Argentina, el país de la carne y del asado está teniendo un notable cambio en el consumo hacia ella, este mes se registra por quinto año consecutivo una baja en la demanda de carne entre nuestra población, esto tiene que ver con el aumento del precio de la carne, pero también con un proceso cultural que se ha volcado hacia otros alimentos, más sanos. 

En los primeros cinco meses de este año un argentino promedio consumirá 55.7 kilos de carne por año, este mismo indice se duplicaba hace un lustro atrás. Sin embargo, Argentina continúa teniendo una fuerte inclinación hace la carne, su gastronomía, idiosincracía y diferentes patrones culturales nos convierten en una sociedad carnívora. A la par, el vegetarianismo ha crecido en forma masiva.

Anne DeLessio Parson es una socióloga de la Univerdad de Pennsylvania (Estados Unidos) y está en La Plata para estudiar cómo los vegetarianos conviven en una sociedad en la que más de la media poblacional es consumidora masiva de diferentes tipos de carne. 

“Me interesa mucho el tema de cómo ser vegetariano comienza a desestabilizar los espacios culinarios en Argentina, un país donde el hecho de comer carne no es sólo una elección alimentaria sino también una ceremonia o una manera de compartir”, comenta Anne, quien es vegetariana hace 20 años y entendió que su interés en nuestras costumbres culinarias podrían ser motivo para realizar su tesis doctoral.

El proyecto de la jóven socióloga que visita La Plata se divide en dos partes.  “Por un lado queremos hacer un censo de vegetarianos y veganos en La Plata para establecer en principio cuál es su incidencia en la población. Es un dato que no se conoce y que falta en la mayoría de los lugares del mundo porque no suele incluirse en las encuestas nutricionales. Pero a la vez, por otra parte, queremos enfocarnos en los lazos sociales de los vegetarianos y las dificultades que encuentran en su entorno”, señala Anne.

“Algunos vegetarianos reconocen que su elección abre una brecha con sus parejas cuando éstas no lo son también, que tiende a aislarlos en las reuniones sociales y que se ven obligados a renegociar a qué comidas asisten y a cuáles no. Y es que mientras que algunos de ellos directamente no van a asados, otros aceptan compartir, no la comida, pero sí la ceremonia, que además es un espacio muy identificado con la masculinidad”.

La socióloga, que intenta delucidar nuestro gen alimentario y entender cómo se relacionan en el entorno social aquellos que eligen otra manera de alimentarse, advierte: “Con 7.400 millones de habitantes en el mundo, el consumo de creciente de carne constituye a la larga una amenaza, porque su producción es la que más huella genera a nivel ambiental”.