Las docentes de la Escuela primaria N° 60 “Hugo Stunz” de Ringuelet (La Plata) tuvieron una buena idea, cuando los albañiles estaban finalizando el piso de cemento del patio, les pidieron que dejaran una parcela sin cubrir para hacer realidad un sueño: que los niños tuvieran la oportunidad de hacer su propia huerta, algo que cumplieron y con creces, hoy ellos no solo desayunan, almuerzan y meriendan, sino que también aprendieron a trabajar la tierra y llevan alimentos sanos a sus casas.

A principios de año la tierra estaba lista y el proyecto educativo comenzó: los niños comenzaron a trabajar en la huerta sembrando semillas, cada uno se responsabilizó con las labores propias que conlleva el trabajo huertero, y durante todo el año vieron el maravilloso proceso de la vida. Un brote dio lugar al nacimiento de pequeñas hojas y estas a otras así hasta que de aquella semilla se hizo un tallo y con la primavera la magia de la naturaleza les permitió ver a los alumnos de la escuela lo importante que es trabajar la tierra: hace unas semanas ya pudieron comenzar a comer lo que ellos mismos produjeron.

“A los chicos les encanta. Algunos tomaron la idea e hicieron huertitas en sus casas. Son del barrio El Mercadito, que llevaron semillas e hicieron plantines en los parques de sus casas recién estrenadas”, sostuvo al diario Hoy la directora de la Escuela, Graciela Tilleria. Las hortalizas y aromáticas ya forman parte de las recetas de los platos que ellos mismos comen todos los días.

La experiencia es positiva por varias razones, lo fundamental es que los niños aprendieron a trabajar la tierra y su principal consecuencia: que ella nos puede dar alimentos sanos, nutritivos y sabrosos. La segunda: que el conocimiento de producir nuestros propios alimentos es contagioso, viral. Ahora que saben cómo hacerlo, muchos de los alumnos llevaron ese conocimiento a sus casas y junto a sus familias hicieron huertas. Mejorar la calidad de la alimentación es el fin al que se llega con esta clase de acciones.

Es fantástico que puedan comer lo que ellos producen. Hay nenes que probaron nuevos sabores. Con esta iniciativa, por ejemplo, logramos que además de la papa incorporen otros tipos de hortalizas a su dieta”, sostiene Tilleria. Para poder hacer posible el nacimiento de la huerta recibieron asesoramiento del INTA, técnicos del programa Pro Huerta capacitaron a las docentes y a los alumnos, además de entregarles semillas. El trabajo dedicado de Noelia Maldonado y Malena Chulet, docentes de la escuela fue fundamental. Se necesita un compromiso especial para llevar adelante una tarea de estas.

Las consecuencias son directas y la comunidad educativa ve los resultados de tener una huerta a diario, el perejil lo usan para empanar las milanesas, la menta para el mate, la lechuga, acelga y los rabanitos para hacer ensaladas. “Muchos de los papás de estos chicos no tienen empleo formal, trabajan en cooperativas o manejan caballos, por eso la escuela es el espacio de contención para ellos y tenemos un menú bien variado y completo“, los niños aprenden la mejor de las lecciones, que cuidando la tierra la naturaleza devuelve ese gesto con alimentos sanos.

La mejor parte es cuando al fin del día, los alumnos llevan una bolsa con verduras para sus casas, muchas veces las verduras de la huerta escolar son lo único que pueden comer ese día. Llevar estos alimentos los hace felices dentro de una realidad dura que les toca vivir.