Textos y fotos Tomás Linch

El sonido es ri?tmico y quien lo oye sabe de que? se trata. Metal sobre metal, fri?o sobre caliente. La mano izquierda mantiene la pieza de hierro ardiente sobre el yunque. La derecha, paciente y musical, hace un trabajo que requiere de man?a y algo de fuerza. Tambie?n mucho de destreza, conocimiento y experiencia, una suma que tiene so?lo un resultado posible: oficio.

Darle forma al metal y colocarlo en las extremidades de los animales es una pequen?a parte de la vida de un herrador. E?l y no otro es el responsable de la salud y el desarrollo de las patas de los caballos. Un fino ortopedista que, aplicando una mirada certera sobre el aplomo de un casco, puede salvar miles de do?lares. De la rodilla para abajo, el veterinario no se mete y el oficio, tal vez uno de los ma?s viejos de la historia, expone todo su misterio.

“Este es un trabajo fascinante”, explica Jenny Mc Culloch, tal vez la u?nica herradora mujer profesional de nuestro pai?s. Ella despierta todos los di?as al amanecer, tiene 33 y muchos clientes que esperan su trabajo mensualmente en los rincones ma?s extran?os de la Argentina. Con algunos caballos, dice, tiene “onda” y con otros es una tortura. Pero a todos los llama por su nombre, les pregunta co?mo esta?n y les habla de manera carin?osa.

“Para trabajar de herrera te tienen que gustar mucho los animales, es un laburo en el que se huele a bosta, no a jabo?n para la ropa”, dice con una sonrisa de costado. Diego se siente un privilegiado porque hace lo que le gusta, y adema?s “es mejor trabajar con caballos que con gente, porque no hablan y no traen problemas. Los problemas los traen los duen?os, no los animales”, completa.

Lo artesanal

El di?a comienza temprano para Diego Marti?n Medina y su ayudante, Gustavo. La niebla de San Antonio de Areco envuelve la chata que transporta en su caja martillos, clavos, borcegui?es, forja, yunque, amoladora y taladro. El mate pasa de mano mientras aparece un perchero?n enorme y algo asustado, porque so?lo una vez fue herrado y se arranco? e?l solito una herradura delantera. Entra en juego entonces el oficio de Diego: muy despacio le va conversando y el caballo se deja seducir, poco a poco, porque la parla del herrador tambie?n importa. En pocos minutos, Diego retira la herradura vieja del casco y comienza el desvasado. Con una lima y un esfuerzo importante, quita el exceso de crecimiento de los cascos, algo parecido a cortar las un?as, pero al caballo.

El herrero apoya la pata del animal en el piso y vuelve a limar, porque sabe que ahi? esta? buena parte del truco: permitir que el crecimiento del casco, por lo general desparejo, vaya tomando la forma que el animal necesita para pisar bien. Tambie?n se revisa el aplomo, la li?nea que forma la cai?da de la pata del animal, que deberi?a tender a la simetri?a. A continuacio?n, la herreri?a propiamente dicha: la forja porta?til, una especie de horno que se alimenta de garrafa, deja al rojo vivo las herraduras, de modo que adquiera la plasticidad necesaria para adaptarla al taman?o y la forma del casco. Golpe a golpe la pieza va perdiendo las aristas y los rebordes. Una vez que la herradura volvio? a su color negro, es inu?til seguir martillando. Prueba, martillo y vuelta a la forja: un trabajo ciento por ciento artesanal.

El oficio recuperado

La esencia del herraje no vario? demasiado en estos u?ltimos 1600 an?os. Los historiadores explican que en la Antigu?edad ya existi?a el oficio de “clavador de herraduras”. El manejo de caballos capaces de desplazarse portando grandes pesos fue un condimento indispensable del poderi?o del Imperio Romano. Previamente, los jinetes armaban una especie de calzado de esparto para evitar el desgaste del casco.

Las herraduras de acero –aleacio?n de hierro con diversos minerales– fueron luego las ma?s comunes. El oficio de herrero tuvo su esplendor en nuestro pai?s en la de?cada de 1950: el lechero, el hielero y el verdulero eran ambulantes y siempre se movi?an a caballo; los herreros, entonces, teni?an sus locales en la calle, como si fueran las actuales gomeri?as. La popularizacio?n del automo?vil dejo? sin mercado a los herreros, que en las u?ltimas dos de?cadas vieron resurgir su negocio de la mano de la especializacio?n argentina en los caballos deportivos. Pero ahora los ambulantes son ellos, que andan en camioneta visitando a sus diversos clientes diseminados en todo el pai?s. La calidad de los caballos argentinos es celebrada en todo el mundo. En el peri?odo 2009/2010 se registraron 22.876 ejemplares puros de pedigree y nuestro pai?s es el cuarto productor mundial de caballos de carrera. Un caballo bien cuidado deberi?a herrarse cada 30 o 40 di?as. Imagine la cantidad de caballos que hay en nuestro pai?s y tendra? usted la verdadera dimensio?n de este trabajo.

En la actualidad,las herraduras se fabrican en distintos taman?os, como los calzados de los seres humanos. Son bastante populares las piezas de aluminio, ma?s ligeras y menos resistentes, y las sinte?ticas hechas de caucho o de pla?stico so?lido. Todo depende del tipo de trabajo que realice el animal: existen herraduras para salto, carrera, endurance y para cada una de las disciplinas hi?picas.

Herrar por el mundo

Con un abuelo herrero, Diego Medina se crio? en una gran estancia de la Patagonia y siempre anduvo entre caballos. La herreri?a fue “una locura” para e?l, que practico? en todas las escuelas agrote?cnicas a las que asistio?. De modo que en 1995, cuando se vino a trabajar a Buenos Aires, no le costo? nada insertarse en el mundo del herraje deportivo. Pero la carrera internacional arrancari?a en 2003, cuando tuvo la oportunidad de viajar a Palm Beach. “Es la meca de los caballos de salto –dice–, el Winter Equestrian Festival”.

Alli? aprendio?, junto con su maestro, los mejores trucos para la herreri?a ortope?dica: el trabajo con siliconas y los herrajes correctores, una especializacio?n que incorpora alta tecnologi?a, superior a la herreri?a comu?n. Ma?s tarde vendri?a el turno de hacerse cargo las Caballerizas Reales de Mohammed bin Rashid Al Maktoum, actual primer ministro de los Emiratos A?rabes Unidos. Finalmente volvio? a la Argentina para hacerse cargo de los herrajes de varios equipos de polo, como Ellerstina e Indios Chapaleufu? II, sin dejar de volver, de vez en cuando, a Medio Oriente para trabajar con el hijo del rey de Arabia Saudita, uno de los lugares del mundo donde ma?s se invierte en caballos.

En el transcurso de estos viajes, Diego Medina tomo? una cli?nica en la que se presentaban herraduras nuevas, fabricadas en base a siliconas.“Nos explicaban que uno trabaja con cascos que tienen un movimiento,que se dilatan y se contraen y que el hierro es una cosa sumamente ri?gida para aguantar ese movimiento.Desarrollaron unas herraduras con una aleacio?n de siliconas y un producto que trabajaba la NASA. Son unas herraduras verdes, futuristas, con unas planchuelas de goma, a las que se les puede cambiar el dibujo como si se pudieran cambiar los dibujos en la cubierta de un auto de rally. Se pueden hacer acua?ticas, para la arena, etce?tera. Se abren, se mueven y se marcan segu?n el terreno”, se entusiasma Diego.“¡Pero vali?an 200 do?lares el par! Es muy difi?cil que se popularicen. Adema?s de que tienen que luchar contra toda la tradicio?n; se supone que no hay nada mejor que el hierro”.