La alfalfa pertenece a la familia de las leguminosas, cuyo nombre científico es Medicago sativa. Tiene su área de origen en Asia Menor y sur del Caúcaso, abarcando países como Turquía, Irak, Irán, Siria, Afganistán y Pakistán. Los persas introdujeron la alfalfa en Grecia y de ahí pasó a Italia en el siglo IV A C. La gran difusión de su cultivo fue llevada a cabo por los árabes a través del norte de Africa, llegando a España donde se extendió a toda Europa, y luego se introdujo en América. El término “alfalfa” es de origen arábigo y significa el “mejor alimento”. Ha sido tradicionalmente la base de la producción ganadera de la Argentina y, junto con el trigo y el lino, uno de los cultivos fundadores del agro pampeano. Actualmente constituye uno de los recursos forrajeros más importantes del país debido a su enorme adaptación en diferentes climas y suelos, tanto como por su elevada calidad forrajera. Es un cultivo que permite aumentar la carga animal, mantener el stock, mejorar la ganancia en peso o el rendimiento en producción individual de leche. Tiene la propiedad de aprovechar con singular eficacia el agua y las sales minerales de las capas profundas del subsuelo. Contiene grandes cantidades de nitrógeno, potasio, calcio, sodio, magnesio, cobre, zinc, cobalto, carbonatos y fósforo, siendo utilizada medicinalmente por su contenido de vitamina K, conocida principalmente por sus cualidades anti-hemorrágicas. También es rica en vitamina B1, B6 y C