“La especie está en casi toda nuestra costa y llega hasta Uruguay, pero en época de primavera incursiona en la zona de Caleta Valdés donde las hembras están vulnerables porque se está apareando en baja profundidad y allí es cuando llegan los pescadores de manera furtiva y los capturan“, explicó Irigoyen a Télam.

El investigador sostuvo que “esa circunstancia las hace muy vulnerables y pone en riesgo su población, que disminuye todos los años de acuerdo a los estudios realizados”.

El tiburón gatopardo (Notorynchus cepedianus) tiene la particularidad que las hembras son más grandes que los machos y llegan a pesar 100 kilos y medir hasta 3 metros, lo que opera como un atractivo trofeo para los pescadores deportivos. La captura se hace utilizando grandes anzuelos con punteras aceradas para evitar que los ejemplares la corten con su afilada dentadura.

Irigoyen, que es doctor en Biología, reveló que “cuando llega la temporada los pescadores acceden a la zona de Caleta Valdés” sobre la cara oriental de la península homónima que aparece en el mapa como un hongo que se introduce en el mar, sobre el extremo noreste del Chubut. “Cuando está la hembra en ese lugar es porque se está apareando y se alimenta, por lo que está muy vulnerable”, dijo y explicó que el tiburón gatopardo, llamado en otros lugares “tiburón vaca de hocico corto” o “tiburón moteado” son -junto con la orca- los predadores de lobos, elefantes marinos y delfines, haciendo un balance natural de la población.

El dato concreto es que en general los mamíferos marinos están muy protegidos y los tiburones no, por lo que del primero se ve crecer la población y del segundo, disminuyó en un 60%”.

Las hembras de la especie recién están en condiciones reproductivas a partir de los 25 años y paren cada 2 años alrededor de 50 crías, un número muy inferior a otras especies, con la particularidad además de que los recién nacidos llegan al mundo preparados para la dura supervivencia por sus propios medios.

Irigoyen reclamó que, “así como existe en la zona de los lagos protecciones para especies como el salmón o las truchas, también exista en la zona de la costa atlántica un manejo de protección”.

Según el investigador, el problema reside más en la pesca deportiva que en la comercial que realiza la flota pesquera -aunque existen casos de captura incidental- porque son animales que se alejan de la zona donde perciben la presencia de redes de arrastre.

La matanza de grandes tiburones ocurre dentro de propiedades privadas en campos que dan a la costa, o bien de noche en zonas cercanas a los caminos públicos y particularmente en la Caleta Valdés, que es una zona clave del tiburón gatopardo.

“No existe al momento otro sitio de la costa Argentina que tenga tanta importancia para la especie en nuestro mar porque es ahí donde va la hembra” dijo en tono de súplica Irigoyen pidiendo públicamente que cese la práctica a través de las redes sociales.

Matar tiburones, hoy es otra cosa, no es pesca deportiva. No es ser pescador. Esto si bien es algo que se hizo ‘toda la vida’, de antes de que el lugar sea una reserva, hoy en día ya no es viable, ya no hay tiempo para seguir con esas prácticas”, consideró.