Es el 501 de la calle Avellaneda, en la esquina con Emilio Zolá. Es una casa de estilo inglés ubicada en un barrio tranquilo que uno trata de imaginarse cómo era en 1932, el año en que Ernesto Guevara empezó a vivir en esta cordobesa Alta Gracia. Eran los tiempos en que la barba no le adornaba la estirpe guerrillera y soñadora que hubo de colocarlo en la cumbre de la consideración mundial tras el triunfo en la Revolución Cubana.

En esta ciudad, distante a 36 kilómetros de Córdoba capital, es donde está su patria: la infancia de Ernestito. El día que puso un cajón sobre otro convencido de que así podía llegar al cielo, las tardes jugando con amigos en el fondo de su casa, los días en que despuntaba el golf, intentaba con el rugby y jugaba al fútbol.

Acá, en la Alta Gracia de su infancia, fue el Pelado, antes de ser Chancho y Fuser. Y mucho antes de ser “El Che”. Aquí están las escuelas San Martín y Manuel Solares, donde se estrenó en 1938, la Santiago de Liniers, donde superó el séptimo grado. Después tuvo que viajar al colegio Deán Funes de la ciudad de Córdoba, cada día, para hacer el secundario. Aquí está su casa, que desde hace 11 años es un museo.

La casa está intacta en su estructura, conserva las habitaciones, los pisos que caminó Ernestito. Y las paredes. En la sala 3 llamada como la mamá, Celia de la Serna, empieza el camino cronológico. En una foto, en su Rosario natal, tiene la mirada sagaz que años después, cuando le crezca la barba, inmortalizaría el fotógrafo Korda.

En uno de esos lugares –el hotel La Gruta- donde la familia se aloja por primera vez, se produce el milagro: los aires de Alta Gracia le traen buenas noticias a su asma. Ernestito corre, anda los senderos a pie, come lo que quiere, se baña en el arroyito que está al borde de las sierras chicas. Parece haber olvidado el primer ataque de asma, el 2 de mayo de 1930 en el Club Náutico de San Isidro.

Tan adentro de Guevara está Alta Gracia que a su segundo viaje por América parte de Retiro, en tren, con Carlos “Calica” Ferrer, amigo de la infancia altagraciense. Se encuentran en La Quiaca con Dante Vidosa, otro amigo de la ciudad cordobesa. El resto es conocido: anda el continente y llega a México, donde conoce a un señor llamado Fidel Castro.    

En el museo del Che se ve que no era un alumno aplicado, pero sí un ávido lector gracias al impulso de la familia. Tenía el pelo cortado al ras, un mechón que le caía en los ojos, el pecho inflado por el asma. Era retacón pero vigoroso. Sus amigos lo recuerdan “calentón” en sus días de arquero de Defensores del Alto, en las tardes tratando de hacer trotar a los burros.      

En casi todas las fotos tiene la mirada firme; sólo en una luce fastidiado: la familia posa en la piscina del Sierras Hotel. Visten todos con ropas de baño, pero Ernestito tiene el cuello apretado por el botón de una camisa. Frunce el ceño, acaso disgustado.

“Permanentemente vienen extranjeros: europeos, muchos americanos, sobre todo colombianos y brasileños. Pero viene gente de todo el mundo, por eso queremos hacer los textos en inglés y francés”, dice Valentina Gigena, de la secretaría de Educación y Cultura de la Municipalidad de Alta Gracia.

Con Alta Gracia en el corazón

En más de una década, los Guevara vivieron en varios lugares de Alta Gracia: Villa Chichita (frente al museo), Fuentes Pondal, el chalet de Forte y el chalet de Jacques. Pero es esta casa llamada Villa Nydia la que ha quedado en la memoria colectiva como “la casa del Che”.

Antes, la familia Guevara Lynch había estado en la ciudad de Córdoba: vivieron en un hotel y en el barrio Argüello. Después de irse de Alta Gracia tras casi 11 años, en 1943, volverían a la capital de La Docta para vivir en el barrio Nueva Córdoba. Allí se quedarían hasta finales de 1946, mientras en el país florecía el primer peronismo. Un año después, Ernesto volvió a Buenos Aires para estudiar medicina.

Lo que sigue es meteórico. Guevara monta una bicicleta de carrera, le adapta un motor Micrón de 50 cc y se lanza al país: anda 4500 kilómetros y pasa por 12 provincias argentinas. Se queda un largo período en Córdoba, sobre todo en San Francisco de Chañar, donde recala en un leprosario en el que trabajaba un amigo entrañable: Alberto Granado, con quien 21 meses más tarde – a fines de 1951- andaría la América profunda en “La Poderosa”, una Norton 500 cilindradas que también está en el museo.

La travesía se trunca porque moto queda en Chile, rota, pero a Guevara no lo detiene un motor en mal estado. Van a Perú, viven en un leprosario de San Pablo, en Brasil, arman la balsa Mambo-Tango, para internarse en el Amazonas. Así llegan a Caracas, Venezuela, donde Granado se queda trabajando como médico y Guevara empieza a meterse en un hueco de la historia: llega a Miami, pero sabe que tiene que volver al país para terminar su carrera: rinde 14 materias en un año para ser, el 11 de abril de 1953, el doctor Guevara.

Ese camino está reflejado en el museo. En la sala 5 Ernesto empieza a ser El Che: cruza América con Alberto Granado, con quien partió el 29 de diciembre de 1951, ocho años y dos días antes que el mundo supiera que iba a ser uno de los 82 tripulantes del Granma. 
Pero es en la sala 6, llamada “Camilo”, donde Ernesto es ya el Che Guevara, uno de los cerebros del movimiento 26 de julio, el hombre capaz de tomar un fusil o una pluma, el hombre que dejó un legado político y filosófico que, habiendo visitado el museo de Alta Gracia, dan ganas de continuar.

 

Fotos Carlos Paul Amiune y Esteban Raies

 

Más información:
Museo Casa del Che
Avellaneda 501 – Alta Gracia-Córdoba
Tel.: 03547-428-579
Internet: http://www.altagracia.gov.ar/cultura/museo-casa-del-che.html
Correo electrónico: museocheguevara@altagracia.gov.ar
Abierto todos los días: lunes de 14 a 19. El resto de los días de 9 a 19, inclusive feriados.