Calentamiento global, pérdida de biodiversidad, uso del suelo e hipermovilidad. “La relación es directa. Nosotros planteamos: a mayor degradación medioambiental, mayor será el avance de nuevas pandemias“, aseguró a Télam Bruno Giambelluca, miembro de campañas Greenpeace Argentina.

Este técnico en medioambiente explicó que “las enfermedades infecciosas se ven favorecidas por el cambio climático y la destrucción de la biodiversidadque determinan, por ejemplo, que “algunos vectores, como los mosquitos, extiendan sus territorios y, por lo tanto, el área de transmisión de enfermedades.

“Me impresiona ciertos discursos que no adjudican causas: desde la destrucción ambiental, la salud deteriorada de los cuerpos, la mercantilización de la salud, la ineficiencia institucional…“, dijo por su parte, el biólogo y filósofo Guillermo Folguera.

Este investigador del Conicet vinculó el “origen” de la pandemia con el “cóctel” que representa “la degradación ambiental, que genera la migración de diferentes tipos de patógenos a nuestros cuerpos” combinado con “zonas de mucho hacinamiento (urbano) y bajas condiciones de salud”.

“Como pocos momentos de la historia más reciente del globo tenemos signos de deterioro palpables: Amazonia, Australia y esta pandemia nos muestran nuestra debilidad“, dijo.

Por otro lado, en un artículo publicado recientemente en la revista científica “The Conversation”, los científicos franceses Rodolphe Gozlan y Sousshieta Jagadesh van más allá en esta asociación para asegurar que “hay bastantes indicios para creer que la frecuencia con que aparecen nuevos agentes infecciosos podría aumentar, lo que hace temer una crisis epidemiológica mundial inminente”.

Y a pesar de que “más del 70% de las infecciones emergentes son zoonosis”, estos especialistas aseguran que “la frecuencia de las enfermedades asociadas tiende a aumentar con las pérdidas de biodiversidad” porque “la existencia de una gran variedad de especies que actúan como huésped puede limitar la transmisión” de agentes infecciosos.

Por otro lado, Giambelluca y Folguera coincidieron en que “no hay nada que festejar” en la disminución de hasta el 25% de las emisiones de CO2 que se está produciendo como consecuencia del parate de transportes y sistema productivo: “Esta situación no puede ser tomada como la cara positiva del coronavirus porque es transitorio. Los esfuerzos por disminuir la contaminación deben ser producto de medidas de carácter global y no el resultado de una pandemia”.

“Necesitamos pasar de las energías sucias a las limpias lo más rápidamente posible, pero también, en el caso de Argentina, cumplir ley de bosques y glaciares. Estamos en un límite muy fino, hay que tomar decisiones ahora”, dijo Giambelluca.

A su turno, Folguera indicó que la celebración de la baja de emisiones esconde una “pregunta ética y política” de fondo: “qué tipo de producción podemos generar que no produzca este nivel de deterioro”.

“Entonces habrá que discutir los modos de intervención, más que festejar una no intervención, porque si solo pensamos que el vínculo que tenemos con la naturaleza es de no acción, estamos cayendo en políticas de conservación, como los parques nacionales, que solo pueden pensar en la naturaleza como un excluido en lugar de pensarla en una relación simbiótica con el hombre”, agregó.

Greenpeace, en tanto, alertó sobre las consecuencias negativas de eventuales políticas de reactivación económica que incluyan “nuevas desregulaciones” y una flexibilización de los “estándares ambientales” como ya ocurrió en la crisis financiera de 2008.

“Podemos temer un repunte de las emisiones de CO2 si no se diseñan planes de recuperación que prioricen a los ciudadanos, su medio ambiente y el clima, y no a las industrias contaminantes“, dijeron.

Folguera, en tanto, planteó que la pandemia obliga a “repensar el vínculo entre territorio, salud y ambiente”, sin lo cual “estaremos condenados a repetir escenarios y simplemente trabajar sobre las consecuencias”.

Foto: Greenpeace