Los huevos de uno de los dinosaurios más antiguos de la Patagonia fueron claves para este descubrimiento que plantea que los huevos que ponían las hembras de los sauropodomorfos, los terópodos y los ornitisquios eran blandos, similares a los de ciertas tortugas actuales, y que en todos los casos evolucionaron de forma independiente hacia huevos de cáscara dura.

Hasta el momento, el carácter rígido de los huevos de las aves -descendientes directas de los dinosaurios- y de los cocodrilos modernos, sumado a las propiedades encontradas en los huevos de dinosaurios conocidos de los tres grandes linajes, llevó a que se infiriera que las cáscaras de todo este grupo de reptiles debían contar con una o más capas porosas de carbonato de calcio, que es lo que les da la dureza, protegiendo a una membrana proteica subyacente.

“Sin embargo, el registro fósil de huevos de dinosaurios anteriores al período Cretácico es escaso en cantidad y diversidad. Esto implica un claro contraste con la abundancia de esqueletos de dinosaurios descubiertos en todo el mundo para períodos previos -como el Triásico y el Jurásico-, que hasta el momento no se había podido explicar”, señala Claudia Marsicano, investigadora del CONICET en el Instituto de Estudios Andinos “Don Pablo Groeber” (IDEAN, CONICET-UBA) y una de las coautoras del trabajo.

“Por otra parte, más allá de que los huevos de los tres grandes ordenes de dinosaurios compartieran el carácter duro de su cáscara y la cobertura biomineralziada de carbonato de calcio, su microestructura (el modo en que se organizan los cristales) era tan diferentes que dificultaban las comparaciones entre ellas”, indica Diego Pol, investigador del CONICET en el Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) y otro de los coautores del trabajo.

El reciente descubrimiento permite despejar simultáneamente ambas incógnitas. Por un lado, el hecho de que las cáscaras duras de carbonato de calcio hayan sido una novedad relativamente tardía en la evolución del modo de reproducción de los dinosaurios, explicaría la ausencia de registros más antiguos, dado que la posibilidad de que un huevo de cáscara blanda -formada por una membrana proteica– se fosilice, resulta excepcional. “Por otro lado, el hecho de que este avance evolutivo haya surgido de forma independiente en sauropodomorfos, terópodos (ambos de la orden los saurisquios) y ornitisquios permite comprender que sus estructuras sean tan diferentes entre sí”, señala Pol.

El descubrimiento fue posible gracias a que análisis químicos permitieron revelar que las cáscaras de huevos de dos especies de dinosaurios pertenecientes a épocas y lugares muy diferentes, sin un parentesco cercano entre sí, comparten la característica de ser blandas y carecer de carbonato de calcio -algo que hasta ahora no había sido encontrado en ningún otro huevo de dinosaurio.

Se trata, por un lado, de los huevos de un sauropodomorfo basal de la Patagonia argentina que vivió hace cerca de 200 millones de años, conocido como Mussaurus patagonicus, que se encuentran entre los más antiguos hallados hasta ahora. Por otro, los de un ornitisquio de Mongolia del género Protoceratops, con una antigüedad aproximada de entre 75 y 71 millones de años. Más allá de que Protoceratops es un género del Cretácico Superior (época inmediatamente anterior a la extinción de la mayoría de los dinosaurios ocurrida hace 65 millones de años) se distingue evolutivamente por haber conservado rasgos primitivos asociados a ornitisquios basales.

“Poder comparar y encontrar semejanzas entre fósiles de dinosaurios que aparentemente no tienen ningún vínculo, a veces permite llegar a conclusiones más globales e importantes, al darnos una perspectiva amplia de lo que fue la evolución de este grupo maravilloso de reptiles”, afirma Pol, quien ha dirigido desde el año 2002 expediciones a la Formación Laguna Colorada -sitio de la provincia de Santa Cruz donde fueron encontrados los fósiles de los dinosaurios más antiguos de la Patagonia- en las que se hallaron los huevos del Mussaurus.

Fuente: CONICET