Con apenas dos años, Marcos agarraba el frasquito de zánganos que yo le traía del colmenar, ponía los bichitos en el piso y los hacía jugar carreras”, recuerda Mariana, la mamá.
“No tenía más de tres años cuando lo llevó al primo, que tiene la misma edad que él, a ver las colmenas del abuelo. Sin decirle a nadie y sin ninguna protección, le fue a mostrar los colmenares. Cuando los empezamos a buscar, estaban los dos en medio de una nube de abejas. Y Marcos, como si nada”, cuenta Daniel, el papá.
“Él siempre me quiso ayudar y aprende rapidísimo. Apenas supo caminar, empezó a ir al galpón y agarraba los cuadros con la pinza, que eran más pesados que él”, cuenta José Luis Elizari, el abuelo.
Si bien las tres anécdotas son elocuentes de la familiaridad que Marcos Sabadini tuvo desde siempre con las abejas, hay una cuarta que le otorga el certificado de apicultor precoz. La cuenta el abuelo, todavía con sorpresa: “La primera vez que lo llevé al campo me dio cosa hasta a mí, que hace 36 años que estoy con las colmenas. Porque cuando saqué el cuadro lleno de abejas, él metió la cabeza para mirar. Tenía el equipo completo, estaba bien protegido, no le iba a pasar nada, pero es raro que no se haya impresionado. Esperábamos que cuando las abejas se le vinieran encima se asustara, que es lo que hace toda persona que no sabe. Porque se te llena el gorro de abejas y parece que se te van a meter en el equipo”.

Mis colmenas. Lejos de impresionarlo la experiencia, esa primera visita al campo no hizo más que potenciar la pasión que el pequeño Marcos trae desde la cuna por las abejas. Y no es casual que hoy, con apenas siete años, sea todo un apicultor en potencia, aunque con dos colmenas de su propiedad, técnicamente ya puede considerarse un productor de miel hecho y derecho.
Como para que nadie le saque méritos a su nieto, o considerar que el abuelo exagera, hace algunas semanas José Luis filmó a Marcos, cuando con sus propias manos, Marquitos hacía un núcleo de su primera colmena.
Así es que ahora Marcos tiene dos colmenas en la quinta que habita con sus padres y abuelos en las afueras de Tres Arroyos, y cada vez está más cerca del objetivo. “Quiere llegar a las 12 colmenas para poder llenar un tambor y venderlo”, cuenta medio en broma y medio en serio papá Daniel.
“Desde los cinco años que estoy con las abejas. Un día le pregunté al abuelo si me podía regalar una colmena, y ahora ya tengo dos y he vendido miel”, dice Marcos, desde la frescura de sus siete. “La miel la cosechó el abuelo pero yo lo ayudé”, aclara para que nadie le quite méritos.
Después de contar que las abejas siempre lo pican pero que a él eso no le importa, Marquitos habló sobre los habitantes de la colmena: “Adentro viven las abejas, la reina y el zángano. Las abejas traen néctar, la reina pone huevitos y come, y el zángano, que es el marido de la reina, come y duerme. Es medio haragán, no hace nada”.
“La miel se cosecha en el verano, y en el invierno hay que curar y darle comida a las colmenas. Pero eso lo hace el abuelo, todavía esas cosas no me las enseñó”, cuenta Marquitos como una crítica encubierta. Es más, aprovecha la charla para hacer público un reclamo: “El abuelo siempre me dice que me va a llevar al campo, y al final nunca vamos”.
Ante los dichos del nieto, a José Luis no le queda otra que intervenir: “Es muy chico todavía. Yo le voy enseñando de a poco, pero tiene locura. Entonces quiere ir todos los días a ver las colmenas”. Al final, terminan arreglando el entredicho con una visita al galpón donde el abuelo tiene los materiales de trabajo, y Marcos puede sacarse un poco las ganas.
Aunque luego, el chiquitín redoblaría la apuesta y conseguiría revisar una vez más sus dos colmenas, que están en la quinta en la que vive. “El resto de los colmenares, alrededor de 500, los tengo en distintos campos”, explica José Luis.

El futuro. Mamá Mariana no se sorprende de la pasión que Marcos tiene por las abejas: lleva 20 años ayudando a su papá en la cosecha de la miel. Y si bien disfruta del interés que su hijo mayor muestra por la apicultura, desde muy temprano ya marcó la cancha: “Primero está el estudio”.
Ahora el que interviene es papá Daniel, como anticipando una discusión que al parecer, se planteará dentro de una década: “Puede estudiar y tener las colmenas como actividad secundaria”.
Mientras los grandes hacen futurología, Marcos quiere volver a hablar de sus colmenas y de su miel. “Ya vendí un montón de frascos. Me compraron varios compañeros del diario donde trabaja mi papá, la chica de la estación de servicio, otra del supermercado y también las porteras de la escuela”, cuenta.
“De las abejas me gusta todo”, afirma. Y es el abuelo que da detalles de la pasión del nieto: “Viene cuando yo estoy trabajando y me pregunta cómo nace la reina, qué pasa si le ponemos más azúcar a la colmena, cómo se curan… Se entusiasma demasiado, porque es muy chiquito todavía”.
Elizari cuenta que una vez que hizo el núcleo de lo que sería la primera colmena de su nieto, Marquitos siguió todo el ciclo, del colmenar hasta la cosecha. Y también asegura que aprende con una velocidad llamativa, así fue que el nuevo núcleo pudo hacerlo solo.
En 2011, la primera colmena de Marcos rindió 20 kilos de miel. Por estos días finalizará la actual cosecha, y José Luis estima que entre los dos colmenares que ahora tiene Marquitos, logrará juntar unos 30 kilos. “Aunque en realidad parece que cosecha el doble o el triple, porque por más que venda y venda, a él la miel nunca se le acaba”, interviene Daniel.
Eso tiene que ver con que el abuelo repone cada kilo que su nieto va vendiendo. Un sano engaño para mantenerlo contento.
Tanto insistió Marquitos, que logró el objetivo y la charla se trasladó al galpón. El abuelo descubre uno de los tambores de miel, comienza a sacar las impurezas y la cera que se forma en la parte superior y el nieto mete el dedo y empieza a sacar miel. “Marcos portate bien, parecés un chico…”, lo reta el abuelo entre risas. “Y sí, es un nene”, completa su ocurrencia José Luis.
Ya desde hace un tiempo los padres y abuelos de Marcos lograron responderse la pregunta que empezaron a hacerse hace poco más de un año, justamente cuando el mini productor de miel ayudó a crear su primera colmena: no es que Marquitos sea demasiado chico para ser apicultor, sino que es demasiado apicultor para ser tan chico.