No se puede hablar de Abel Pintos sin algunos aspectos que rodean su carrera artística: su independencia musical-compositiva, la cantidad de discos vendidos en los últimos años, sus raíces folklóricas y la conmoción que causa en cada festival donde canta. Desde el momento en que el joven editó Sentidos, un disco donde por primera vez ofreció canciones propias entre algunas de otros autores, se supo que el chico tenía una veta poética que pronto lo llevaría a otros lugares: a sacar un disco como La Llave en 2007, donde empezó a cruzar las fronteras del género folklórico en el cual se crio su voz que, en su primer trabajo, se presentaba con colores parecidos a su ídola de entonces: Mercedes Sosa.

 

Pero fue más adelante cuando el oriundo de Ingeniero White se instaló en las radios que antes no conocían sus canciones: Reevolución (2010) fue su disco insignia, el trabajo que lo puso en la consideración popular y también le hizo ganarse el respeto de sus colegas.

 

Con Sueño Dorado (2012, disco más DVD), su disco más vendido hasta este último, pareció cumplir con quienes no conocían su discografía: comprimió su carrera en 12 canciones, aunque las pasó por el tamiz electrónico. Por él logró el premio Carlos Gardel de oro, el primer artista de raíz folklórica en conseguir ese logro.

 

Ese mismo camino, que respira en un pop que ya es su marca registrada, con algunos giros a la balada romántica, con una temática parecida a los últimos discos–apoyada en la “canción de amor”- y algunos llamativos grises poéticos que en otros discos resultaba arrollador, editó hace dos meses Abel (Sony Music), que amenaza con ser su disco más vendido: lleva triple platino, tiene récod de descargas en iTunes y parece mostrar un momento bisagra en el camino de Pintos.

 

Con Abel (13 canciones, todas propias en letra, con la música compartida con diferentes autores) corta tres años sin canciones nuevas y parece haber encontrado un modo de cantar que le cuadra perfecto a su voz. Su música es un modo de crear climas más que una preocupación por usar a la canción como un wwwimonio para dejar sentado lo que pasa en su tiempo y en su espacio.

 

Con esos elementos distintivos, Abel delinea un disco más introspectivo que los anteriores, pues las letras salen del ejercicio escarbar en sus adentros más que del ejercicio de mirar por la ventana de la vida.

 

Algunas canciones (Aquí te espero, Ya estuve aquí) que ya empezaron a rotar por las radios amenazan con convertirse en las más escuchadas del verano en FM. Y otras de corte más festivaleros (como Motivos), una especie que no abunda en este disco.

      

Quienes escucharon a Pintos desde que reía en la tapa de su primer disco, le pueden reprochar cierta lejanía con el folklore, aunque él nunca haya sido un folklorista, sino más bien un artista que partía de los géneros populares para imprimirle a zambas y chacareras un aire propio.

 

En la certeza de haber encontrado canciones con estribillos pegadizos, construidas sobre letras que cuentan paisajes interiores, Abel Pintos se prepara para presentar esta nueva estación en un camino musical que no parece tener estación de llegada.