día. Cada vez que Susana escucha fuegos artificiales y cohetes en las fiestas se acuerda de los estruendos de ataques que se oían desde el buque hospital. Silvia, con hijos varones, fanáticos de la diversión con petardos, se acostumbró a los sonidos y ya no le causan angustia. María Marta recuerda que durante la guerra se sintió tan contenida que aunque los miedos aparecían una y otra vez su confianza en el ejército hacía que desaparezcan.

Actualmente las tres instrumentadoras trabajan en el hospital Militar. María Marta y Silvia en proctología y Susana en el área cardiovascular. La otra mitad se desempeña en Campo de Mayo y en el Hospital Garrahan. Están inscriptas en la Asociación de Veteranos de Guerra de Malvinas (Aveguema), y aunque entre ellas no comparten el mismo espacio, ni se ven cotidianamente, la experiencia las mantiene en lazo como con cualquier ex combatiente. “Aunque no nos hayamos visto, allá nos sentimos unidos por lo vivido. Es inmediata la conexión que se genera entre nosotros”, dice Susana.

Coinciden en que volver a la islas Malvinas en situación de paz es uno de los anhelos de las veteranas pero no lo ven posible a corto plazo porque los permisos son sólo para familiares de ex combatientes. Quizás porque son mujeres, porque son pocas o porque no tienen grado militar, las veteranas sienten que pasan inadvertidas cuando en las formaciones del hospital quedan últimas o recuerdan que en el desfile del acto aniversario de los 25 años del desembarco de las tropas en el archipiélago, Silvia y Susana escuchaban que muchos se preguntaban quiénes eran. Oían en silencio sin saber que habían sido las únicas mujeres de la contienda bélica, las heroicas chicas de la guerra.