Junto con su hermano José (dos años menor), comenzó su carrera escultórica en la década del 20, y fueron importantes referentes artísticos a lo largo del siglo XX. Pero Octavio eligió también la pintura como medio de expresión y desarrolló ambas con la misma intensidad, cosa no muy común en nuestra historia del arte. “Pintura y escultura me habían conquistado a tal punto, que, por no saber con cuál quedarme, me definí por las dos. Unas veces mi ánimo se siente con disposición al color y otras a la forma y al volumen. Trabajo constantemente, ya sea pintando o modelando; es por temporadas…”, solía repetir. Octavio Fioravanti nació el 9 de octubre de 1894, en Civitanova, población de la costa adriática italiana. Siendo un bebé emigró con sus padres a nuestro país, y tomó más tarde la ciudadanía argentina. Ya a los 11 años, atraído por el arte, se incorpora como aprendiz en una marmolería donde se inicia en la técnica de la talla y toma también clases de dibujo. “Por la mañana, lo más temprano posible, salía con la caja de colores para manchar los paisajes que me ofrecía Villa Crespo, barriada de lo más pintoresca, atravesada entonces por el arroyo Maldonado…”, recordaba el artista. Hacia 1920 se inició en el arte de la escultura y paralelamente se convirtió en dibujante e ilustrador de famosas publicaciones porteñas, como el diario La Prensa y las revistas Caras y Caretas, El Hogar y Mundo Argentino, en las que trabajó durante una década. En 1926 se presentó por primera vez en el Salón Nacional, del cual fue asiduo concurrente, tanto en las secciones de pintura como de escultura, alcanzando en 1952 el premio Ministerio de Educación. Anteriormente ya había sido premiado en el Salón de Acuarelistas (1938) y en la Exposición Internacional de Viña del Mar, Chile (1939), por una talla directa titulada “Nicanora”. Como pintor expuso también en las muestras internacionales de Nueva York y San Francisco, en 1940. Durante 30 años (1930-1960) se dedicó también a la docencia, como profesor de dibujo en la Escuela de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón”. El paisaje fue una de sus temáticas preferidas en la pintura, una escena portuaria de Barracas, una calle de tierra de Bella Vista, o un pintoresco rincón del delta del Tigre, o las costas de San Isidro, que plasmaba al aire libre con una rica paleta de colores. La mayoría de las veces estos paisajes mostraban a sus habitantes, dejándonos el recuerdo de escenas cotidianas y costumbres de los porteños de mediados del siglo XX. También pintó figuras, animales y naturalezas muertas. En la escultura, son famosas sus cabezas y figuras, como así también sus relieves, algunos de ellos dedicados al Libertador José de San Martín. Trabajó en piedra, mármol, madera y barro con una imaginación prodigiosa que le permitió concebir composiciones de líneas sobrias, de gran soltura y de fina armonía. Falleció en Buenos Aires, el 8 de julio de 1970. Dijo de él el gran crítico José León Pagano: “Es leve y tierno, enérgico y pujante, según modele un agraciado tipo femenino o infantil, o se detenga a escrutar los rasgos fisonómicos de un púgil. Ve en el modelo un problema psicológico. Merced a este don de penetrar el carácter, Fioravanti opone a lo recio de Boxeador, el espíritu de no pocas obras logradas conforme a tales directivas y, entre otras, la tan expresiva cabeza de Nicanora”.