El adoquín tras el cristal tiene la humedad de la ciudad tanguera, la misma que empaña los ventanales de este bar de maderas barnizadas de mediados del siglo XX, con casilleros en la pared y el humo de la noche decorando una nueva carambola que se pierde en el antiquísimo ábaco colgado sobre la columna. El mozo, atento, con el cenicero en una mano y el repasador en el brazo, un encendedor en el bolsillo y los pocillos de cafés que salen como pan caliente, admira el paño verde, los chasquidos de las tres bolas de colores diferentes que acaban de saludar la suerte de algún jugador.
La vida del billar era el corazón latente de la ciudad de Buenos Aires, el juego de los nocturnos, el deporte de los dedicados, el orgullo de los porteños, la disciplina de los elegantes que trabajan en la supervivencia para no dar el taco a torcer a la pasión, apoyando la continuidad billarística con clubes barriales y defendiendo, con fintas en el paño, las mesas de billar que tiene la ciudad.

Todos juegan

En 1951 nace el Boedo Billar Club, ubicado actualmente en Avenida Medrano al 400, –ex Av. Boedo al 800–  que trabaja para no dejar que la pasión se apague. Eduardo Vahedzian, de 55 años es jugador profesional de billar y parte de la comisión del club: “Nuestra cuota social es de 30 pesos, con un promedio de 60 personas diarias en días hábiles; contamos con mesas de billar y también juegos como el backgammon y el ajedrez”. La idea de esta nueva comisión es difundir el juego para favorecer la renovación: “Queremos convocar a la juventud y proponer perspectivas nuevas y posibilidades económicas así los padres aprovechan para que sus hijos vengan a jugar. La juventud es muy escasa en nuestro club”.

El maestro Ricardo Duarte es la contraposición a la falta de renovación de jugadores. Educador de juveniles, dice: “Las clases juniors las doy en el Vergez, además tengo un historial de 20 campeonatos realizados para juveniles de los cuales hay uno en particular, en 2002, el primero del circuito juvenil de billar a tres bandas. Siempre tuve chicos enganchadísimos pero ahora se perdió porque no hay clubes que apoyen el billar juvenil por su falta de concreción. Los chicos se educan y mejoran su rendimiento: tenía chicos con problemas de concentración pero luego de jugar un año, mejoraron. Yo aconsejo que los niños empiecen a los nueve años, cuando se pueden captar los detalles en cuanto a la mecánica y estructura del juego, el razonamiento.

No hay límites de edad para un jugador de billar. El claro ejemplo es Roberto Godino, 87 años, socio fundador del club Boedo Billar Club, maestro en el paño y en la técnica. Duarte tiene un proyecto: incorporar al billar como materia extracurricular en las escuelas: “Hay un proyecto de una diputada para llevar muchos deportes a los colegios, inclusive el billar, pero aún no se discutió”.

El profesor Ricardo Duarte, opina: “El billar no es un juego. Forma parte del Comité Olímpico de los deportes precisión como la arquería, el nado sincronizado, el golf. Además, es un deporte terapéutico. En Japón es considerado deporte de distracción para que los trabajadores combatan el estrés. Además, ayuda al desarrollo mental, y la personalidad, a la disciplina, al aprendizaje. Yo no conozco un chico que juegue a tres bandas y que sea un idiota”.  
“El billar es un deporte porque se juegan campeonatos, hay una Federación Sudamericana, hay un Circuito de profesionales y se lo destaca en la inteligencia rápida, en la matemática, es un deporte lindo para pensar y sacar números, como el de tres bandas, lleno de teorías”, esboza Berardi

“El billar era el deporte por antonomasia del porteño. En 1952, cuando se jugó la final del campeonato del mundo en el Luna Park, el estadio estaba de bote a bote, con gente agolpándose como en un Boca-River”.

Por Jorge Daniel González
Fotos Jazmín Arellano

Mirá las mejores jugadas del billar de fantasía: www.youtube.com/watch?v=OK0lQULgxlQ