Por Leandro Vesco – Fotos Juan Carlos Casas

“Somos pocos pero buenos”. Así nos recibe Eduardo Nuesch en la entrada de Arroyo Venado, el pueblo en donde un árbol está declarado patrimonio cultural y forma parte de la identidad más profunda de esta comunidad que está dividida en dos por las vías del tren que hace mucho no pasa, pero que dejó marcas en la sociedad. Se lo conoce como Árbol Solo y la historia cuenta que un gaucho levantó su ranchito a un lado del tronco de este verdadero tótem natural que se yergue en el medio del camino de acceso al pueblo, solo y en actitud venerable.

El inmenso eucaliptus fue entonces el refugio de ese gaucho que halló bajo sus ramas algo de compañía para hacer más pasable la soledad pampeana; aquel paisano se fue un día y el rancho fue ocupado por otros hasta que el tiempo y el monte se lo llevó y sólo quedó la referencia sensible de haber sido casa y compañía. Desde entonces el Árbol Solo, es un habitante más de los 87 que viven en Arroyo Venado. “Para nosotros es más que un árbol, es una referencia, porque se ve de muy lejos, y cuando lo vemos por el camino, ya nos sentimos en casa”, dicen por acá. 

Desde el patio de la escuela en la que trabajan Marisa y Griselda Trecco, hermanas, se ve el inmenso horizonte pampeano y la laguna del Venado. El sol, una moneda cenicienta, tiñe de dorado los pastizales. Los árboles que se inquietan al atardecer y los juegos del jardín toman un tono de nostalgia y esperanza. Uno de los chicos se fue para el monte. “Ya va a volver”, se resigna Marisa. Cómo decirle “no” a un niño que tiene un mundo entero para él solo, tanto pasto, tanta tierra y toda la vida allí, tan viva.

Nos llevan hasta la estación de tren. La Estación está en perfecto estado y por eso el orgullo del pueblo. Funciona aquí una bBiblioteca con un catálogo admirable; la atiende María Eugenia. “Los chicos acá pueden hacer lo que quieran, pero primero tienen que hacer la tarea”. A la escuela concurren 30 chicos. Todas las tardes les prepara la merienda, y ellos, contenidos por el suave murmullo de las historias de los libros, sueñan, se forman y crecen.

Se oye el motor de un auto, que para de repente; baja Jorge, padre de Marisa y Griselda. Su rostro y su mirada, tienen la marca de la pampa y de los caminos. Nació aquí hace 82 años, conoció a su esposa en un baile y jamás se separaron. “Esperábamos el tren los lunes con nerviosismo porque traía el diario con los resultados de los partidos de futbol; estaba todo el pueblo en el andén”, recuerda con añoranza los años en donde los trenes no sólo servían de transporte, sino que eran el único medio en donde las noticias se trasladaban de un punto al otro del país.

En el pueblo se siente una profunda identidad por esta tierra. Inés Rubio y Juana Ullan nos cuentan que el jardín de infantes se creó entre canción y canción en uno de los bailes que se hacía en el club San Martín. En la sobremesa, pensaron que sería muy importante que el pueblo tuviera jardín. Ahí nomás contaron los niños que había y al otro día fueron a Guaminí con la idea entre ceja y ceja. La encargada de educación les dijo: “En una semana tienen que tener el jardín abierto”. Así sucedió y así es como en las pequeñas comunidades ocurren los hechos, de buenas a primeras: lo que hay que hacer se hace, así sea levantar una casa o crear un Jardín de Infantes. Inés, al recordar esos días siente una especial melancolía: “No dormíamos pero en una semana, ya teníamos los chicos en el aula”

La vía corta al pueblo en dos: de un lado está el Club San Martín y del otro el Blanco y Negro, la parte cultural y comercial de Arroyo Venado, como nos sugiere Eduardo, quien relata que en los años en donde la moral se medía en los duelos, de aquel lado del pueblo vivían los radicales y del otro los conservadores. Una noche hubo un baile de estos últimos y los radicales osaron entrar al festejo. “Los sacaron a los tiros. Todavía deben estar corriendo”, dice.

Arroyo Venado es un pueblo con historias. Eduardo nos cuenta la del peluquero que tenía su local frente a la estación, al lado de la pulpería de Narciso Zurita. En las pequeñas comunidades la peluquería es una Institución de destacada importancia, y el peluquero un personaje de enorme gravitación social. “Entrabas a las nueve de la mañana y salías al mediodía”. El recuerdo lo llena de alegría. “Mientras te cortaba, se acordaba que había dejado algo en la cocina, o cruzaba a la estación a buscar el diario. Un día desapareció por una hora y dejó al cliente con la tijera en la mano. Al rato lo fueron a buscar y estaba ayudando a parir a una vaca. Con el ternerito recién nacido, volvió a la peluquería a terminar el corte”.

El otro pueblo está cruzando las vías. Allí están los dos almacenes, las casas nuevas, la plaza y el destacamento policial, también, el Club Blanco y Negro. “Un baile se hace acá y el otro en el San Martin, nos vamos turnando”, explica Norberto Iriarte, presidente del club y almacenero.

La tarde se nos cae y Arroyo Venado se acomoda de poco para la cena. Un gurisito que apenas camina echa a los gritos a unas gallinas que quieren meterse en su casa. Eduardo nos acompaña hasta el Árbol Solo para que lo veamos con el resplandor lírico del último suspiro solar. Las primeras luces del pueblo se encienden a lo lejos. Eran pocos pero buenos, tenía razón Eduardo.