Por Sonia Renison. Redactora Especial a cargo de Viajes y Turismo / Fotos Alejandro Guyot

Sumergirse hoy en la selva misionera produce ese encuentro entre culturas. De una comunidad Guarani? que trabaja en la cesteri?a, se puede pasar -cinco minutos mediante- a una chacra donde la reminiscencia alemana esta? en cada rinco?n. Es Mariano Soto, sobrino nieto de Helga Yess, quien nos conduce en una camioneta hasta la chacra de Helga.

Es de pocas palabras Mariano, pero tiene la naturaleza que da la juventud y la sabiduri?a de la vida en el campo. Cuenta alguna que otra ane?cdota respecto de su ti?a, que la pintan como una mujer resistente. Vive sola -como La Oma de la canción de Daniel Altamirano y Pedro Favini-, y sola maneja ella la chacra. Llegamos. Una mujer de ma?s de 60 años que parecen de 45, fuerte, maciza y sonriente nos recibe. El rostro muestra una piel tan blanca que parece rosada.

Los ojos azules intensos y el cabello fini?simo, cortado bien cortito, parece casi punk porque se para un poquito. Debe ser, suponemos, por comodidad. Tambie?n por comodidad viste unas bermudas y una remera. Da la bienvenida con una jarra de pla?stico en la mano y le chifla a una vaca que huye para el otro lado. Advierte, entonces, que cuando hay extran?os, las vacas desconfi?an. Que son ariscas estas, que son cruza de ganado criollo con cebu? y gracias a ese chorro de sangre cebuína resisten el clima riguroso del verano misionero. 

Nada la detiene a Helga. Se acerca al ternero, lo ata a un poste bajo y acerca un banquito. Camina hacía la vaca, que parece reticente. Asi? y todo logra orden?arla a mano, como en los viejos tiempos. En el banquito se sienta con destreza, le habla fuerte, le habla suave y llena una jarra de un litro. El sonido de la leche que cae en chorros fuertes atrae a perros y gatos. Hay jolgorio en el patio, por donde se cruza para llegar al galpo?n donde hasta los cerdos esta?n en puntas de pie como si fueran chicos pidiendo su racio?n de comida de la media tarde. Patos, patitos, gallinas, pollitos, vende de todo Helga. “30 huevos por di?a”, acota y sen?ala a las gallinas ponedoras, que, proliji?simas se distinguen por raza.

La contabilidad la ayuda a administrar su chacra porque tiene datos de todo: son 4000 plantas de mandioca, pollos que pesan entre 3 kilos y medio y 4 kilogramos, 65 pollitos, 23 gallinetas de campo, 13 pollos para carnear. Del orden?e, saca cuatro litros de leche durante el día y la misma cantidad en el ordeñe de la noche, con el que hace dulce de leche casero y nos da la receta.

En este rinco?n colorado del mundo, Helga le da ca?tedra a El Federal. Explica en perfecto castellano co?mo se planta la mandioca, nos muestra la hoja, similar, en el primer golpe de vista, a la planta de mai?z. Mira entonces a la cronista con cara de pocos amigos. Y para que no haya dudas de co?mo es la mandioca, hace un movimiento ha?bil de retorcer el tallo de la planta que mide dos metros, la saca de cuajo y muestra la rai?z, donde ahi? si? queda claro que esta? la mandioca, esos tube?rculos de ca?scara fibrosa de color marro?n rojizo, que por dentro es de un blanco inmaculado. Helga corta un pedazo y la pela con un cuchillo, con maestri?a. Los rulos de ca?scara quedan prolijos en un tacho. Y la mandioca, lista para cocinar en otro. “Tambie?n hay mani?”, dice y convida. Hay orgullo por ese trabajo con la tierra, esta? en la misma finca que estuvieron sus padres. Helga habla con una pronunciacio?n hi?pervocalizada. Vive sola, tiene un nieto que la ayuda y parte de su familia esta? en cada porcio?n de tierra que cultivan desde que llegaron chiquititos con sus padres despue?s de la Segunda Guerra Mundial.

La gente que pasa le compra las hortalizas de la huerta. La leche, el dulce de leche. Pero para muchos en estos lugares, lo importante es seguir manteniendo la chacra. Porque con ma?s diversificacio?n, aunque sea a baja escala productiva, pueden vender a otras familias, intercambiar y, como Helga, comercializar sus productos en los espacios turi?sticos de los alrededores, que ofrecen sus platos caseros y con vegetales de la huerta recie?n cortados.

La fortaleza y la disciplina se notan en algunos detalles: Chocotina es una de los ocho perros que deambulan en torno de la casa de Helga. Cuando El Federal se despide, Chocotina se acerca a su duen?a, salta sobre sus pies a una altura de un metro, como si tuviera resortes, y en el aire junta las manitos como pidiendo un favor. “Ya te doy, ya te doy”, le dice Helga, sonriente como nunca. Y vuelven las dos, hacia el fondo de la chacra. Nosotros nos vamos. Se queda Helga, entonces sí, a solas con la selva.