Apenas 150 habitantes viven en este pueblo que tiene mucho de libro de cuentos. A 3500 metros de altura, el secreto de la belleza de la Puna Jujeña late en San Francisco de Alfarcito, una pequeña comunidad en donde aún es posible hallar el estilo de vida que llevaban los kollas hace cientos de años y que perdura en las construcciones y tradiciones que se trasladan a diario. Usos y costumbres ancestrales, gastronomía, artesanías y tranquilidad, son los ejes que dominan la vida de esta comarca de ensueño.

El pueblo acaba de ser incluido en el Programa Pueblos Auténticos que el Ministerio de Turismo, junto con el de Cultura han creado para poner en valor y ayudar a recuperar a localidades que tienen una fuerte Identidad y una belleza especial. Alfarcito los tiene. Su encanto se nota ni bien uno camina en sus callejuelas donde las altas cumbres sirven como un telón de fondo maravilloso. “Será uno de los lugares más encantadores de la provincia ya que se hará una puesta en valor de lo tangible, pero también de sus costumbres y actividades ancestrales que lo caracterizan“, comentó a la prensa el secretario de Turismo de Jujuy, Sergio Chacón.

Hay poco por hacer en el pueblo para aumentar su belleza. El Programa Pueblos Auténticos se detendrá sólo en la restauración de sus calles empedradas, puesta en valor de algunos edificios emblemáticos y en mejorar algunos servicios, que permitan que más personas puedan disfrutan de la paz y la tranquilidad que existe en este rincón de alta montaña donde la cultura incaica ha dejado una huella que aún hoy se siente. “Queremos que la gente que llegue a Alfarcito se pueda llevar una buena impresión del pueblo, de su entorno, de sus paisajes, de su gente, pero también por la comida y las artesanías”, afirmó el funcionario.

El pueblo está al sur del departamento Cochinoca, sobre la ruta provincial 11, en la margen occidental de la Laguna de Guayatayoc y las Salinas Grandes, en la puna jujeña. Con inviernos muy rigurosos -la temperatura llega a bajar a los veinte grados bajo cero- el verano es el momento ideal para visitarlo. El entorno de Alfarcito es idílico, el pueblo está rodeado de cerros y recoletos senderos recorren el ejido urbano donde sobresalen una escuela, un cabildo y una capilla.

Las casas de Alfarcito tienen una originalidad especial, están construidas en piedra y sus techos son de waya, una mezcla de barro y paja. El color natural y la textura, definen la belleza de las fachadas. Esta forma de construcción originaria no se ha modificado en siglos. El turismo que se propone aquí tiene que ver mucho con vivir esa magia que produce el sentir que el tiempo se ha detenido.

El nombre del pueblo se debe a que históricamente aquí se practicó el cultivo de la alfalfa. Actualmente los pobladores se trabajan la tierra sembrando habas, el maíz y las papas, con esto se auto abastecen para realizar sus recetas ancestrales. También crían ovejas y llamas. La gastronomía propone un sabor único con platos hechos con los productos del territorio. El tejido es apreciado, y se ofrecen bellísimas creaciones que tienen la magia del lugar con diseños únicos y característicos de la zona.

El alojamiento está limitado por apenas diez camas en la posada comunitaria “La Hornada”, pero en estos días se trabaja para ofrecer diez camas más, de todas maneras, el encanto de Alfarcito se desarrolla en la pequeña escala, en un turismo responsable y vivencial. Disfrutar de las caminatas nocturnas aquí no tiene comparación con ningún espectáculo que se pueda imaginar. Gozar de la naturaleza es la contraseña para vivir días inolvidables en el corazón de la puna.