Por Matilde Moyano

Se trata del horticultor Ricardo Nicolás Prieto, dueño de un campo ubicado en el Paraje Puerto Viejo, Lavalle, lindante a la casa en donde vivía Santiago Nicolás Arévalo, el niño que murió el 4 de abril de 2011 por tomar contacto con el insecticida Endosulfán.

Tenía solo 4 años y la pulverización con este veneno -prohibido desde 2013- terminó con su vida. La autopsia determinó que la causa de muerte fue por intoxicación y que el veneno fue absorbido a través de la piel de sus pies y por inhalación.

Personal a cargo de Prieto fumigó en aquel entonces un tendalero de tomates con las cortinas plásticas abiertas, sin supervisión, lo cual ocasionó el escape de los gases tóxicos que fueron inhalados por el niño que murió y por Celeste Abigail Estevez, de 5 años, quien sufrió de lesiones graves, pero sobrevivió.

Bajo la carátula de homicidio culposo y lesiones culposas en concurso ideal, el Tribunal Oral Penal de Goya cumplió con el segundo juicio que se ordenó por este caso (en 2016 Prieto fue absuelto). La sentencia es a tres años de prisión condicional y se le impuso al productor la obligación de capacitarse en tres meses en el uso de agrotóxicos, para la realización de su producción habitual, en un organismo público o privado. Los fundamentos de la sentencia se leerán el 1 de febrero de 2021.

EL CASO DE NICOLÁS ARÉVALO NO ES EL ÚNICO

Un año después de la muerte de Nicolás, falleció José Carlos Rivero, otro niño de 4 años, también por intoxicación. Además podemos mencionar el caso de una niña que murió tras comer una mandarina pulverizada con Furadán en la localidad correntina de Mburucuyá.

En este día es importante conocer que las estadísticas indican que, mientras a nivel nacional 2 de cada 100 niños nacen con problemas neurológicos, cardíacos o síndrome de down, en los “pueblos fumigados” son 6 de cada 100. El triple de niños nacen con malformaciones, muchos de ellos mueren, otros quedan con discapacidades.

Además, la utilización de agroquímicos multiplica de 2 a 4 veces el promedio nacional de tasas de cáncer en trabajadores agrarios y pobladores, quienes también sufren de malformaciones o afecciones en la piel.

Este día es una oportunidad para tomar conciencia de que no es necesario producir alimentos con venenos, y que no podemos confiar nuestra alimentación a la voluntad de las “buenas prácticas agrícolas”, que evidentemente no existen. Hay otras formas de producir, como la agroecología, que se basan en comprender a la naturaleza, y no en envenenarla.